• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

Al instante

El copiloto enloquecido

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“Como dictador podría gobernar cualquier bufón.”

Hitler 

La metáfora no puede ser más impactante, más cruda y más apegada a la realidad: el cruento y espantoso desastre del Airbus de Germanwings, en el que por expresa y voluntariosa decisión de un copiloto enloquecido perdieran la vida sobre los Alpes franceses 150 seres humanos de distintas nacionalidades, él mismo, bebé y adolescentes incluidos e incluso, entre ciudadanos de distintas nacionalidades, dos venezolanos, puede ser extrapolado a todas las esferas de la vida social en que individuos, grupos, etnias, pueblos se ven de pronto sometidos al delirio de quienes se han apoderado del poder de decisión sobre sus vidas.

Un lejano compatriota del copiloto que asesinó a 149 inocentes pasajeros encerrándose en su puesto de mando y ordenando un descenso suicida, Adolfo Hitler, solía confesar –lo hizo ante un embajador acreditado ante su cancillería– que si los alemanes no eran capaces de seguir su aventura cósmica de apoderarse del universo no le temblaría la mano ni derramaría una sola lágrima echando Alemania al fuego lustrar de un Apocalipsis. Al mando de su país ya había ordenado y cumplido la amenaza sobre más de seis millones de judíos. Y su wagneriana locura provocaría en el curso de una guerra que llevó a cabo entre 1939 y 1945 más de 100 millones de cadáveres. Amén de haber arrasado con media Europa, haber inducido al Japón a entrar en el macabro juego de guerra y haberla convertido en una hoguera de fuego y cenizas. Con las únicas dos bombas atómicas disparadas en lo que va de la milenaria historia de nuestra civilización.

Hitler no estaba loco. Así fuera un poseso. Ardía en el fuego sociopático de un rencor sobrehumano que anuló en él toda compasión, toda consideración, todo resto de humanidad. Todo freno y toda medida. Exactamente el mismo rencor y el mismo desenfreno  que han alimentado la furia destructiva y el apocalíptico afán de gloria que han consumido a Fidel Castro, si bien en Castro –un fanático seguidor de las ideas del caporal austríaco– el objetivo de su odio no eran los judíos: han sido hasta el día de hoy los estadounidenses. En carta que le escribe a su amante Celia Sánchez en las postrimerías de la guerra de guerrillas contra Fulgencio Batista, en 1958, le confiesa: “Cuando esta guerra se acabe, empezará para mí una guerra mucho más larga y grande: la guerra que voy a echar contra ellos. Me doy cuenta que ese va a ser mi destino verdadero”, Una vida entera dedicada en exclusiva a luchar contra los estadounidenses.

No alardeaba. En 1962, luego de asumir la naturaleza marxista leninista del régimen que comandaba en Cuba y lograr de Nikita Kruschev y la Unión Soviética, a la que se entregara atado de pies y manos, la instalación en la isla caribeña situada a pocas millas del sur de Estados Unidos de cohetes armados con ojivas nucleares, decidió, siguiendo exactamente el protocolo del copiloto suicida de Germanwings, presionar el botón rojo que lanzaría bombas nucleares sobre territorio estadounidense, perfectamente consciente que al hacerlo condenaba su país a la desaparición de la superficie terrestre. Por entonces más de seis millones de cubanos hubieran sido incinerados en el fuego nuclear ante la automática reacción del Pentágono. Por fortuna para la humanidad, Kennedy y Kruschev lograron maniatarlo.

Según todos los indicios, algunos de ellos reconocidos incluso por exministros y ex altos funcionarios del régimen venezolano, como Jorge Giordani, así como por intelectuales que en el pasado le ofrecieran sus servicios al chavismo, como Hans Dieterich, Nicolás Maduro, puesto en el cargo por un acuerdo de Hugo Chávez con Fidel y Raúl Castro, refrendado por un pueblo tan poseído por la insania como los mismos Castro, pero sin siquiera motivaciones ideológicas, salvo el oportunismo y el rencor, actúa bajo la misma decisión irreductible: terminar por destruir a Venezuela.

Suena a exageración o a delirio. Tan no lo es, como la decisión de disparar ojivas nucleares sobre las principales y más importantes ciudades estadounidenses a su alcance. Destruir a Venezuela luego de esquilmarla ha sido el propósito de Fidel Castro desde que fuera aventado de sus costas por unos ejércitos entonces patrióticos y profesionales. Ha seguido fielmente el principio que aconsejara Nicolás Maquiavelo al Príncipe en el siglo XVI: “...cuando los Estados que se conquistan están acostumbrados a vivir en libertad, hay tres formas de conservarlos: destruirlos, vivir allí personalmente o dejar que sigan viviendo con sus leyes...”.

Ni vivir en nuestra tierra personalmente ni permitirnos vivir bajo nuestras propias leyes. Destruirla parece ser la encomienda. Sólo del cabal cumplimiento de esa máxima maquiavélica puede esperarse la entronización de un régimen tiránico y totalitario en nuestro país. En manos de un copiloto enloquecido.

Mientras la oposición democrática no termine por comprenderlo y metabolizarlo, estaremos en manos de un copiloto que ha trancado por encargo la portezuela del Poder. ¿Lo comprenderá?