• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

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Antonio Sánchez García

Yo, el antimperialista

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El odio cainita, psicopático, enfermizo de Fidel Castro contra Estados Unidos se ha saldado con las peores y más aterradoras desgracias para la América Latina de los últimos sesenta años. Medio siglo perdido. Con un epílogo pesadillesco: la Venezuela chavista. Y un colofón de espanto: un continente enceguecido por su izquierda radical. Acompasada por la cobardía y concupiscente pusilanimidad de unos sectores democráticos rehenes del castrismo a lo largo y ancho de América Latina. De la que ni las sotanas se salvan.

 

A Carlos Alberto Montaner

 

Soy latinoamericano genéticamente puro, con un ADN comunista, una educación sentimental de la más rancia izquierda marxista, una intensa pasantía por la ultraizquierda guevariana y el descenso a los infiernos de una dictadura militar que enfrentó, derrotó y aplastó –por un par de generaciones– toda mi conformación ideológico-cultural. He allí el currículo de un latinoamericano típico que vivió dos tercios del siglo XX y todo lo que va corrido del XXI aprisionado en sus rencores atávicos. De entre ellos el más tenaz e impenitente: el antimperialismo norteamericano.

A pesar de mi formación académica, de mis estudios de posgrado en una universidad alemana, de mis labores como catedrático e investigador en terrenos que me familiarizaron con la historia y la filosofía universal y me llevaron al dominio de varios idiomas, tanto como para considerarme un hombre medianamente culto y haber escrito varios libros que van desde la historia a la literatura, no hablo inglés. Y lo leo con tantas dificultades, que prefiero ahorrarme el dolor de cabeza de siquiera intentarlo. Me ha impedido disfrutar de un idioma maravilloso, alguno de cuyos cultores admiro ilimitadamente.

He amado a Marguerite Yourcenar, a Michel Butor, a Sartre, a Claude Simon, a Camus, a Michel Foucault, a Stehndal y a Flaubert, a quienes por supuesto he leído en francés; a Goethe, a Hofmannstahl, a Heine, a Brecht, a Thomas Mann, a Hermann Hesse, a Kant y a Hegel, a todos los cuales he leído naturalmente en alemán. Pero debo confesar que ni a Shakespeare, ni a Joseph Conrad, ni a Hemingway, ni a Laurence Durrel, ni a Virginia Wolf ni a Edgar Allan Poe, ni a Salinger ni a Scott Fitzgerald ni a todos los autores norteamericanos de la novela negra, a quienes he admirado con devoción, los he leído en inglés. Debí conformarme con leerlos en español. O en francés o en alemán. Peor para mí. Traduttore traditore…

La razón puede ser banal, pero me ha entorpecido toda una vida en mi relación con una cultura y unas naciones a las que he aprendido a admirar profundamente y a las que les agradezco no haber caído en las garras de las más odiosas tiranías inventadas por el hombre: el totalitarismo nazi y el totalitarismo bolchevique. Me refiero a Inglaterra y a Estados Unidos. A cuyos pueblos y gobiernos debemos habernos salvado del holocausto universal, el terror nazi y el archipiélago del terror estaliniano. Posiblemente, incluso, de una guerra nuclear y el fin de la especie.

Mi padre era comunista, como todos nosotros, sus siete hijos, y aunque le encantaba tomar en su taxi a algún norteamericano de pasajero y llevarlo a casa para aprender a champurrear algunas palabras –my wife, this is my House, these are my childrens, seat down and thank you– sentía un odio visceral por el imperialismo norteamericano, por Estados Unidos, por todo lo que fuera u oliera a yanqui. Como, por cierto, todos o casi todos los chilenos. Lo que no le impedía en absoluto adorar a John Wayne, a Errol Flyn, a Humphrey Bogart y a Edward G. Robinson, al que le encantaba parecerse. Pues, extraña contradicción, amaba el cine, el de Hollywood, y detestaba las películas mexicanas. No se hable de las franquistas.

En él el antimperialismo era militante y sin condiciones. Como en todos sus semejantes, como en toda la izquierda chilena y el universo popular en que nos movíamos. Algo que, por entonces, nos diferenciaba profundamente de la cultura y los sentimientos caribeños que vine a conocer muchos años después. En Chile el beisbol nunca ha existido. La Florida queda a miles de kilómetros. Y antes de asomarnos a Cayo Hueso tendríamos que sobrevolar los Andes de cabo a rabo, pasar por sobre Perú, parte de Bolivia, Ecuador, Colombia, Venezuela y el Caribe. Jamás como Venezuela, cultura petrolera y, por lo tanto, cultura del “Black Gold” que lleva toda su historia asomada al “Norte”. “Me fui para Nueva York, en busca de unos centavos…”.

Ya en la universidad conocí un odio más sofisticado contra Estados Unidos: eran simplemente brutos. Matones, prepotentes, balurdos, insensibles, feos, estúpidos. La antinomia de los europeos: finos, cultos, delicados, sensibles, exquisitos. No importa si franceses, italianos, alemanes o ingleses. Pero los ingleses, como los españoles, nos habían colonizado a comienzos de siglo y eran intrigantes, pérfidos, imperialistas, aunque ya de retirada y más sutiles. Los gringos, simplemente bárbaros. La neobarbarie de la tecnología, el rendimiento, time is gold, money, money, money. Aquella a la que Heidegger le dedicó sus más profundos rencores. Y Sartre los suyos. The ugly American…

De modo que me desentendí del inglés hasta que ya era muy tarde como para rectificar mis prejuicios. Peor aún; muchos de ellos encontrarían asideros en la crítica de la llamada Escuela de Frankfurt y el marxismo contra el positivismo sociológico de corte anglosajón. Aunque debí rendirme a la brutal evidencia de que Estados Unidos era, de entre todas las naciones del orbe, la que mayor aporte había hecho al desarrollo de la libertad y la democracia en la historia moderna. A nuestra historia. Con todos sus pro y todos sus contra. El baluarte de la cultura de la libertad. Como acaba de escribirlo en un estupendo artículo mi amigo Carlos Alberto Montaner (http://www.el-nacional.com/carlos_alberto_montaner/Cuba-Unidos-lucha-sigue_0_596940482.html), y cuya lectura recomiendo ampliamente, pues vuelve a poner el dedo en la llaga: el odio cainita, psicopático, enfermizo de Fidel Castro contra Estados Unidos, que se ha saldado con las peores y más aterradoras desgracias para la América Latina de los últimos sesenta años. Con un epílogo pesadillesco: la Venezuela chavista. Y un colofón de espanto: un continente enceguecido por su izquierda radical. Acompasada por la cobardía y concupiscente pusilanimidad de unos sectores democráticos rehenes del castrismo a lo largo y ancho de América Latina. De la que ni las sotanas se salvan.

Es completamente natural que ese hondo, ese profundo prejuicio contra Estados Unidos siga imperando en los círculos de la izquierda marxista latinoamericana, un rencor perfectamente compatible con el esquizofrénico oportunismo de sus élites que, a la hora de disfrutar de sus mal habidos bienes de fortuna –que en algunos escogidos de entre la corrupta cofradía cívico-militar del chavismo venezolano alcanzan hasta miles de millones de dólares– quieren depositarlos, invertirlos y gozarlos precisamente en el país de sus odios más entrañables. Lo que no tiene nada de natural es que, simultáneamente, detesten a Estados Unidos, adoren a Cuba y se resientan mortalmente porque el gobierno del país de sus ilusiones les retire la visa para allegarse a La Florida o a Nueva York, le congele los bienes y los ponga ante la dura alternativa de cumplir las leyes que hacen de Estados Unidos el sueño dorado de sus anhelos.

Ese odio esquizofrénico ha percolado a quienes no tienen un dólar y no irán, ni ellos ni sus descendencias, en sus vidas al Imperio. Esos millones de desarrapados que al borde de la inanición corren a firmar un documento que les presenta uno de esos multimillonarios corruptos proveniente de la ultraguerrilla pero hediondo en dólares. Y, peor aún, que quienes no tienen otro sostén de respaldo político que las democracias occidentales, a la cabeza de las cuales se encuentra, nos guste o nos disguste, precisamente Estados Unidos, salgan a cacarear su solidaridad con los criminales rojo rojitos.

Por eso, le agradezco profundamente que haya sido la primera nación del orbe en tomar en serio la terrible tragedia que vive el pueblo más indigente e ingenuo del planeta, de una generosidad exultante y un espontaneísmo suicida. Si bien corto de entendimiento, veleidoso y proclive a correr con entusiasmo detrás de sus peores desgracias. Y me avergüenza la infinita estulticia de una élite estúpida y farisea que prefiere ser colonizada por una nación miserable pero vecina y arrodillarse ante quienes sus mayores independizaran. Amén de ser la prueba material más concluyente de la esquizofrenia de una cultura que daría su vida por vivir en Estados Unidos, pero no pierde ocasión de expresar su malestar por su crasa incapacidad para crear su propia civilización, tan culta y desarrollada como la que odia/admira en el Norte, rindiéndose finalmente a su minusvalía.

Así de simple. Gracias Obama. Infinitas gracias.