• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

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Venezuela: ensayo de la cobardía

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Esa fue la última vez que a Chávez se le habló como era debido: como a un milico felón traidor y cobarde. Pero para nuestra inmensa desgracia, esa noche se agotaron las testosteronas en la reserva estratégica de la política venezolana. Fue el comienzo de la pesadilla

 

Culmino la escritura de mi ensayo Anotaciones sobre Chávez, y al momento de entregar el manuscrito para su impresión un amigo me regala el recién publicado reportaje de Thays Peñalver La conspiración de los 12 golpes. Un trabajo verdaderamente prolijo, documentado y exhaustivo dedicado a deshilvanar la madeja del hilo rojo del golpismo militar en la Venezuela democrática con el fin de desentrañar causas y azares de una de las más insólitas y funambulescas farsas bélicas de la farsesca historia militar de la Venezuela republicana. Una historia vergonzante que desvela la cobardía, corruptelas, traiciones y conspiraciones de un mundo militar que al promediar fines de 1992 había llegado, posiblemente, al mismo nivel de degradación y putrefacción que el de los ejércitos batistianos en vísperas del asalto al poder por Fidel Castro. Con una diferencia abisal: el sujeto que terminaría con las glorias y ganancias del escabeche era Hugo Chávez, uno de los hombres más cobardes, farsantescos y engañosos que haya vestido el uniforme verde olivo en la Venezuela de Puntofijo. Lo cual tampoco quiere decir mucho, dado que esos atributos parecen haberse extendido en dichas fuerzas desde tiempos muy remotos. Y haber gangrenado asimismo al universo político por simple osmosis, corrompido y desmoronado en paralelo.

Me parece adecuado, en primer lugar, la calificación de “políticos armados” con la que Thays Peñalver categoriza a comacates y generales, por lo menos desde los tiempos en que las fuerzas armadas venezolanas se asoman a la lucha contra la civilidad en busca de su propio protagonismo. Vale decir; desde el propio 23 de enero de 1958, cuando por el decurso de los tiempos se ven obligados a compartir el poder con los políticos desarmados. Un “baile pegao” que perfila las luces y las sombras de un contubernio arrastrado por las pistas de ese bonche que ha sido la historia de nuestra modernidad, desde la derrota del militarismo desarrollista y el triunfo del civilismo adeco-copeyano hasta desembocar en la victoria del militarismo y la derrota del civilismo. Vale decir: el nefasto 4 de febrero de 1992. Y la entronización del régimen oclocrático castrochavista con sus intentos demo totalitarios.

De esta apasionante narración no salen bien parados ni civiles ni militares y, lo que es infinitamente más grave, tampoco sale bien parada la democracia venezolana. Muchísimo menos sus administradores. Que comparten con los “políticos armados” la cobardía, la corrupción, la orfandad ética y moral y la inmensa pobreza de ideas e ideales. Acompañar la lectura de este fascinante aporte al conocimiento de nuestra identidad –o la falta de ella– con la lectura de las Memorias proscritas de Carlos Andrés Pérez según relación hecha a los periodistas Ramón Hernández y Roberto Giusti contribuye a hacerse un cuadro de aproximativa veracidad a la naturaleza de nuestra esencia y descubrir las razones últimas de la verdadera cloaca en que se ha convertido un país que quiso ser grande y no pudo serlo. No por carencia de medios, que nuestra naturaleza ha sido agobiadoramente generosa, sino por la flojera de espíritu y la carencia de ambiciones de grandeza y tenacidad de sus naturales.

Un lector ajeno a nuestras tribulaciones podría no dejar de reír por la comedia, el disparate y los desatinos narrados en este extraordinario reportaje. Imposible la risa en quienes amamos a nuestra patria porque en ella nacimos o la hemos hecho nuestra con el sudor de nuestra frente. Cargando un handicap comparativo que dificulta sobrellevarlas: tomar nuestra pertenencia absolutamente en serio y pretender imponer en el ambiente de nuestra cotidianidad los principios éticos y morales, así como la seriedad de la conducta que nos fuera introyectada desde nuestra infancia.

He hecho de la historia, profesión de fe. Y confieso que en este medio siglo dedicado a ella no había encontrado un personaje tan funambulesco, disparatado, charlatán, mentiroso y esperpéntico, como el llanero Hugo Chávez. Capaz de haber devastado una suma cultural de, por lo menos, dos siglos de historia. Si se cuenta a partir del desbaratamiento de los otros tres siglos de cultura pisoteados y devastados por el delirio independentista. Pero no solo es Chávez: es el pueblo que se arrojó en sus brazos ciego y sordo ante los males que anunciaba a voz en cuello. Su único compromiso cumplido: aniquilar Venezuela.

Quien terminó por usufructuar la farsa y enriquecer a su parentela, tan analfabeta y desfachatada como él, con billones de dólares, enriqueciendo de paso a sus compañeros de desastres, traicionando nuestra soberanía y alimentando la vagancia de la izquierda política del continente, para culminar su faena con la inmundicia en que hoy chapoteamos, merece el siguiente comentario de Thays Peñalver: “La guerra de Hugo’ –se refiere a la ominosa jornada vivida por el teniente coronel en el Museo Militar la madrugada del 4F– es posiblemente uno de los episodios bélicos más cortos en la historia de la humanidad. Digo, claro está, porque se trataba de su propia ‘guerra’, ya que el resto de los alzados, es decir el 95% de lo que logró salir, continuaba disparando en sus puestos de combate sin siquiera concebir que el hombre – que no había disparado un tiro y se había automarginado de las acciones comprometidas– negociaba la rendición de todos”.

Si la indignación con que sus compañeros de felonía reaccionaron a su descarada traición se hubiera impuesto sobre la hegemonía comunicacional del estulto golpismo nacional que lo elevara al estrellato de manera pérfida y escandalosa, Chávez hubiera terminado en el anonimato y posiblemente Venezuela no hubiera descendido a estos fétidos infiernos. Primó la estulticia.

He aquí el relato de los segundos que tardó “el Gran Comandante Eterno” en entregarse a las autoridades tras una brevísima conversación telefónica:

General Iván Darío Jiménez: “Coronel Yánez (Museo Militar) comuníqueme con el teniente coronel Chávez.

Coronel Yánez: “Mi general, el teniente coronel Chávez dice que no tiene nada que hablar con usted”.

General Iván Darío Jiménez: “Coronel Yánez, dígale al teniente coronel Chávez que tiene cinco minutos para rendirse, si no, los aviones atacarán el museo”.

No habían pasado dos minutos cuando se oyó la voz de Hugo que devolvía la llamada.

Teniente coronel Chávez: “Mi general, deseo hablar con usted, porque eso no fue lo que hablé con mi general Ochoa”.

General Iván Darío Jiménez: “Teniente coronel Chávez, me importa un carajo lo que Ud. haya hablado con Ochoa. O usted se rinde o el museo será atacado”.

Teniente coronel Chávez: “Está bien, mi general. Me entrego”.

Esa fue la última vez que a Chávez se le habló como era debido: como a un milico felón traidor y cobarde. Pero para nuestra inmensa desgracia, esa noche se agotaron las testosteronas en la reserva estratégica de la política venezolana. Fue el comienzo de la pesadilla.