• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

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Antonio Sánchez García

Los que dicen que no pero siempre dijeron que sí

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No nnos equivoquemos de enemigos: detrás de esta inmundicia está Fidel Castro, el socialismo revolucionario y la escoria de nuestra barbarie: ya es tarde para lavarse las manos. El mal está hecho. The rest is silence.

No me enorgullece pertenecer al exclusivo y escasísimo grupo de los venezolanos que hace ya 22 años y más de 4 meses, el 4 de febrero de 1992, vimos con absoluta claridad que la felonía de los comandantes Hugo Chávez Frías, Francisco Arias Cárdenas, Yoel Acosta Chirinos y Jesús Urdaneta Hernández, al mando de oficiales y soldados de las Fuerzas Armadas de la república venía a abrir los portones de la barbarie, arrastrando tras de sí la insólita irresponsabilidad de políticos, académicos, empresarios, jueces, fiscales, filósofos, financistas, periodistas y toda la fauna de la indigencia cultural e intelectual del país. Y que, al final de ese sórdido viaje al corazón de nuestras tinieblas, Venezuela volvería a ser el cuero seco del que hace un siglo y medio se quejara nuestro ilustre americano.

Me asombra pensar que, en rigor, angustiados por la gritería de las montoneras y la barbarie, se expresaran entonces tan pocos venezolanos, escasamente contables con los dedos de una mano. Recuerdo a Manuel Caballero, antimilitarista de nación; a Luis Ugalde, cívico hasta la médula de sus huesos, y a Juan Nuño, porfiadamente republicano. Del resto, jolgorio, entusiasmo, fanatismo o tibiezas. Los que no podían aprobar un golpe de Estado por elemental ética profesional, como José Ignacio Cabrujas, respondieron con verónicas de ingenio o generoso reparto de culpas. Pero en el fondo de sus corazones eludieron asumir con virilidad, lucidez y coraje la defensa de la institucionalidad democrática, con la que no sentían la menor solidaridad. Que, por pervertida que estuviese, servía de tajamar a la barbarie apenas contenida tras cuarenta años de esfuerzos y la quiebra moral de sus propios constructores, como el doctor Caldera, de tan triste y ominoso desempeño en las horas cruciales de la república.

Que pretendiendo descerrajar los portones de Miraflores el golpismo vernáculo rompía el débil hilo constitucional, abría la Caja de Pandora de nuestras infamias y se daba inicio a un nuevo ciclo de la historia de Venezuela, fue tan evidente para quien no tuviera anteojeras crematísticas o ambiciones políticas que asombra que venezolanos de la mayor seriedad y cultura no corrieran a ponerle atajo al salvaje río de la barbarie. ¿O alguno de ellos creyó que detrás de un charlatán cruento, demagogo y ambicioso como el teniente coronel habría algo más que la docena y media de malandros, pistoleros y facinerosos que hoy, tras catorce años, detentan los poderes del Estado?

¿Quién que tuviera un elemental conocimiento de la estirpe y raza de nuestros militares podía creer que de estos cuarteles podía salir algo más que estupros, crímenes, desaforada ambición y una corrupción de dimensiones cósmicas? De entre el cuerpo de espalderos que lo acompañaran en el golpe de Estado, que llevaron lluvias y tormentas a la intemperie resguardando al capo di mafia –que Chávez jamás fue otra cosa– ya sobresalían 2 personajes que muertos de hambre pero con una pistola al cinto se encumbrarían a las alturas del poder y la riqueza hasta superar cifras de 10 ceros en dólares. Y pululando en sus entornos los tiburones arribistas que saquearían los bienes públicos por miles y miles de millones de dólares. Sin otra utopía que alcanzar las cimas de la podredumbre moral, pero suficientemente travestida con todos los símbolos de la fortuna y la riqueza.

Veintidós años de proceso y una serie sistemática, creciente e ininterrumpida de estupros para venir a dar a este vertedero de basura material y moral. ¿O creen Jorge Giordani, Hans Dieterich y los ofendidos y humillados de www.aporrea.com y sus intelectuales y voceros que se pueden esfumar 30.000 millones de dólares en un abracadabra? Bien dice el refrán que más vale tarde que nunca. Pero de allí a poner el grito en el cielo cuando los súbditos en palacio limpian las migajas, restos y huesos del festín, los comensales disfrutan de lo mal habido lejos de la miseria de los cerros que multiplicaron y los cadáveres se pudren en los callejones de la miseria, hay un trecho insuperable. Macbeth dice contemplando sus manos que de limpiárselas en un océano, lo entintaría en sangre. Es la sangre que cubre la conciencia nacional sin visos de dar vuelta la página.

No nos equivoquemos de enemigos: detrás de esta inmundicia está Fidel Castro, el socialismo revolucionario y la escoria de nuestra barbarie: ya es tarde para lavarse las manos. El mal está hecho. The rest is silence.

@sangarccs