• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

Al instante

Una cruzada por la salvación de Venezuela

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El panorama es trágico. La salida incierta. Es una situación de excepción, que parece requerir de soluciones asimismo excepcionales. Solo la acción valiente, lúcida y decidida de nuestras mejores reservas estratégicas, poco importa dónde se encuentren ni a qué partido, ideología, condición social u oficio pertenezcan: solo bastan el compromiso existencial con la nación y el amor por una patria que se nos muere en los brazos. No permitamos que ello suceda.

 

Que tras diecisiete años de poder omnímodo, absoluto, dictatorial: el control total de todas las instituciones, la sumisión servil y concupiscente de importantes y ejecutivos sectores de nuestras fuerzas armadas, el sometimiento inicial, pleno, gozoso e incondicional de los medios de comunicación o su posterior represión o enmudecimiento, la pasividad del empresariado, la práctica inexistencia de una oposición consciente y concertada, y los mayores recursos financieros jamás habidos en la bicentenaria historia de la República, Venezuela haya llegado a este estado de postración, ruina y devastación en que se encuentra, no tiene otra explicación que una falla genética, en el componente antropológico cultural de nuestra civilidad. Por no utilizar la genérica expresión de pueblo, enfermo de una crisis orgánica irremediable, según lo afirmara con agudeza y amargura el intelectual venezolano Mario Briceño Iragorry. En el dramático llamado de auxilio de su “Mensaje sin destino”, publicado en 1950, hace ya 66 años.  Durante estos últimos diecisiete años, y los inmediatos que los precedieron y condicionaron, se reavivó ese trasfondo de barbarie que parece imponerse en su composición sociológica desde tiempos coloniales. Monstruosamente agravados por los logros de la evolución posterior y el fracaso en la construcción de una república liberal, civilista y democrática. Con la brillante excepción de los años de la democracia de Puntofijo, aviesa y alevosamente traicionada por nuestras, sus propias élites. Con dos suplementos que han llevado la crisis hasta niveles insufribles: la corrupción y la voracidad crematística que la ha alimentado. No de estos o aquellos de sus hijos: de muchas de sus gentes. Esto es lo que, nos guste o nos ofenda, hemos demostrado ser en esta trágica etapa de nuestra historia: un pueblo dispuesto a arrastrarse ante un tirano a cambio de las limosnas y donaciones que a bien tenga a hacerle al colectivo. No de su propio peculio, sino de los bienes del Estado, que a todos debieran pertenecer mediante una justa y productiva distribución de riqueza. Y del espectáculo circense en que ha logrado convertir a la política. Mendaz, oportunista, carente de los más elementales principios éticos y morales, irresponsable y apto a ejercer la violencia homicida en la más desaforada expresión de barbarie. ¿O estos 300.000 asesinatos, cometidos en la mayor impunidad y sin el menor castigo, los cometieron seres extra terrestres?

El juicio es apocalíptico y el diagnóstico, dantesco. Y sin la menor duda, doloroso aunque parezca injusto. Entre los escombros relucen los restos de una Venezuela amable, generosa, decente, hoy por hoy ya mayoritaria, que no se ha dejado avasallar por la corrupción que ha brotado a borbotones, inundando hasta los fundamentos de algunas de las mejores familias. Aquellas cuyos hijos, sin la menor necesidad, se convirtieran en hampones. Por no hablar de esos otras provenientes de la más desposeída pobresía, enriquecidos a mansalva hasta convertirse en la nueva burguesía, como sucede al cabo de cada ciclo de nuestra reproducción histórica: robando, traficando, negociando, comisionando. Un hambre de riquezas a cualquier precio: la traición, el crimen, incluso el asesinato. Sodoma y Gomorra. Los diecisiete años de la República de Saló.

Los saqueos que arrasan con modestos comercios, panaderías, carnicerías, abastos, constituyen el epítome de esta siniestra cruzada de automutilación en curso. Reproducen, aunque a escala nacional y con tintes muchísimo más trágicos, los sucesos del llamado Caracazo. Sin que al parecer, como entonces, exista una autoridad civil y militar capaz de ponerle freno y controlar sus devastadores efectos. Sepa Dios por qué motivos y con qué objetivos. Ciegos y sordos ante las necesidades, que hoy por hoy todos los venezolanos sufrimos, particularmente las responsables del mantenimiento de sus hogares, las mujeres, esposas, madres de familia, se desata esta guerra de todos contra todos. Sin orden ni concierto. Sin un soplo de conciencia política. No van a Miraflores a cobrarse el castigo por sus necesidades. Los asesinatos, los secuestros, la pérdida brutal del poder de compra y la evaporación de los salarios. Tampoco buscan la cabeza de los verdaderos responsables, que no son ni los tenderos, ni los carniceros, ni los abasteros, ni los panaderos, sino los políticos que administran el poder del Estado desde hace largos diecisiete años de manera por demás dictatorial y en muchos respectos totalitaria.  Asaltan inermes y desprotegidos locales comerciales necesarios para la distribución y venta de los bienes que nos son indispensables y que no están a nuestro alcance por culpa de los señores del gobierno. Van al asalto de lo primero que encuentran. Hordas de desesperados. Ante los cuales, los responsables resuelven lavándose las manos o encadenándose por horas y horas. ¿Es que este caos y esta disgregación en la barbarie, al borde del abismo de la parálisis y la disolución, sirven de basamento y excusa al zarpazo que podría conducir a la consolidación de la dictadura castrocomunista?

Tampoco, justo es reconocerlo y advertirlo, esas expresiones de rebeldía irracional y desesperada tienen quienes coordinen, orienten, dirijan la expresión de descontento. Una dirección política capaz de alzar la cabeza por sobre el basto nivel de los opresores. Unas docenas de saqueadores del erario, corrompidos hasta la médula, palafreneros del golpismo, narcotraficantes, facinerosos y delincuentes de suculentas cuentas bancarias en moneda extranjera. La crisis ha alcanzado la disolución del Estado, convertido en un pervertido conglomerado de pandillas, pero también ha llevado a la extinción de las mejores conciencias, esas que en tiempos críticos son capaces de articular respuestas políticas a los graves daños infringidos al tejido político y social. La oposición venezolana, con la reconocida excepción de quienes no se han rendido al chantaje, a la connivencia, al servilismo, al compromiso, al negociado, navega en las mismas pútridas aguas de la disolución.

El panorama es trágico. La salida incierta. Es una situación de excepción, que parece requerir de soluciones asimismo excepcionales. Solo la acción valiente, lúcida y decidida de nuestras mejores reservas estratégicas, poco importa dónde se encuentren ni a qué partido, ideología, condición social u oficio pertenezcan: solo bastan el compromiso existencial con la nación y el amor por una patria que se nos muere en los brazos. No permitamos que ello suceda.