• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

Al instante

El arte del silencio

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A Cornelis Zitman, in memoriam

 

Hic habitat felicitas. Un silencio de rituales, solo interrumpido por el rumor de las hojas o los ladridos lejanos, rodea ese espacio en el que cada piedra, cada trozo de madera, el tanque de cobre revestido de aterciopelado musgo y lleno hasta el borde de agua fresca y cristalina o la hiedra que se adosa a los ladrillos poseen su propia entidad y reclaman su mudo testimonio. He penetrado en ese laberinto de áticos y gruesos muros abovedados decenas de veces. Siempre llevado por el deseo del azar o la magia del capricho. Pero siempre, con una constancia de servidumbre y una docilidad de sacerdocio, me recibieron el mismo cálido silencio, la misma dulce temperancia, la fragilidad de lo que se nos asoma intemporal y definitivo.

Todo flota allí en su definitivo espacio y nada pesa. El aire se vuelve materia y el bronce se hace difuso y tenue como el tul o la niebla. Allí la fragorosa vida deja de latir por un instante, detenida por el arte del silencio, y el asombro se habitúa a sí mismo, preso en la eternidad de la mirada.

La vida se hace ejemplar. Ausente el juicio, solo quedan los gestos, las caricias, el dolor, el deseo o su cansancio. Como un tropel que en detenida instancia se asomara a la vida, somos nosotros los que terminamos asomados a ella, detenida. Cesan los ladridos, se aquieta el viento, un rayo de luz cruza el recinto sombreando o desvelando cuerpos. Estamos solos. Convertidos en ausencia, en paz reconciliada. Como si el espacio, el tiempo y la luz convertidos en tímido y tenue bronce nos ligaran a la eternidad. Un bautizo: primero imperceptible, luego convertido en cálido recogimiento, nos vuelve al fragor de lo cotidiano. Han transcurrido quizás unos segundos. Entonces extiende la mano, nos entrega su cálida sonrisa y escuchamos su voz franca y afectuosa. Es Cornelis Zitman. Escultor.

Nada en ese espacio en donde no esté su afán. Columnas de piedras, pisos de argamasa, techos inverosímiles que cubren vestigios de fortines derruidos y ciegas catacumbas. Y más acá, la luz del Caribe, pasillos de madera y muros encalados que buscan el frescor del trópico, vidrieras que dan a salas olvidadas de violines y cellos, cámaras y recámaras de niños que juegan al mar y corretean sobre la arena caliente de las Antillas. Nada que en Zitman no encuentre la nobleza de la materia. Su tránsito por el mundo se cuaja en ladrillos, en barro, en barandales de caoba, en cemento sobado, en techos de caña, en diminutos ventanales que dan a torreones de silencio, en viejos grifos de bronce y lavaderos coloniales en donde algún viajero extraviado encontrará por fin el remanso y la mansedumbre.

Allí, en ese espacio que es su tiempo, Zitman ha procreado una tribu silenciosa de mujeres deslumbrantes, originarias, dueñas del arcano. Y de niños, de ancianos, de hombres paridos por esas mujeres míticas. Nada que en esos seres delate la duda o la indiferencia: testigos del tiempo se mueven entre la sensualidad y la pureza, siempre rotundos, hermosos, cálidos, fraternos y totales. La tribu de Zitman ha crecido como el universo que la cobija. En su mínima atalaya un niño flacuchento y barrigón nos recibe ceremonioso. A su lado, tan digna y majestuosa como él, una perrita callejera atisba desde el fondo de un tiempo sin límites hacia algún horizonte que cruzó ya la eternidad. Todo es enigma, misterio, soledad. Un mismo rostro, ancho de pómulos y fino de rasgos, negroide o asiático, bello hasta la seducción, se repite como en una cámara de espejos en mujeres de exuberante y generosa desnudez, tocadas con una cofia que recuerda a Holbein o a Veer Meer, cubiertas de velos, ataviadas de tules, arrodilladas, sentadas en la levedad de una hamaca o tendidas sobre el frágil equilibrio de su entrega. Rostros, cabezas, máscaras, bustos, piernas, manos, grupos, figuras abandonadas, solitarias, dotadas de una dignidad única, intransferible, definitiva. Ni un gesto, ni un grito, nada que perturbe la dimensión de la eternidad. Una perfecta comunión entre belleza y bondad, entre dignidad y vida. Hic habitat felicitas. Como en una pequeña obra de Veer Meer.

Zitman y Vera, su hermosa mujer, caminan atareados entre bruñidos bustos y jóvenes absortos, entre rostros enmudecidos y manos que yacen, apacibles, junto al ron o las aceitunas. Huele a algarrobo y a caña brava, a césped regado por la fina llovizna que penetra a través de los grandes ventanales, a límpida madrugada. Y en un patio central de ladrillos geométricos se reúne la gran tribu, silente, magnífica, atareada. Una joven mujer se apoya en una línea de bronce que cruza su espacio como un mínimo horizonte. Un joven encuclillado pesca, absorto, en un tanque sin peces. Una familia recogida en el dolor del viaje ¿emigran, vuelven, huyen de los horrores de la guerra? se asoma hacia el portón de madera y busca algo tal vez perdido para siempre. Solemnes, sensuales, majestuosas siempre las mujeres: en la hamaca, sentadas, de piernas cruzadas, entregadas al universo como la luna, resplandecientes. En el atrio del gran taller del escultor una hembra descomunal de pelo rojo y ensortijado, cubierta apenas por un chal que le cubre los hombros y deja sus poderosos pechos al desnudo, sonríe en el enigma de su grandeza. Pallas Atenea, reclama algún altar perdido en esta época de incredulidades.

El motivo de Zitman, como el de Rodin o el de Maillol, es el hombre. Una figura que en Zitman condensa su propia antropología caribeña, de holandés errante enamorado del trópico, de curioso artesano que se ha ganado la vida pintando carteles, diseñando y construyendo muebles sencillos y hermosos, enseñando a sus devotos alumnos de diseño y arquitectura la impecable simpleza de una línea y la irreductible voluntad de belleza, que alcanza en él la ferocidad de la perfección. Nada más alejado de su carácter que la grandilocuencia o el grito. Afable, sencillo, decidió refugiarse en las ruinas del histórico Trapiche de la Trinidad para entregar su testimonio. Y allí, mientras construye y reconstruye una de las casas más bellas de Venezuela, pues Zitman es un constructor compulsivo que no puede habitar más de algunos meses el mismo espacio, suerte de Penélope cuyo manto es una casa que tal vez nunca sea la perfecta morada que busca afanoso desde hace 50 años, ha creado uno de los universos más deslumbrantes de la escultura contemporánea.

Ese universo, que es uno de los más rigurosos testimonios artísticos del hombre caribeño, pertenece, es claro, a la humanidad. Pero sería impensable sin la Venezuela que lo sustenta y alimenta. Pocas obras reflejan de manera más cabal y profunda el hermoso crisol que es nuestro país que la obra de Zitman. Es hora de conocerla. Es hora de honrarla.