• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

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Antonio Sánchez García

La noche de los cuchillos largos o cuando la revolución devora a sus mejores hijos

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Dos fuerzas de milicias armadas fueron esenciales en el proceso de conquista y asalto del poder por parte de Hitler y su partido, el NSDAP (Partido Nacional Socialista de los Trabajadores Alemanes): las SA o fuerzas de choque y las SS o tropas de asalto. Ernst Röhm, un exbolchevique, se integró en 1919 y convirtió a las SA en un poderoso amasijo de violencia callejera, colectivo de choque y parapeto propagandístico que llegara a contar con cuatro millones y medio de milicianos, las famosas “camisas pardas” del nazismo. Al extremo de combatir exitosamente a comunistas y socialistas en las barriadas populares alemanas mediante diarios enfrentamientos, saldados con heridos y muertos. Hasta conquistar el control y la absoluta hegemonía de calles, barrios, pueblos y ciudades alemanas. Se hicieron temibles y extremadamente poderosas, hasta convertirse en un Estado dentro del Estado. Las SS, en cambio, en manos de Himmler, el carnicero del Holocausto, tuvieron más funciones de policía política y represora, debiendo apuntalar a la policía política propiamente tal, la Gestapo o Policía Secreta del Estado. Y supieron subordinarse, bajo la coordinación de Göring y Goebbels, al control pleno y absoluto de Hitler.

No sucedió lo mismo con las SA.  Al cabo de un año de dominio pleno de nazismo hitleriano, los hombres de Röhm mantenían mucha mayor fidelidad al socialismo que al nacionalismo, se consideraban parte fundamental del parapeto gobernante y crecieron en tal medida que pretendieron desalojar a las fuerzas armadas alemanas, el Reichswehr, hasta entonces discretamente en las sombras pero conscientes del papel fundamental que comenzaban a jugar en el proyecto imperial expansionista del caporal austríaco, despertando su celo hasta exigirle a Hitler la drástica desaparición de las SA. En su importante obra Los discípulos del diablo, el historiador Anthony Read, para quien el nazismo fue una suerte de culto religioso centrado en la personalidad de un hombre: el Führer, perseguir a Röhm y su cohorte era una medida desesperada, tanto para Göring como para Hitler. La SA había sido siempre una fuerza antigubernamental desestabilizadora; esa era su raison d’être, y le resultaba imposible cambiarla aunque el partido ya estuviese en el gobierno. Röhm y muchos miembros de su SA, incluido un núcleo duro de líderes, se tomaban muy en serio el “socialismo” del nombre del partido, y en su “segunda revolución” querían destruir el capitalismo, las grandes empresas, las fincas agrícolas, la aristocracia y el antiguo cuerpo de oficiales. Y si Hitler pretendía interponerse en su camino, también lo destruirían. “La SA y la SS no permitirán que la revolución alemana languidezca o sea traicionada a medio camino por quienes no combatieron en ella”, proclamó Röhm desde junio de 1933 en la Nationalsozialistische Monatschrift (Revista mensual nacionalsocialista). “Les guste o no, continuaremos con nuestra lucha. Si finalmente entienden qué persigue, ¡con ellos! Si no lo quieren, ¡sin ellos! Y si es necesario, ¡contra ellos!”. (Anthony Read, Los discípulos del diablo. El círculo íntimo de Hitler, Océano, México, 2010, pág. 245). Había nacido el conflicto entre Hitler y su más importante colectivo.

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Su reacción no se dejó esperar. “La revolución no es un estado permanente, ni debe permitirse que se convierta en eso –afirmó en una reunión en la Cancillería del Reich con todos sus gobernadores, celebrada el 6 de julio de 1933–.  El torrente de revolución que ha sido liberado debe encauzarse por el seguro canal de la evolución”. Era, a la manera del nacionalsocialismo, la misma reacción de Lenin contra el ultraizquierdismo –aquella enfermedad infantil del comunismo, como lo titulara en su obra dedicada al enojoso asunto– que amenazaba con desbordar la Revolución de octubre y llevara a Stalin a protagonizar las sangrientas purgas que dieran con la eliminación de todos los líderes bolcheviques de la primera hora a todo lo largo de los años treinta, culminando con el feroz asesinato de León Trotzky en 1940, en Coyoacán, México. Por cierto: el autor intelectual del concepto de “revolución permanente”. Una situación vivida por todos los procesos revolucionarios, desde la revolución francesa, pasando por la soviética, la china y, como no podía ser menos, la castrista. Nada nuevo bajo el sol. Cuando se trata de asegurar lo logrado, particularmente en período de graves zozobras, el peor enemigo puede encontrarse en las propias filas. Es el momento saturniano: devorarse a los mejores hijos.

Encabezando la lista negra de los enemigos de las SA estaban los propios jerarcas del NSDAP y sus socios de la alta burguesía y la aristocracia alemanes: “Göring no tenía duda de que él encabezaba la lista de Röhm, junto con los grandes industriales, financieros y aristócratas que eran sus amigos y patrocinadores. (…) El mayor peligro de un levantamiento de la SA era que Hitler fuera derrocado y el país se desgarrara en una sangrienta guerra civil, ya que era imposible que el ejército, también bajo amenaza, se mantuviera al margen y no hiciera nada. El ejército contaba únicamente con 100.000 hombres, pero todos ellos eran soldados profesionales, bien armados, entrenados y dirigidos. La SA incluía a muchos exsoldados, pero era, en gran medida, una turba rebelde e indisciplinada de matones y rufianes”. (Ibídem, pág. 246). Así llegara a contar en su mejor momento con 4,5 millones de miembros.

Göring, el segundo hombre del régimen, decidió proceder con toda la dureza que le caracterizaba. Junto con su segundo de a bordo, Diels, “abastecieron a Hitler de gruesos dossiers sobre fechorías de la SA incluidas orgías homosexuales que implicaban al jefe de Estado Mayor de esa organización y a sus lugartenientes, y sobre la corrupción por ellos de miembros de las juventudes hitlerianas. Tras recibir uno de esos dossiers a mediados de diciembre (de 1933) Hitler se volvió hacia Göring y le dijo: ‘Toda la camarilla alrededor del jefe de Estado Mayor Röhm está corrompida hasta la médula. La SA es la promotora de toda esa inmundicia. Usted debería investigar esto más a fondo; ¡me interesa mucho!”.

Sin saber todavía cómo hacer frente al inmenso peligro que se cernía desde Röhm y sus SA sobre su proceso, en particular sobre sus relaciones con las fuerzas armadas, pero decidido a tomar la medida necesaria cuando el tiempo lo exigiese, primero honró a Röhm y su Estado Mayor con su clásica política de doble cara, para, finalmente, acuciado por el agravamiento de salud del presidente Hindenburg y la necesidad de enfrentar su muerte y su seguro nombramiento a la más alta magistratura en los mejores términos con las Fuerzas Armadas, optar por cortar el nudo gordiano según el clásico consejo de su maestro Maquiavelo: “Si has de hacer el mal, hazlo a fondo y sin vacilaciones”. Decidió, en consecuencia, cortar la culebra por la cabeza. Si bien ducho en el arte del engaño alimentó la iracundia de Goebbels contra las oligarquías de derecha y permitió los exabruptos mordaces de Röhm contra Göring. Llegando al extremo de armar la perfecta escenografía de un monstruoso asesinato colectivo confabulando a todos sus actores para impedirles cualquier excusa, justificación o acusación post festum. E incitando indirectamente a que algunos pocos miembros de la SA salieran a las calles de Múnich para aparentar un golpe de Estado de Röhm y sus SA en su contra.

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Esta es la narración de Anthony Read de lo acontecido el 30 de junio de 1934, “el día más negro de mi vida”, como lo calificara el propio Hitler y que pasara a la historia de la infamia nazi con el nombre de “la noche de los cuchillos largos”. Luego de convocar a una reunión de urgencia a todo el liderazgo de las SA en Múnich para echarle el guante sin mayores problemas, el primero en la lista fue Röhm: “Estaba profundamente dormido cuando Hitler, pistola en mano, abrió la puerta de su habitación a las 6:30 de la mañana y procedió a detenerlo. Tras dejar a dos detectives vigilándolo, Hitler procedió a aporrear las puertas de los demás líderes de la SA que ya habían llegado al hotel y repitió el procedimiento. Solo uno de ellos hizo escándalo: Edmund Heines, jefe de la SA de Silecia, en Breslau, a quien se halló en la cama con un joven rubio, para extrema repugnancia de Hitler y Goebbels, quien más tarde describió la escena como ‘repulsiva, casi nauseabunda”.

“Conforme avanzaba el día, el ánimo en el palacio de Göring era cada vez más febril. (…) Mensajeros entraban y salían a toda prisa del estudio de Göring, donde el ‘comité de ejecución’, formado por el propio Göring, Himmler, Heydrich y Körner, conferenciaban sobre las listas de la muerte, añadiendo un nombre aquí, quitando otro allá, riendo y gritando eufóricamente todo el tiempo… Y los mataron. Se calcula que, durante ese día, 150 líderes de la SA fueron arrastrados al cuartel de Lichterfelde, puestos contra la pared y fusilados por tiradores de primera de la SS y el grupo policial general Göring (…) En otras partes del país, aquellos cuyo nombre estaba en la lista fueron despojados de sus insignias, apiñados en camiones y llevados a bosques cercanos, donde se les sacrificó a tiros, usualmente en la parte trasera de la cabeza.

“Acontecimientos similares se repitieron a menor escala en todo el Reich, pues miembros de las SS locales aprovecharon la oportunidad para ajustar rencillas personales. En Breslau, un grupo de oficiales se salió de control y asesinó a varios judíos…”. ¿Cuántos fueron los asesinados en la llamada “noche de los cuchillos largos”? Cálculos conservadores barajados durante el Juicio de Nüremberg hablan de entre 150 y 200 líderes asesinados. “Otras estimaciones, que incluyen a los ultimados en asesinatos locales en varias partes del Reich, llegan a casi 1.000. Y no existe cifra alguna sobre los cientos, quizá incluso miles de hombres de la SA que no fueron asesinados pero que desaparecieron en campos de concentración bajo ‘custodia preventiva’. En lo que concernía a Göring y a Hitler, los números eran irrelevantes. Lo que en realidad importaba era que las únicas amenazas a su posición habían sido eliminadas, de una vez por todas”. (Op. Cit., pág. 261).