• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

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Antonio Sánchez García

Al borde de la catástrofe

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“Son libres de soñar, pero jamás les permitiremos gobernar...”.

Hugo Chávez Frías, 2010.

 

“La oposición jamás gobernara este país…ni por las buenas ni por las malas…”. Diosdado Cabello, 2013

 

“Nunca cederemos el poder; tendrán que sacarnos a la rastra, como cadáveres…”.

Joseph Goebbels, 1932

 

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La agencia de noticias Reuters nos trae una noticia de cuya insólita naturaleza solo nosotros, los venezolanos, podemos tomar plena conciencia: el gobierno de Nicolás Maduro se ha visto obligado a importar 2 millones de barriles de petróleo desde Argelia para cumplir sus propias obligaciones de exportación. Imposible dar con mejor y más irrebatible demostración del estado cataléptico en que se encuentra la principal y a estas alturas única industria nacional capaz de atender a nuestras necesidades de divisas extranjeras para proveer nuestras necesidades primarias, vista la práctica desaparición de la producción nacional en todos los rubros de nuestra economía.

No es necesario ser alarmista para comprender la gravedad de la situación en que se encuentra nuestra economía. Ni pretender enconar la situación anunciando la perspectiva real de vernos enfrentando una declaración de insolvencia. Lo cual nos empuja al borde de un caos social de inapreciables consecuencias. La inflación alcanza niveles verdaderamente intolerables y hace prácticamente imposible programar con mínima eficacia el uso de nuestros escasos recursos. Los salarios se hacen agua, bienes esenciales se hacen inalcanzables, la angustia asalta a todos los hogares, pues de este tsunami nadie parece estar a salvo. Por primera vez en 14 años, la inseguridad deja de ser la principal preocupación de la ciudadanía para ser arrasada por la desesperación que causan la inflación y el desabastecimiento. Las cifras de todas las últimas encuestas, particularmente las de IVAD y Consultores 21, así lo manifiestan.

Nadie dotado de una elemental racionalidad puede alegrarse por los efectos que esta gravísima situación ha comenzado a provocar en el universo político gobernante. En el que la muerte de Hugo Chávez ha terminado por desatar los demonios de la desunión y las desaforadas apetencias, provocando el enfrentamiento entre camarillas y grupos de poder por el control del aparato. Su muerte ha acarreado la desaparición del único factor de legitimidad de su sistema de dominación, ha dejado al desnudo la ausencia de institucionalidad y ha permitido el desborde de las ambiciones de poder, el recrudecimiento de las diferencias y la pérdida de disciplina interna.

La perfecta expresión de esta auténtica tragedia se puede escuchar a diario entre los antiguos adeptos al régimen: afirman con cierta rebeldía que siguen siendo chavistas, pero que de ninguna manera se muestran solidarios con lo que llaman “el madurismo”. Al que, según dejan ver las encuestas, atribuyen no solo la traición al legado de Hugo Chávez, sino la desorientación y extravío en que se encuentran el movimiento, su régimen y el gobierno que dejara encargado de llevarlo a buen puerto.

De allí que no sea precipitado señalar que jamás el régimen se halló en peores circunstancias que en la actualidad. La revolución perdió todo su poder de encantamiento, ha desfigurado la imagen de sus esperanzas para asumir el carácter de una apuesta ya perdida y sin destino. El chavismo sin Chávez llegó a su llegadero.

 

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Respecto de su contraparte, tampoco el panorama es muy halagüeño. La oposición se encuentra gravemente fracturada y a pesar de haberse convertido, siempre según las encuestas señaladas, en el bloque mayoritario de opinión, nada indica que se haya transformado en una fuerza sociopolítica equivalente. Las monumentales inversiones en compra de medios le permiten al régimen sofrenar el poder de descontento potencialmente existente, que dejado a su libre cauce y reproducidas sus voces por medios libres e independientes al servicio de la comunidad provocarían una avalancha de rechazo, protesta y rebelión imposibles de sofrenar. En el silencio de los medios, las amenazas de persecución y la represión abierta del liderazgo se encuentran las razones de la aparente apatía del comportamiento público. Y es en la complicidad abierta y declarada de las cancillerías de la región, así como en los graves problemas internacionales que enfrentan los países democráticos de Europa y Norteamérica, obligados a privilegiar el trato a conflictos más urgentes e inmediatos como los del Estado Islámico, encuentra el régimen espacio de maniobra para postergar el enfrentamiento con la solución de sus propios y urgentes problemas.

Una elemental racionalidad, una suficiente información del estado real de la nación y una comprensión del cerco objetivo impuesto a sus pretensiones de supervivencia en el orden interno y externo debieran permitirles a los factores gobernantes más capaces de autonomía e inteligencia políticas comprender que el proyecto originario de la revolución castrocomunista en Venezuela se encuentra definitivamente clausurado. Que solo la división de las fuerzas opositoras entre quienes propugnan radicalizar las acciones y empujar a un enfrentamiento definitorio, por una parte, y quienes imponen acomodarse al inevitable ritmo de la crisis, la creciente pérdida de respaldo y legitimidad y la desafección frente al actual gobierno de parte de las fuerzas armadas, permiten esta suerte de parálisis en que nos encontramos.

Pero si es previsible que la situación internacional no sufra modificaciones sustanciales que afecten el curso de nuestro proceso, en el orden interno los síntomas indican lo contrario. Las razones de la enorme expresión de descontento popular que hemos llamado “la revolución de febrero” continúan vigentes, la crisis económica agudiza las tensiones que pueden llevar a una nueva explosión de la crisis social y el descontento en las propias filas del régimen contra las políticas impulsadas por el gobierno de Nicolás Maduro crece exponencialmente. De otra forma no se explican los atroces sucesos que por ahora se manifestaran en el asesinato de Robert Serra, su asistente y cinco principales dirigentes de dos de los colectivos más militantes de la llamada revolución bolivariana. Provocando la explosión de un tumor maligno, que ha comenzado a gangrenarse.

Véanse esos luctuosos sucesos como se vean: sea como expresión de enfrentamientos entre pandillas por el control del poder o como expresión de la pudrición de los principios e ideales revolucionarios, la conclusión no puede ser más grave: el sistema atraviesa por una crisis que parece terminal.

 

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Puestos ante esta situación de indefiniciones, ni el gobierno ni la oposición se encuentran en capacidad de imponer en el corto plazo sus pretensiones totales. La muerte de Chávez ha constituido un golpe mortal a las pretensiones de implantar un régimen totalitario de signo castrocomunista en Venezuela, privando a su régimen estrictamente personalista y caudillesco de toda base de legitimidad. La falta de un liderazgo a la altura de las circunstancias, capaz de responder a los anhelos y necesidades del conjunto de la población –gravemente quebrantada, desorientada y dividida en dos pedazos aparentemente irreconciliables– le impiden a la oposición, por su parte, imponer el desalojo del régimen y comenzar el tránsito hacia la reconstrucción nacional.

Queda en el aire la incógnita acerca de algún otro factor que en estas circunstancias de anomia pueda favorecer salidas de corte bonapartistas, como las entiende la ciencia política: “Se llama bonapartismo al régimen autoritario que surge en circunstancias de desorden social y de pugna de poderes (…) para imponer el orden y promover después la ‘legitimación’ de todo lo actuado a través de alguna forma de participación popular, como hizo Luis Napoleón con su plebiscito del 20 y 21 de diciembre de 1851”. En otras palabras: aquel régimen establecido por un tercer factor de poder capaz de dirimir, por la fuerza, el conflicto entre facciones y bloques sociales por el control del Estado, restablecer el orden global y conducir una transición hacia la recuperación de la normatividad sociopolítica e institucional en el mediano y largo plazo.

¿Están las fuerzas armadas venezolanas en capacidad de actuar con independencia de juicio, recuperar su jerarquía propiamente estatal manteniéndose al margen de los partidos, zafarse la intromisión de cualquier poder extranjero de cualquier naturaleza que incida sobre los destinos de la nación y asumir el papel de árbitro supremo de este práctico empate de fuerzas, que desangra al país y lo precipita por los abismos de la disolución?

Imposible responder a una interrogante de esa envergadura, sin contar con los más mínimos elementos de juicio. Si bien el histórico antecedente de la actuación de las fuerzas armadas el 23 de enero de 1958 apunta exactamente en esa misma dirección. Con una diferencia esencial: la intervención de las fuerzas armadas el 23 de enero no fue de naturaleza propiamente bonapartista. No intervinieron representando sus propios intereses mediante una cuña que separase los bandos en pugna para asumir el protagonismo del poder, sino que se sumaron a la rebelión política del pueblo y sus partidos para desalojar, simple y llanamente a la dictadura del poder, asumir junto a la Junta Patriótica la dirección de una corta transición, velar por el desarrollo de las elecciones y garantizar el tránsito a la plenitud democrática. Detrás del 23 de enero no hubo un insignificante Luis Napoleón, sino un pueblo alzado.

Muchos insisten en traer a colación la salida plebiscitaria chilena y el desalojo pacífico y electoral del general Augusto Pinochet como modelo normativo adecuado a nuestras circunstancias. Amén de las manifiestas diferencias de regímenes, de tradición política y cultural, y los contrastes absolutos de propósitos –aquella era una dictadura militar abierta y legitimada sin propósitos de entronizarse y autolimitada al restablecimiento del orden constitucional; esta pretende entronizarse por los siglos de los siglos siguiendo el modelo cubano–, cabe una consideración de naturaleza subjetiva, personal, que hace al carácter de los protagonistas. Diosdado Cabello ha reiterado, abiertamente y sin melindres, que el régimen jamás permitirá que la oposición gobierne. Podría ser una balandronada. A mí me parece la más profunda verdad del fascismo tropical que expresa y representa. Me viene a la mente una frase parecida, del personaje histórico que más se le asemeja: “Nunca cederemos el poder; tendrán que sacarnos a la rastra, como cadáveres…”.

Lo dijo Joseph Goebbels en 1932. Su profecía se cumplió al dedillo: lo sacaron a la rastra a él, a su mujer y a sus seis hijos del bunker del Tiergarten, hecho despojos.