• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

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Antonio Sánchez García

Cuando cayó el nazismo

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Hoy, 30 de abril, se cumplen 70 años del supuesto suicido de Hitler y la caída de Berlín en manos soviéticas. Se coronaba así un esfuerzo bélico que costara más de cien millones de vidas humanas y tras del cual la rica, poderosa, culta e industrializada Alemania sería presa del reparto entre los vencedores: rusos, americanos, ingleses y franceses. Los alemanes, que habían protagonizado una de las tiranías más horrendas y repugnantes de la historia, a la que respaldaran con práctica unanimidad con ardor, con entusiasmo, con inmensos sacrificios, esperaron sentados a las puertas de Postdam para observar el reparto. Finalmente, ¿qué hacer con las ruinas del esperpento sino entregárselas de regreso, bajo el imperativo categórico de democratizarse por angas o por mangas?

Los soviéticos se quedaron con su cuarta parte oriental, la más cercana a su nuevo bloque imperial que recogía a todas las naciones del Este europeo, del Oder/Neisse a los Urales, y la mitad de Berlín, recogidos como premio a sus gigantescos sacrificios y la homérica ambición de su amo, José Stalin, para asentar una de sus más implacables dictaduras satélites. Bautizada para escarnio eterno como República “Democrática” Alemana. Por cierto, en ese kindergarten modélico del estalinismo más cerril se educó la señora Bachelet. Y para insólita sorpresa del futuro, la señora Angela Merkel. El aceite con el vinagre.

Las otras tres cuartas partes pasaron a constituir la llamada República Federal de Alemania, con capital en Bonn y una esplendorosa vitrina de exhibición de la prosperidad y el progreso del capitalismo en el corazón de la RDA, Berlín Occidental. Asumida por los aliados y principalmente por Estados Unidos como laboratorio de la democratización acelerada de la capital del Reich. Allí, en la parte del Berlín Occidental que les tocara administrar, en el barrio de Dahlem, instauraron una Universidad según el modelo de las universidades norteamericanas que llamaron Freie Universität Berlin, Universidad Libre de Berlín. Dramáticamente contrapuesta en pensum, modelo de gestión y organización estudiantil a la Humboldt Universität, vestigio de la vieja Alemania imperial empotrada en el lado comunista. Por supuesto que estudié en la Universidad Libre. La Humboldt la visité un par de veces, sólo para oler el aroma a naftalina que despedían sus aulas.

¿A quién entregarles la Alemania liberada por las potencias occidentales sino a los restos sobrevivientes de democristianos y socialistas? Para hacerse una idea: es como si luego de un feroz golpe militar protagonizado por fuerzas extranjeras que barriera de la faz de la tierra al chavismo con sus símbolos y sus enseñas, tras un juicio emblemático de la jerarquía y sus correspondientes condenas – un Nüremberg vernáculo y criollo – Venezuela volviera a caer en manos de adecos y copeyanos. Suficientemente deschavistizados y convencidos de la necesidad de instaurar una democracia de corte occidental, con elecciones de verdad, transparentes y respetuosas, cuyos resultados fueron entregados a la opinión pública como sucediera en el pasado, cuando a las cinco de la tarde RCTV y VV pelearan por el rating con fanfarrias, gráficos de colores y entrevistas sorpresas, para recibir al recién electo, al oscurecer y en los prolegómenos de la noche, en gloria y majestad en los estudios correspondientes. ¿Se acuerdan? ¿O esos fastos gloriosos, a mano limpia y sin maquinitas tragaperras, expeditas y transparentes, con deshonrosas excepciones como las que le garantizaran a Caldera su segunda presidencia a costas de Andrés Velásquez, ha sido borrada de nuestros discos duros por la barbarie de los narcocoroneles y la canallada de los castrocomunistas del patio?

Entiéndaseme: todos los alemanes, prácticamente sin excepción, fueron nazis. A los pocos militares que osaron montarle en junio de 1944 un atentado a Hitler los colgaron como reses de unos ganchos carniceros. Vi el depósito y vi los ganchos carniceros en un museo del recuerdo en Berlín Occidental, veinte años después del horror del sacrificio. A todos los judíos alemanes, polacos, austríacos y otros los habían cremados. De modo que buscaron con lupa a políticos del pasado que pudieran ponerle al mal tiempo buena cara: Konrad Adenauer, el viejo burgomaestre socialcristiano de Colonia, y Willie Brandt, el líder socialdemócrata. Fue tras de ellos que resurgieron luego de 1945, hoy hace setenta años, socialcristianos y socialdemócratas. Los comunistas, detrás de Walther Ulbrich, se acomodaron en una república socialista por la que no habían soltado una gota de sudor, exiliados como estuvieron en la Unión Soviética. O a la sombra de un Campo de Concentración.

Recuerdo todos estos hechos, para asumir las duras consecuencias de las tiranías. Que cuando caen suelen seguir el derrotero que les fijan los poderosos. Propios o emprestados. Muy pocas veces las que quisieran sus pueblos. Es cierto que a los vietnamitas no les regalaron el fin de la guerra. También la celebran hoy, cuando Saigón, hace cuarenta años, cayera en manos de los nordvietnamitas. Tras una de las guerras de liberación más sangrientas de la historia.

Lo recuerdo hoy para hacer un ejercicio intelectual y tratar de imaginar cómo será la República Democrática de Venezuela, una vez liberada de la ignominia. ¿Una sexta República o una democracia del siglo XXI? Pongo el problema sobre el tablero. Hagan sus apuestas.

 

@sangarccs