• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

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La agenda de Raúl Castro

“El resultado de esos encuentros es prodigioso: sin dar nada a cambio, obtiene el beneplácito de Barack Obama, Vladimir Putin y el papa Francisco para hacer y deshacer lo que le parezca conveniente con el huérfano de la partida: Venezuela”.

 La historia se encargará de desvelar y explicarnos las razones de por qué una tiranía infructuosa y estéril, unipersonal y hereditaria, que condenara a la miseria y el hambre a sus habitantes y se convirtiera en el epítome del subdesarrollado totalitarismo caribeño, sin otro resultado que la aniquilación del ser y el tiempo de Cuba y su sociedad, ha sobrevivido a 6 sumos pontífices, 11 presidentes de Estados Unidos, 7 secretarios generales de las Naciones Unidas, 10 presidentes mexicanos, 15 presidentes de Costa Rica y 10 presidentes venezolanos. Que por influjo determinante de la tiranía castrista no llegó a la cifra predeterminada constitucionalmente: 14 presidentes y realiza sus últimos esfuerzos por salir del marasmo y pujar hasta lograr la transición a un democracia. Nada del otro mundo: en su esencia, no muy distinta de la que fuera ahorcada por el golpismo militarista y caudillesco de las Fuerzas Armadas y la izquierda castrista.

Definitivamente comprobado el fracaso de la epopeya que se autoimpusiera Fidel Castro antes incluso de su asalto al poder de la isla: dedicar su existencia a luchar contra y derrotar a Estados Unidos, las contorsiones políticas de su heredero, su hermano menor, discípulo y epígono Raúl Castro demuestran que esa longevidad no es producto del azar, ni siquiera de las circunstancias: es resultado de un extraordinario dominio del arte de la política. Al extremo que resulta difícil encontrar discípulos más aventajados de los principios establecidos en el siglo XVI por Nicolás Maquiavelo que los hermanos Castro. En América Latina no encuentro otro que el artífice de la política del primer latinoamericano: Hernán Cortés, maquiavélico avant la lettre. La violencia y la seducción, la intriga y el asesinato, la absoluta inescrupulosidad y el profundo conocimiento de las fortalezas y debilidades de los hombres se han dado en Fidel Castro de manera casi natural desde su más tierna infancia, como puede comprobar quien quiera acercarse a sus aventuras y delirios leyendo la obra de política ficción de uno de sus exadoradores, Norberto Fuentes, La autobiografía de Fidel Castro. De su fascinante recuento solo queda en claro la desmesurada, colosal, homérica y delirante ambición de poder que alimentara al bastardo de un gallego y la hija de una cocinera nativa, hasta permitirle vencer incluso un primer envión de la muerte, cuando dirigiera su propia operación intestinal en un alarde de desmesura y soberbia ilimitados.

Dirigiendo el oratorio de un previsible e inevitable final, Raúl Castro hace alarde de su ingenio, sutileza y sabiduría política y diplomática, escapándose del callejón mediante un arte diplomático propiamente dieciochesco: logrando conformar una suerte de troika  que le permite manejar el destino de nuestra desventurada Venezuela a su antojo. Junto con su hermano Fidel, y mientras enfrentaban un escenario de ruina y desolación, manipularon al pobre Hugo Chávez para convertirlo en su fiel, milagroso y fanatizado mecenas y operador continental. Dispusieron de su fanática generosidad e insólito carisma para hacerse con el control de América Latina cuando se veían ya al borde del abismo. Manejaron luego la enfermedad, agonía y muerte de uno de sus peones más fieles y devotos, sin permitir la intrusión ni de sus más cercanos. Tan enmarañado en sus redes como lo estuviera el Che Guevara al momento de asumir el derrotero de la muerte yendo a hundirse en la selva boliviana. Y si la ominosa y desafortunada aventura del Che pudo ser convertida en una gigantesca, monumental, planetaria leyenda épica a beneficio de la revolución cubana, la triste y desangelada agonía del teniente coronel venezolano les permitió asumir de lleno el control de Venezuela, poniendo en su lugar a uno de sus peones largamente preparado para servirles de instrumento del control final de su primera conquista plena en tierra firme. Y simultáneamente, o precisamente gracias a ese paso de ballet político, Raúl Castro logra convertir un desastroso final –sin Venezuela y sus últimos ingresos petroleros la historia de la revolución cubana llegaría a un patético final– en un último despliegue de control internacional. En su agenda figuran encuentros con el presidente de Estados Unidos, el presidente de Rusia y el papa Francisco, tres poderes incuestionables.

Y el resultado de esos encuentros es prodigioso: sin dar nada a cambio, obtiene el beneplácito de Barack Obama, Vladimir Putin y el papa Francisco para hacer y deshacer lo que le parezca conveniente con el huérfano de la partida: Venezuela. Neutralizando, de paso, cualquier acción en contrario que osaran intentar los propios venezolanos. Unos, de buena fe. Otros, los más, cómplices de esta sórdida urdimbre de control imperial. Que alguien me explique si el ballet de La Habana no es capaz de hacer bailar a un parapléjico…

@sangarccs