• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

Al instante

¿Y ahora? La renuncia

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

La democracia está en vías de reconquistar el control de la principal institución democrática: la Asamblea Nacional. Que seguramente pasará a constituirse en el campo del enfrentamiento final. Ojalá que así sea y que todos nuestros diputados actúen como un solo hombre, que eso fue lo que dictó el pueblo escogiendo abajo y a la izquierda. No obstante: nada sería mejor y más sano, lúcido e inteligente, en bien de todos, que la renuncia de Nicolás Maduro y un llamado a elecciones generales.

 

Se cumplieron los pronósticos que estaban en la calle y preludiaban un deslave inevitable: por primera vez en diecisiete años el pueblo estuvo de acuerdo en identificar al culpable de todas sus penurias y hacerle pagar los males causados. El resultado no puede estar más claro: es la primera victoria incontrarrestable de la democracia y la primera y descomunal derrota de la dictadura. Para no extraviarnos en identificaciones mayores, que la de ayer fue una batalla a campo abierto con solo dos contendores: el pueblo sufriente y un gobierno malhechor. Como rara vez sucede en los hechos: vencieron los buenos.

Los detalles de esa gran batalla se irán esclareciendo con el transcurso de los días. Desde luego: cuando Maduro y Diosdado, los principales responsables de este colosal desastre, amenazaban con ganar “como fuera”, sabían perfectamente lo que decían. Contaban con una maquinaria perfectamente aceitada, con un juego de cronos electorales maravillosamente afiatado en mil combates, podían recurrir a los viejos trucos de mantener las mesas abiertas hasta el amanecer para echar al ruedo a sus “walking deads” y anestesiar al pueblo a las puertas del CNE preparado a aceptar el veredicto “como fuera”. Incluso encegueciendo mediáticamente a la ciudadanía con cortes eléctricos, apagones de la red y ese arsenal de malabares que hemos venido sufriendo elección tras elección. Como que Henrique Capriles fue elegido presidente en una, si no en dos oportunidades, debiendo irse a su casa “como fuera”. No hablemos de la ingeniería electoral de obtener 52% de votos –seguramente fueron muchísimos más– y apenas un tercio de los diputados. Un Transformer rojo rojito que parecía invencible. Emergía de las profundidades del Caribe manejado por Raúl Castro y unido por un cordón umbilical con el cerebro electrónico de la tiranía daba sus manotazos sin compasión ni ley. El terror.

Con lo que el Tiby Transformer no contó fue con los devastadores efectos de la debacle económica del régimen. En su memoria digital estaban las colas y tarjetas de racionamiento que los cubanos han aguantado durante más de medio siglo: el hambre como hábito cotidiano, el socialismo como inyección intravenosa de apatía, aguante y sufrimiento sin límites. La crucifixión. Pero ni el pueblo venezolano es el esclavizado pueblo cubano, ni Maduro es Fidel Castro, ni Venezuela es una isla dejada de la mano de Dios. Así nos fastidie, tenemos las principales reservas petrolíferas del orbe y una tradición libertaria e independentista que, seamos objetivos, Cuba jamás tuvo. De modo que si los ingenieros cubanos instalados en Miraflores creyeron que los venezolanos se la iban a calar igualito a como se la vienen calando nuestros hermanos cubanos, fallaron de medio a medio. La pobresía venezolana será pobre, pero no es pendeja. Y haciendo colas de noches enteras volviendo al rancho con las manos vacías comprendió que el cheque en blanco había vencido, que de dictaduras hambreadoras ya bastaba, que a ese tal Nicolás Maduro nadie lo había invitado a esta fiesta propiamente venezolana y que había que sacarlo a patadas. Me lo dijo un taxista hace exactamente un año: “Si ese señor cree que nosotros, los chavistas, lo vamos a aguantar, se equivoca. Esperaremos a diciembre y le daremos una paliza”. Lo juro por mi madre: fueron sus palabras textuales. Tantas veces las oí repetirlas, que supe, tal como lo escribiera, que el deslave era inevitable y que el 6-D sería nuestra Batalla de Stalingrado.

Sano y bueno. Pues esa decisión eminentemente popular fue acompañada por la más sabia decisión asumida por la MUD en su breve pero tormentosa historia: la tarjeta unitaria. Fue el blanco al que apuntar los dardos sin que a nadie la confusión le hiciera temblar el pulso. Convirtió unas parlamentarias en un plebiscito. Y a los distintos adherentes de partidos en una masa crítica perfectamente ensamblada. Por lo menos en mi centro electoral nadie sabía a quién elegía ni por quién votaba. Todos sabían a quién repudiaban.

Y así estamos al día de hoy, a pocas horas de la resonante victoria popular y democrática, digna de figurar al lado, así sea en letra menuda, de los fastos del 23 de Enero de 1958. Pues la gran diferencia es que esta victoria no es, por el momento, definitoria, como lo fuera aquella. Los repudiados de ayer siguen hoy en el poder. Y la magna obra, que no puede ser otra que el desalojo y la limpieza del campo de batalla para iniciar de inmediato la reconstrucción de Venezuela, está pendiente, revestida de una gran incógnita. La herida, ¿es mortal? Hasta ahora la amenaza esgrimida no ha pasado a los hechos: ni Maduro ni Diosdado han salido a las calles. ¿Los atempera la decisión de las fuerzas armadas, que ayer recibieran un mandato irrecusable: defender la nueva expresión de soberanía y voluntad popular?

La democracia está en vías de reconquistar el control de la principal institución democrática: la Asamblea Nacional. Que seguramente pasará a constituirse en el campo del enfrentamiento final. Ojalá que así sea y que todos nuestros diputados actúen como un solo hombre, que eso fue lo que dictó el pueblo escogiendo abajo y a la izquierda. No obstante: nada sería mejor y más sano, lúcido e inteligente, en bien de todos, que la renuncia de Nicolás Maduro y un llamado a elecciones generales.

Las ventajas y beneficios de una renuncia serían inmensas: Maduro y lo que va quedando de revolución bonita saldrían del escenario por la puerta grande. Ante el aplauso y el beneplácito de esta inmensa mayoría que dijo basta y ha echado a andar. A nuestra amada patria se le ahorrarían disputas y esfuerzos inútiles e innecesarios ganado en prestigio y grandeza ante la opinión pública mundial. La reconstrucción no tardaría un día más. Y las colas y atropellos podrían desaparecer de nuestra historia como el mal recuerdo de una siniestra pesadilla.

 “Ustedes dirán que soy un soñador. No soy el único”, cantó el bardo. Somos una maravillosa mayoría. Merecemos lo mejor.