• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

Al instante

El derrumbe del foro

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Es la caída del Foro de Sao Paulo. ¿Qué vendrá? Latinoamérica no se caracterizó jamás por su espíritu racionalista, previsor y anticipatorio. Siempre gustó de desbarrancarse en los abismos del inmediatismo y la emotividad. Si bien, con dos siglos basta y sobra. ¿No será mejor prevenir que lamentar?

 

“Que siga yendo bien Brasil, pues, porque es lo mejor no solo para ellos sino para toda América Latina”. Teodoro Petkoff

 

“El presidente Lula es un ejemplo para todos nuestros países”. Henrique Capriles

 

En el principio fue Fidel y su discípulo, el sindicalero metalúrgico pernambucano Lula da Silva. Quien lo dude puede revisar la foto publicada hace unas horas en El País, de España. Verá un mulato fornido, de barba, enfranelado y con una gorra de fogonero estilo Lenin, de esas gorras Mao que hicieran furor luego de Mayo del 68. Había sido un comunista de toda la vida, fiel a los designios bolcheviques de su familia, toda de porfiada militancia en el Partido Comunista brasileño. Pero él, más astuto que comunista y más ambicioso que ideólogo, castrista de uña en el rabo, ultraizquierdista y medio trotsko pero absolutamente decidido a agarrar el poder, sabía que sin disfrazarse la cola y los cuernos de diablo marxista no llegaría a ninguna parte. De allí que ocultara sus verdaderas intenciones, pasara de bajo perfil ante las fuerzas armadas, la derecha brasileña y el Departamento de Estado y se cobijara a la sombra del palacio de la Revolución. Sin hacer mucho ruido.

El primer paso fue reagrupar a los desconcertados bolcheviques de la región, desperdigados tras la caída del Muro de Berlín, golpeados en el plexo por la derrota de las guerrillas y el aplastamiento del socialismo con rostro humano de Salvador Allende, preparándose para una década que se prometía prodigiosa: asaltar el poder con un proyecto aparentemente socialdemócrata –la llamada “nueva izquierda”, que engrupió a más de un ingenuo aspirante a presidente de la pervertida Venezuela– pero con la clara intención de asaltar las instituciones y forzarlas a decapitar el capitalismo, copar las instituciones y terminar por cuadrar el viejo sueño de Fidel: invadir y someter América Latina. Asociados los Castro con Lula y su grupo de trotskistas brasileños –“yo te conozco mosco, y aunque de rojo vistáis, no me pitáis”, le decía Cantinflas al cardenal Richelieu– en veinte años estaban a punto de culminar la faena: Chile, Argentina, Uruguay, Paraguay, Brasil, Perú, Bolivia, Ecuador, Nicaragua, y México y Honduras casi que por un pelo, se habían apoderado hasta de la OEA. Bien podían celebrar los Castro y Lula alzando sus copas y brindando por la misión cumplida.

El gordo financiamiento en dólares de la plataforma de asalto la puso un tropero venezolano que se apoderó de un ex gran país y lo convirtió en un burdel minero y una letrina petrolera: nuestro inefable Hugo Rafael Chávez Frías. Quien absolutamente desinteresado en su propio país, optó por nacionalizarse cubano y fregarle el piso a los Castro. Al frente de la mafia cívico-militar más voraz, prostituida y ladrona que hayan conocido los territorios al sur del Río Grande. Ese encuentro celebrado luego del brutal desliz de Rafael Caldera y la complacencia de un pueblo deteriorado a sus máximos extremos, en La Habana en 1995, entre Chávez y Castro, no encuentra mejor definición que la ocurrencia venezolana: “El hambre con las ganas de comer”. Chávez puso la carne, Fidel el hambre.

Han pasado más de veinte años desde entonces. Y crujen las resistencias del Foro ante la debacle universal. El padrino llanero y multimillonario de la criatura fue descuartizado en La Habana y su país de origen se desangra en la mendicidad y la inopia, después de haber recibido en sus últimos diez años más que lo que recibiera en sus doscientos años de historia patria. Venezuela, posiblemente, no volverá nunca jamás a ser lo que un día fuera. Y los facinerosos que la violaron no le han dejado hueso bueno. Ni siquiera está en capacidad de alzarse y sacar a patadas a los forajidos que continúan usurpándola por orden de los Castro. Brasil va por su tercer año consecutivo de caída de su producto interno bruto. El kirchnerismo castroforista se derrumbó. Y este puede ser el annus horribilis del Foro de Sao Paulo: Dilma fuera del gobierno y Lula da Silva encarcelado. Ni siquiera la izquierda chilena, tan seria e introvertida ella, se salva de los escándalos, los latrocinios, los saqueos. Su inveterado prestigio de país serio yace por los suelos. Evo no será reelegido. Y el odio hacia los latinos suramericanos comienza a hacer mella en la campaña presidencial norteamericana.

Es la caída de nuestro muro, el Muro de Sao Paulo. ¿Qué vendrá? Latinoamérica no se caracterizó jamás por su espíritu racionalista, previsor y anticipatorio. Siempre gustó de desbarrancarse en los abismos del inmediatismo y la emotividad. Si bien, con dos siglos basta y sobra. Provoca reclamar como lo hiciera Goethe al borde la muerte: quiero luz, más luz.