• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

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Venezuela, Pinochet y el Estado

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Para nuestra inmensa e infinita vergüenza, como bien dice el refrán: quien mal anda, mal acaba. Dios le de fuerzas a nuestra dirigencia para que sortee estos estertores del malandraje ex gobernante con lucidez y coraje. Es la hora del honor. De entenderlo así las Fuerzas Armadas, de contar con el respaldo internacional y el blindado apoyo del pueblo, como hasta ahora, Venezuela podría sortear esta grave crisis de gobernabilidad sin derramamiento de sangre. Esperemos que así sea.

 

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Vaya como observación precautelar ante quienes están al acecho de descalificaciones automáticas, aviesas y gratuitas nada más escuchar el apellido Pinochet, que me siento con suficiente autoridad moral como para emitir mi opinión ante el dictador y la dictadura chilenas: partió mi vida en dos pedazos y en el trámite fueron asesinados por los esbirros del dictador muchos de mis amigos y compañeros de partido. Un destino que solo me fue ahorrado por el azar. Si bien, también valga la aclaratoria, pretendíamos la destrucción del Estado chileno y la República que lo fundara. Y Chile vivía, valga también la aclaratoria de la circunstancia, un enfrentamiento schmittiano: o la dictadura constituyente, castrocomunista, sin retrocesos o la dictadura comisarial, transicional, restauradora. Dicho en latín: tertium non datur.

La dictadura del general Pinochet –cruenta, implacable, feroz, violatoria de los más elementales principios humanos, como toda dictadura– fue una dictadura eminentemente reactiva. Constituía una respuesta global, estratégica a un estado de cosas que había terminado por situar al Estado chileno, a todas sus instituciones, sus tradiciones republicanas y su historia, al borde del abismo. Una respuesta a un enfrentamiento irreversible. Solo el hecho de que se haya producido a tan solo mil días del comienzo del proceso de desmontaje institucional puesto en acción por las fuerzas constituyentes de una ruptura total –la Unidad Popular y la izquierda revolucionaria– y de que dicho proceso de desmontaje de la República y la forma de vida democrática fundada en ella no hubiera provocado la crisis plena y absoluta en los abismos de una guerra civil, permiten encubrir el grave enfrentamiento que estaba en curso, potencialmente tan devastador como el impuesto desde un comienzo por Fidel Castro en Cuba. De no haber procedido la asediada institucionalidad democrática a delegar en las fuerzas armadas –comisariar, lo llamaron los romanos que inventaran la Institución de la Dictadura, llamada por lo mismo dictadura comisarial– el cumplimiento de un requisito constitucional que le era obligante –cautelar la existencia y sobrevida de la República ante peligros externos o internos– en Chile se hubiera instaurado un régimen totalitario de igual o peor factura que la cubana.

Esa es la esencia del problema. Como lo viera con su insólita capacidad premonitoria el senador Rafael Díaz-Balart, cuñado de Fidel Castro, en 1955, al negarse a votar en el Capitolio habanero a favor del indulto a Fidel Castro y los restantes asaltantes al cuartel Moncada. De concedérsele la gracia, Cuba sabría por fin lo que era una verdadera tiranía, pues Castro era un nazi redomado que no podía aliarse con Hitler solo porque estaba muerto. Pero lo haría con el comunismo soviético, su pendant, que estaba vivo y coleando. Para destruir de raíz la historia de Cuba, arrasar con todas las instituciones y montar una tiranía de la que sería imposible liberarse incluso en 20 años. Ni él se atrevió a llegar al fondo de la tragedia: ya lleva 57 años, parece inmutable y maniobra con el papa y con Obama para sobrevivir a la crisis de su principal sostén material, Venezuela. Se ha convertido en una monarquía hereditaria. Y a pesar de Obama y el papa Francisco, podría llegar al centenario en brazos de alguno de sus hijos o nietos. Exactamente como Kim Il-sung en Corea del Norte.

 

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Esa naturaleza comisarial, restauradora de la dictadura militar chilena explica varios hechos asimismo esenciales, que quienes corren a compararla con la dictadura castrochavista pasan por alto o desconocen con buenas, o aviesas intenciones. Que esa dictadura, en primer lugar, llevaba los genes de su disolución en sus propias entrañas. Que ella misma crearía las condiciones de su superación. Y que, por lo mismo, llegado el momento de disolverse, lo haría sin mayores espantos, tragedias ni contratiempos. Su fin implícito era restaurar la plena vigencia de la República, recuperar el dañado tejido socioeconómico y sociocultural chilenos, cambiar de raíz las causas y motivos que la invocaran y abrir paso a la plena reconstitución de la democracia liberal preexistente –que otra no existe–. Tal como, en efecto, sucediera. Solo el hecho de que se fundara sobre una crisis que no alcanzó el estadio de guerra civil que presagiaba, explica que solo durase 17 años, y no 37 como la franquista, construida sobre 1 millón de cadáveres. Pero también la transición española se explica sobre parecidas razones: España había vuelto al Estado monárquico anterior, se enrumbaba hacia una prosperidad sin precedentes y contaba con el consenso de todas las fuerzas anteriormente enfrentadas para dar paso pleno a una democracia liberal, simbólicamente monárquica.

Por mayor que sea la hybris de esta quisicosa entre tiránica y asamblearia montada sobre unas fuerzas armadas y un respaldo popular corrompidos, la entrega de la soberanía al Estado cubano y la inclemente voracidad de la corruptocracia dominante, la chavista, heredada por Maduro en el más insólito de los proyectos devastadores llevados a cabo por la tiranía cubana, movida por su única explicación: aniquilar Venezuela y hacerla desaparecer del concierto de las naciones, lo cierto es que la narco-dictadura venezolana ha tenido entre sus más profundas e inalcanzables ambiciones establecer una tiranía constituyente, como la cubana. A ello han obedecido todos los cambios de símbolos y realidades, más nominativos que reales, pero evidentes de la llamada “revolución bolivariana”, “socialismo del siglo XXI”, “revolución bonita”, “comandante eterno” y otras zarandajas del tercermundismo vernáculo. Una conmoción tropical y malandra, un saqueo neocolonial pero endógeno, un brutal asalto de la barbarie que finalmente se salda con los balances de las guerras de última generación: tierra arrasada, 300.000 cadáveres, hambruna y crisis humanitaria.

Para etiquetarla conceptualmente se requiere agarrar sus trozos y pedazos con pinzas, limpiar sus inmundicias y tratar de alcanzar su esencia. A lo más que se llega es a las pandillas que la comandan, despedazándose entre ellas, pero confederadas por la necesidad de proteger el botín, que según los cálculos más conservadores debe alcanzar los 300.000 millones de dólares. Para comprender el alcance de tal suma y la tenebrosa realidad que encubre baste señalar que, si todos los informes financieros son ciertos, solo la hija del difunto dictador Hugo Chávez, una analfabeta protegida con inmunidad diplomática en Naciones Unidas, tendría 4 veces más dinero que el Chapo Guzmán. Con lo cual queda suficientemente en claro que el mexicano está muy lejos de ser el primer narcotraficante del mundo, como pretenden los medios internacionales.

 

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De allí la confusa y oscura situación en que ha desembocado la resolución de la crisis venezolana: ni a una salida honorable, como la de los generales chilenos cediendo el poder político de la nación a quienes fueran electos por el pueblo, sin traumas, tironeos ni escándalos estentóreos, incluso con el auxilio del propio Pinochet quien, según nos lo contara personalmente Patricio Aylwin en su casa de Santiago, se negaría a aceptar la renuncia que el recién investido presidente le solicitara, “pues de lo contrario, Sr. Presidente, ¿quién lo defenderá ante las fuerzas armadas mejor que yo?”.

Pero tampoco a una salida sangrienta, una guerra internacional o escarceos invasivos, como los de Sadam Hussein o Muhammad Gadafi. Incluidos una horca y una empaladura. O un suicidio, como en el caso de Allende y Balmaceda, la más honorable y chilena forma de una renuncia de verdad. O un escape vía aérea, como la más decente de las formas de abandonar el poder a la venezolana, como hiciera el general Marcos Pérez Jiménez el 23 de enero de 1958.

No. Venezuela tenía que culminar esta dictadura malandra, narcotraficante, de asesinatos hamponiles, saqueos descomunales, forajida y terrorista,  mediante el uso de estos manoseos obscenos de espalderos y narcotraficantes, maleantes y golpistas de ambos sexos ensuciando y envileciendo una maravillosa demostración de cultura y sensibilidad políticas. Con la que, por cierto, muchos de los desengañados por la vileza castrochavista reivindicaran su patronímico.

Para nuestra inmensa e infinita vergüenza, como bien dice el refrán: quien mal anda, mal acaba. Dios le dé fuerza, lucidez y grandeza a nuestra dirigencia para que sortee estos estertores del malandraje ex gobernante con lucidez y coraje. Es la hora del honor. De entenderlo así las Fuerzas Armadas, de contar con el respaldo internacional y el blindado apoyo del pueblo, como hasta ahora, Venezuela podría sortear esta grave crisis de gobernabilidad sin derramamiento de sangre. Esperemos que así sea.