• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

Al instante

La democracia inerme

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La pregunta crucial, que muy pocos liberales se atreven a enfrentar y responder es la siguiente: ¿debe una sociedad democrática tolerar la existencia de factores socio-políticos que, amparados en la liberalidad de sus instituciones, trabajan abierta y desembozadamente por torpedearlas para reemplazarlas por dictaduras totalitarias?

El caso venezolano es emblemático: su vieja democracia naufraga en las fétidas aguas de la dictadura ante el jolgorio universal. Los casos de España y Chile presagian naufragios no del todo diferentes. ¿No se debe hacer nada?

 

La democracia porta el gen de su destrucción: la libertad, en todos sus aspectos. Es su gran virtud y su principal defecto. Su principal virtud, si la solidez de sus instituciones y la fortaleza de la conciencia de su inalienable valor se encuentra internalizada en los ciudadanos; su principal defecto si, por la debilidad de sus instituciones y la veleidad de la conciencia ciudadana, esa libertad claudica ante el entusiasta y feroz asalto de la barbarie.

Es un problema apenas resuelto y consolidado en las más sólidas democracias del mundo, tan pocas, que se cuentan con los dedos de una mano. En la inmensa mayoría de las naciones, predomina la incertidumbre de su valía, la inseguridad de sus certezas, la amenaza de su desvalijamiento. Inglaterra, Estados Unidos, Canadá, Alemania, Australia, Francia pertenecen al grupo de naciones posteriores al fin de la Segunda Guerra indubitablemente democráticas. Luego viene un amplio grupo de naciones en las que la democracia se mantiene gracias a un denodado esfuerzo de sus ciudadanos, siempre acechados por amplios sectores que no solo no confían en ella, sino que orientan todos sus esfuerzos a tumbarla. A ese amplio grupo pertenecen todas las restantes sociedades de la Europa meridional, los países centroeuropeos recién salidos de regímenes comunistas y, desde luego, todas las sociedades latinoamericanas, las democracias africanas y las asiáticas. De nuevo cuño y lastradas de un ancestral e inveterado autocratismo. Para dar luego con aquellos amplios sectores del planeta aún prisioneros de regímenes totalitarios. Si se considera que entre ellos se encuentra el país más poblado del planeta, China, y emerge Cuba, el país ahora mismo cortejado por el Vaticano y el Departamento de Estado sin la menor preocupación por su naturaleza antiliberal y totalitaria, el primero, y su perfil ideológico declaradamente ateo y antirreligioso, el segundo, se tiene una idea aproximada del peso que las seudodemocracias, dictaduras encubiertas o regímenes totalitarios juegan en el mundo actual.

En rigor, la democracia es minoritaria. Y en donde no impera a plenitud, sobrevive en zozobra. En nuestra región constituye un magma en permanente evolución, una lava sujeta a avances y retrocesos, difícilmente apreciables. ¿Cuán democrática es la sociedad chilena, que ahora mismo y aferrada a principios seudoconstitucionales o seudodemocráticos permite el avance de quienes quisieran imponer una democracia típicamente antidemocrática, como es la democracia directa, plebiscitaria, constituyente filochavista? ¿Y en donde sectores claramente antidemocráticos, como los pertenecientes a la izquierda marxista, conviven a nivel de gobierno con sectores reconocidamente democráticos, como los socialcristianos? ¿Es posible ser democrático, semidemocrático, cuasi democrático, sin que dichos matices no afecten la deriva final hacia la democratización o desdemocratización de las respectivas alianzas que integran dichos matices?

A esa democracia en permanente riesgo de extinción se suma la liberalidad con que los demócratas liberales toleran el asalto a su democraticidad y la carencia de claros parámetros, universalmente reconocidos, como para tener meridiana claridad respecto del nivel de dicha democraticidad. Aún hoy, tras diecisiete años de abierta dictatorialidad, sobran los demócratas que juran que en Venezuela no existe una dictadura, que la democracia que existe solo es incompleta, que la existencia de procesos electorales es el baremo definitorio de la naturaleza democrática de una sociedad. Y que, por ende, vista la realización de elecciones y las victorias opositoras, Venezuela es una sociedad perfectamente democratizada. La verdad es que ninguna declaración de principios democráticos, como las cartas que adornan las organizaciones multinacionales de la región, tiene el más mínimo efecto. No valen ni el papel en el que están escritas.

La pregunta crucial, que muy pocos liberales se atreven a enfrentar y responder es la siguiente: ¿debe una sociedad democrática tolerar la existencia de factores socio-políticos que, amparados en la liberalidad de sus constituciones, trabajan abierta y desembozadamente por torpedearlas para reemplazarlas por dictaduras totalitarias?