• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

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El cuento de las dos izquierdas

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La izquierda es una gran familia. Genéticamente proveniente de un fondo común, con ramificaciones acordes a las circunstancias en las que gobierna. Perfectamente intercambiable. Lula, en Venezuela, se llamaría Hugo Chávez.  Evo, Nicolás Maduro. Todo lo demás es cuento

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Se hizo emblemático y hasta se convirtió en leyenda, aunque era estrictamente cierto: el Che Guevara fusiló a un combatiente guerrillero que se robó una lata de leche condensada, que pertenecía al grupo, acuciado por el hambre. Y no pudo ocultar su disgusto ante la visita de sus padres a La Habana recién victoriosa la revolución castrista: lo obligarían a consumir la tan escasa gasolina para fútiles paseos.

Son ejemplos extremos de un puritanismo revolucionario muy propio de la izquierda latinoamericana hasta la emergencia del chavismo. Pues en el bloque soviético, ya a la caída del Muro las mafias se habían hecho con el control del Estado y necesitado de fondos para llevar a cabo su guerra injerencista en África, Fidel Castro había ordenado a sus jefes, entre ellos su estrella combatiente, el general Ochoa Sánchez, servirse de cualquier medio para obtener divisas. Entre ellos el tráfico de cualquier especie. Que luego lo fusilara junto a su compañero de aventuras, el comandante Tony de la Guardia, acusándolos de actos de corrupción en el desempeño de su cargo fue otra prueba más de que su revolución se había corrompido hasta los tuétanos: fusiló al héroe de Ogaden por ser la carta de Gorbachov y la Perestroika para el aggiornamento que se había hecho imperativo en una revolución podrida, moribunda. Si no aparece Chávez, el traidor, estaría enterrada, oleada y sacramentada.

Inolvidables mis recuerdos de infancia admirando a mi padre, fiel seguidor del Partido Comunista chileno y honesto tan a carta cabal, que vivía despotricando contra radicales y socialistas porque a su paso por los gobiernos socialdemocráticos se robaban hasta los tinteros. Como también será inolvidable la pobreza franciscana de la izquierda de la Unidad Popular, de comunistas a izquierdacristianos, al 11 de septiembre de 1973. Salimos por decenas, si no cientos de miles al destierro sin un centavo en los bolsillos. Sin siquiera hacer cuestión de ello: la riqueza material nos parecía despreciable. Ser honesto era parte de nuestra naturaleza. De la naturaleza de la izquierda. De esa izquierda que murió.

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Algo muy profundo, de una extrema gravedad y hasta trágico vino a quebrarle el espinazo a ese comportamiento profundamente ético y moral de las izquierdas. Para la cual la honestidad ni siquiera era cuestión programática, porque estaba inserta en los genes del marxismo leninismo y todas sus variantes. Y mucho me temo que ese algo putrefaciente haya sido el aporte sustancial de la llamada revolución bolivariana a la teoría y la práctica de las izquierdas latinoamericanas y mundiales: la chequera chavista, el uso sistemático del dinero y la corrupción de las conciencias al servicio del poder por el poder.  Una dinámica devoradora que ha hecho de la apropiación indebida y personal de los bienes públicos, esencia de la praxis política de sus gobiernos y funcionarios. Hoy en exhibición en Brasil, en Chile y en Argentina. La ostentosa riqueza de sus funcionarios, la acumulación escandalosa de dinero en cuentas en monedas duras de espalderos, ministros, generales, diputados y familiares de los poderosos da cuenta de un vuelco espectacular en la autocomprensión de las izquierdas: ya no es la emancipación de los pueblos y sus pobresías el objetivo prioritario de las izquierdas: es el brutal enriquecimiento de sus élites. De Petrobras a Caval y de la viuda de Kirchner y la hija de Hugo Chávez a la nuera de Michelle Bachelet. Robar, robar que el mundo se va a acabar.

¿Quién se hubiera imaginado que los funcionarios de la Internacional Comunista enviados en misión exploratoria a los países del Tercer Mundo en los años veinte y treinta del siglo pasado tenían entre sus planes apropiarse de los fondos públicos de los respectivos países, así fuera para financiar sus aventuras políticas? ¿Quién podría imaginarse a Antonio Gramsci en una prisión fascista pensando en el dinero que podría acumular cuando fuera liberado? ¿Quién en Trotsky maquinando asaltar el Banco Central mexicano para darles de comer a los funcionarios de su Cuarta Internacional? Hoy una asaltante de bancos gobierna el Brasil. Y un ex hampón llegó a presidente del Uruguay.

Pensemos en nuestra región: ¿es imaginable pensar en Pompeyo Márquez, secretario general del Partido Comunista venezolano, el Santos Yorme viviendo diez años de clandestinidad bajo la dictadura de Pérez Jiménez, revisando a diario el aumento de sus intereses en cuentas imaginarias en el Citibank de Nueva York? ¿Recabarren, el fundador del Partido Comunista chileno, llegando a acuerdos con alguna entidad del Estado chileno para administrar una cuenta de algunos millones de dólares en un banco suizo? ¿O Mariátegui y Rómulo Betancourt pensando en comprar y vender acciones durante sus atribuladas vidas políticas?

Pero la riqueza petrolera vino a trastocar todos los valores y a darle plenitud justificatoria al supuesto principio maquiavélico de que el fin justifica los medios. La honestidad fue sacrificada en el altar de la revolución el mismo 4 de febrero de 1992, un asalto a la moral por parte de un soldado felón, capaz de apropiarse, gracias a un acto de brutal cobardía, de los réditos de un levantamiento al que dejó en la estacada seguramente pensando en que el objetivo estaba en las bóvedas del Banco Central y en la sede de Pdvsa, no en el Panteón Nacional. Chávez corporeizaba ya el principio de la ética del malandro brechtiano de la Ópera de tres centavos: “Primero, a jartarse. Después viene la moral”. Ser pobre era bueno, pero para los opositores. Él y los suyos, a hartarse. Fue el Alí Babá de esta aventura de las Mil y una noches del enriquecimiento a mansalva y con alevosía. Se cuenta y no se cree: corre la especie de que el monto total del saqueo sistemático de sus 40 ladrones bordea los 350.000 millones de dólares.

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Obviamente: cuando el presidente del Partido Comunista de Chile, camarada Guillermo Teillier, felicita a Nicolás Maduro por haber vencido a la DEA logrando arrebatarle de sus garras al Kingspin Hugo Carvajal, no podía desconocer el papel del antedicho al frente del llamado Cartel de los Soles, que según revelaciones a la DEA hechas por el guardaespaldas de Hugo Chávez hasta su muerte y luego del segundo hombre del régimen, el presidente de la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello, llamado Leamsy Salazar, trafica cinco toneladas de cocaína proveniente de las FARC semanalmente a Estados Unidos y Europa. Lo que no ha hecho más que confirmar las revelaciones del más grande de los Kingspins de la droga venezolanos, Walid Makled y del juez de la Corte Suprema Aponte Aponte. Nada de inventos de la derecha fascista: brutales hechos confirmados.

A la sordidez de la corrupción crematística se agregan otros hechos tanto o más inmorales que el saqueo del erario, justificado por las izquierdas agrupadas en el Foro de Sao Paulo porque dicha gigantesca fortuna ha permitido hacerse con el poder de toda la región, financiamiento de campañas y fortalecimiento de sus instituciones –por ejemplo, los 8 millones de dólares regalados a Arcis, la universidad del Partido Comunista chileno, por el gobierno de Hugo Chávez, sin contraprestación alguna. O por 5.000 millones de dólares anuales y los 100.000 barriles de petróleo diarios regalados por el gobierno de Hugo Chávez y Nicolás Maduro al gobierno cubano. Según estudios científicos realizados por investigadores de la Universidad Carlos III de Madrid, todas las elecciones realizadas en Venezuela desde agosto de 2004 –fecha de realización del referéndum revocatorio– han demostrado graves alteraciones que les hacen deducir que todas ellas han sido fraudulentas.

Los maletines cargados de dólares para el financiamiento de la campaña de Cristina Kirchner, dólares provenientes del gobierno iraní del que el gobierno venezolano habría sido mero intermediario, son otra prueba de la flagrante inmoralidad de la izquierda poschavista. No se requiere mayor perspicacia para tener la certeza de que esos maletines estuvieron presentes en las campañas que llevaron al poder a Lula da Silva, Néstor Kirchner, Evo Morales, Rafael Correa, José Mujica, Daniel Ortega. ¿Por qué habría de suponerse que quienes no le hicieron asco a recibir un regalo de 8 millones de dólares para una universidad en quiebra se habrían de negar a los maletines venezolanos para respaldar la candidatura de alguna de sus cartas triunfadoras?

Los escándalos inocultables de Petrobras, de los negociados de la familia Bachelet, del asesinato del fiscal Alberto Nisman y del encarcelamiento de los principales opositores venezolanos, justificados y aplaudidos por toda la izquierda gobernante en América Latina, son prueba igualmente inocultable de la gangrena que corroe la moralidad de las izquierdas latinoamericanas. Es una grave enfermedad que ha sepultado una hermosa tradición de la que nos sintiéremos orgullosos: la decencia irreductible de una izquierda libre de toda inmoralidad. Ese es un recuerdo sepultado, como sus partidos.

La izquierda es una gran familia de casi dos siglos de edad. Genéticamente proveniente de un fondo común, con ramificaciones acordes a las circunstancias en las que gobiernan. Perfectamente intercambiables. Lula, en Venezuela, se llamaría Hugo Chávez.  Evo, Nicolás Maduro. Todo lo demás es cuento.

 

@sangarccs