• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

Al instante

Mi candidato a la presidencia de la Asamblea

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Considero que posee la suficiente fortaleza como para ejercer la defensa de nuestros principios y la flexibilidad y experiencia necesarios a la hora de convencer y luchar por imponerlos. Si fuera el escogido, que Dios lo acompañe en el éxito de su gestión. Si no lo fuere, mi respaldo para el escogido será igualmente pleno y sin mezquindades.

En una notable entrevista con Vladimir Villegas que circula por la red y que recomiendo efusivamente pues abrió, por primera vez en muchos años, un medio televisivo de y al servicio del régimen a la libre y exhaustiva expresión de la verdad de un dirigente opositor, que es la nuestra, Henry Ramos dijo una verdad del tamaño de una catedral: el número de diputados obtenidos nominativamente por los distintos partidos políticos incluidos en la tarjeta unitaria no le pertenecen, en rigor, a ninguno de los partidos que presentaron sus candidatos: pertenecen a la MUD y, de manera más específica a los votantes que sin atender al nombre del candidato en liza ni al partido que representaba votaron, genéricamente, “abajo y a la izquierda”. Estoy convencido de que millones de votantes ni siquiera supieron por quién votaban sino al momento de recibir la papeleta y leer su nombre impreso. En verdad, habían votado por la Unidad. En especial aquellos millones de electores que por primera vez le daban la espalda al bloque hegemónico. Y a los que se les debe particular respeto, pues se requería de coraje y decisión para negarse a seguir obedeciendo imposiciones tiránicas.

Con dicha respuesta, el experimentado líder máximo de Acción Democrática le salió al paso a un segundo grave error de apreciación: además de que no hubo partidos que, por su solo peso, obtuvieran más o menos candidatos que otros, todos esos candidatos deben ir al pote unitario. Por sobre los partidos está nuestra organización paraguas, la MUD, y por sobre la MUD están los millones de electores que representan el sentir mayoritario de un país que reclama a gritos la unidad nacional para obtener al más corto plazo el desalojo de los culpables de esta pesadilla de dos décadas que nos ha devastado la nación, nos ha esquilmado nuestros bienes, nos ha escarnecido e incluso, lo digo con inmenso dolor, nos ha quebrantado física y espiritualmente. El país no quiere partidos: quiere unidad. En bien de la patria y de sus hijos. Y avanzar, esta vez sí a paso de vencedores, hacia la urgente y drástica resolución de nuestros problemas. De los cuales el primero es eminentemente político: salir de Maduro.

De allí que sea obvio y natural considerar que los 122 diputados electos lo fueron en un supremo acto de soberanía popular y nacional. Y se deben al supremo mandato que les fuera encomendado el 6 de diciembre, indistintamente de sus partidos y colores: representar a la totalidad de nuestros intereses, tratando de hacerlo en la mayor unidad y persiguiendo la mayor eficacia posibles.

Es desde esta perspectiva que consideramos trascendental la decisión de nombrar a las distintas autoridades que dirigirán la Asamblea Nacional a todos sus niveles. Buscando salvaguardar los intereses del colectivo y maximizar el rendimiento de las propuestas por un cambio expedito y profundo de nuestra realidad nacional. Tanto como ello sea posible dadas las atribuciones constitucionales que a ella le asisten. Y competen. Y no en función de un reparto por supuestos derechos de mayorías, sino en estricta función de la mayor eficacia posible y la mayor justicia que esté en nuestras manos restaurar. Un problema complejo, dados los naturales intereses y las naturales ambiciones de los distintos partidos por avanzar hacia la conquista del poder. Asunto que creemos necesario postergar radicalmente hasta tanto no hayamos recuperado, en primera instancia, el marco regulatorio que haga posible avanzar hacia la reconstitución del Estado de Derecho y el pleno ejercicio y dominio de nuestra democracia. Esa misión histórica le compete a la totalidad de la nación, no a un partido o parcela específica. Por ahora. Y solo por ahora. Luego vendrá la natural y sana competencia por destacar y conquistar la mayoría, en cada caso que corresponda.

Desde esta perspectiva, creemos que todos los miembros de la mayoría calificada tienen pleno derecho de demandar la consideración de sus nombres para ocupar los cargos más importantes y representativos. Lo son por la calidad de su representación. Pero es de elemental racionalidad que a la hora de la escogencia de los mismos, además de considerar la autoridad de que están revestidos por sus diferentes colectividades, se atienda a los atributos específicos de cada uno de ellos. En función tanto de su experiencia legislativa, como de su conocimiento de las materias que serán discutidas y resueltas, pero sobre todo atendiendo al talante personal para enfrentar y resolver los difíciles y conflictivos problemas que se avecinan.

La decisión por una persona en particular no debiera hacernos olvidar que de la fortaleza y densidad de la unidad que exprese con sus pares, depende el éxito o el fracaso de su gestión. Que de la capacidad de expresar los sentimientos, anhelos y esperanzas de los millones de ciudadanos que los eligieran, depende que dichas expectativas se cumplan. Y que la división de intereses, de primar las ambiciones personales por sobre los necesarios destinos de la nación, podría ser el primer paso hacia el fracaso de la delicada misión que asumen.

Creemos que los principales dirigentes de los partidos cumplen a cabalidad con los requerimientos necesarios como para enfrentar exitosamente el trascendental desafío de presidir la futura asamblea. Personalmente, y sin desmedro de la idoneidad y capacidad política, intelectual y moral de los otros aspirantes, me inclino a favorecer la decisión de escoger como primer presidente de la Asamblea Nacional al secretario general del partido Acción Democrática, Henry Ramos Allup. De larga y reconocida experiencia como parlamentario, de aceradas convicciones democráticas, de sólida formación intelectual y dotado de coraje y lucidez necesarias como defender los intereses de los sectores democráticos del país con el suficiente patriotismo como para empuñar el arma de la verdad y combatir por nuestras posiciones sin flaquezas ni debilidades. Me siento autorizado moralmente a recomendar su nombre pues, como debe ser de todos conocido, no pertenezco a su partido ni simpatizo con algunas de sus ejecutorias. Lo cual no obsta para reconocer sus valores.

Considero que posee la suficiente fortaleza como para ejercer la defensa de nuestros principios y la flexibilidad necesaria a la hora de convencer y luchar por imponerlos. Si fuera el escogido, que Dios lo acompañe en el éxito de su gestión. Si no lo fuere, mi respaldo para el escogido será igualmente plena y sin mezquindades.