• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

Al instante

Las bombas de la ira

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La democracia requiere, ya lo dijo hace casi dos siglos con su inmensa sabiduría Alexis de Tocqueville, de un cuidado extremo, del cultivo sereno y constante del consenso entre todos los sectores de la sociedad y de la alerta extrema y permanente ante el horror de las dos bestias de Job: Leviathan y Behemot, que amenazan con devorarla.

Así no se crea: jamás en Chile había habido atentados terroristas de esta magnitud y en esta proporción como los viene habiendo desde mediados de la democracia concertacionista. Antes de Allende, porque Chile era una democracia ejemplar. Si cabe aplicar el término a una realidad cambiante, dinámica y fluctuante como el orden político y social que recibe tal calificativo. Durante el gobierno de Allende, tampoco, que el institucionalismo parlamentarista chileno había permeado hasta los huesos a todos los sectores de la sociedad, incluso a quienes se hallaban profundamente emparentados con el terrorismo castrista. Después de Allende y salvo el intento de magnicidio contra el general Augusto Pinochet, porque las consecuencias para los terroristas hubieran sido devastadoras. La policía política de la dictadura no se andaba con cuentos. Y la paz conquistada olía a mazmorra, pólvora y degollina.

Para que se desperezara el monstruo del terrorismo hubo que esperar los esfuerzos por la reconciliación y la confianza de unos frente a otros. Es la grave desventaja de las democracias ante la ruindad del terrorismo, que no conoce límites, fronteras ni consideraciones morales. Apostar por la bondad colectiva. Así, protegido por el anonimato, blindado por los derechos humanos y el ejercicio de la libertad ciudadana, de la que suele hacerse gala para tranquilidad de todos, un terrorista puede desplazarse libremente por donde quiera, llevar su paquete de bombas como si se tratara de una torta de cumpleaños, usar de contenedor un tacho de basura y depositarlo con el preciso y avieso cálculo de que explote cuando sus efectos puedan causar el mayor daño. Como los causara esta vez en una local de paso en la estación del Metro Escuela Militar, en el oriente de Santiago. Llevándose por delante 11 heridos, de entre los cuales, desgraciado azar de la emigración a que se ven compelidos los venezolanos en este tiempo de pacífico terrorismo castrochavista, uno de nuestros compatriotas. Obligado al turismo de supervivencia por un régimen parido por el terrorismo golpista y mantenido en vida por el terrorismo de Estado.

El agravamiento de los atentados, que sube de grado en la escala del terror –pasar de la amenaza del estruendo a la mortífera artillería de la muerte, la herida o la amputación– se ve favorecido por el reciclaje de viejos odios y rencores, sacados del baúl de los entendimientos de izquierdas y derechas por el oportunismo de socialcristianos, socialistas y comunistas para impedir la continuación en Chile de un gobierno alternativo de la centroderecha, como el de Sebastián Piñera. Lo que a ningún gobierno de la Concertación se le hiciera –acuciarlo con huelgas, manifestaciones y desbordes, particularmente de las absurdas exigencias llevadas en andas de las banderas contestatarias del estudiantado chileno– se le hizo con saña y alevosía al del empresario y político de la centroderecha. Se aprovechó otro aniversario del golpe de Estado para volver a reciclar el mito del mártir y el tirano. A tal extremo que la propia derecha de la derecha, la UDI, se sintió obligada a distanciarse de una acción de alta política que impidió la pérdida de la república, desconociendo que sin la acción de las fuerzas armadas –por cierto: legitimada por el Parlamento y la Corte Suprema de Justicia– Chile hubiera podido desembocar en una guerra civil o en un régimen castrocomunista que lo hubiera hundido en el abismo por generaciones de generaciones. Y en el colmo de la irresponsabilidad de todas las izquierdas gobernantes, se reflotó el expediente de la constituyente, sin duda alguna, a la búsqueda de fraguar las condiciones institucionales para un chavismo a la chilena. Es la apuesta del castrismo dominante en el Foro de Sao Paulo e incluso en la OEA de José Miguel Insulza para imponer su hegemonía en la región.

La democracia requiere, ya lo dijo hace casi dos siglos con su inmensa sabiduría Alexis de Tocqueville, de un cuidado extremo, del cultivo sereno y constante del consenso entre todos los sectores de la sociedad y de la alerta extrema y permanente ante el horror de las dos bestias de Job: Leviathan y Behemot, que amenazan con devorarla. Muy por encima de los mezquinos intereses partidistas, de la miopía de las élites y la devoradora ambición de quienes no se satisfacen con alcanzar la presidencia sino hundir sus repúblicas para atornillarse en el poder. Temo que Chile haya comenzado a sufrir las consecuencias de esa sevicia. La falsa y congelada sonrisa de la señora Bachelet pronostica días de ira.

@sangarccs