• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

Al instante

Ramón Jota Velásquez y Simón Alberto Consalvi. Vidas paralelas

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A Gustavo Velásquez, en el centenario del nacimiento de su padre, Ramón J. Vélasquez.

 

He llegado a sentirme hondamente venezolano por la generosa amistad que me brindaron dos venezolanos de excepción, a su manera ejemplares y, por lo mismo, solitarios en ese más allá en el que ya se habían instalado mucho antes de dejar definitivamente este valle de lágrimas: Simón Alberto Consalvi y Ramón Jota Velásquez. Tuve el privilegio de contar con su cercanía en momentos verdaderamente estelares. No en la cima de sus logros, cuando alcanzaran los honores del reconocimiento nacional, sino en la decantada experiencia final, biológica: la de la vejez. A la que yo mismo comienzo a aproximarme descubriendo, casi con horror, que los viejos jamás son, se consideran o se sienten tales. Cuando los desengaños y las desilusiones finales, postreras, nos enseñan con dolorosa lucidez los crudos e insuperables límites de la verdad. El cuerpo decide seguir su propio destino. El espíritu, el suyo. Y el mundo, la finitud de lo que es, como diría un filósofo. El no va más que indica el final del juego. Fin du partie.

En estricto rigor, y a esa década de vida que los separaba, no fueron las estrellas del nebuloso y turbio firmamento político venezolano de ese siglo XX cambalache, problemático y febril. Ni podían serlo. La política es el escenario de tumultos, refriegas, traiciones, envidias, rencores, promesas, mentiras, engaños. Suma de miserias. De las que no se salva, en este mundo de los hombres, ese animal político, devorador, egoísta y ambicioso que somos, absolutamente nadie que se haya encumbrado a las máximas alturas. No es la santidad la que eleva a los hombres a las alturas. Ni el pintor más excelso –un Picasso–, ni el más grande de los poetas –un Neruda– ni el más deslumbrante prosista –un Borges–, ni el más piadoso de los pontífices –un Juan Pablo II– pueden ser descascarados de sus miserias. La santidad es un acuerdo post festum que otorgan los sobrevivientes. En vida no es que nadie sea un santo: es que nadie puede serlo. Nadie podrá negar ni superar jamás el veredicto atroz de Hobbes: la sociedad que hace hombre al hombre consiste en la lucha mortal de todos contra todos. Bellum Omnia Contra Omnes. A su manera, lo sigue siendo siglos después de esa extraordinaria y afortunada formulación. Y lo será hasta el fin de los tiempos. Como lo es la otra formulación irreprochable que esencializa el concepto de lo propiamente político: el enfrentamiento amigo-enemigo.

No dudo en considerar que fueron muchísimo más cultos, creadores y talentosos, refinados y exquisitos, justos y bondadosos que aquellos a quienes sirvieran con la magnífica lealtad del auténtico servidor público, primer atributo del que disfrutaron y cuyas soberanas exigencias cumplieron con una entrega irreprochable. Ambos fueron, a su manera, principescos. Sensatos, templados, ecuánimes, generosos. Valores que, a ser francos, cuesta reconocer en ningún primer magistrado de la República desde los tiempos de su fundación. En todos bullía, sin ninguna excepción, una descarnada y atropelladora, desconsiderada ambición de poder, una inhumana tentación de apartar todo lo que no les sirviera a los fines de obtenerlo, sacrificando lo que alimenta las ansias de vivir del común de los mortales: el amor y la amistad. Solo amaron el poder y fueron amistosos con quienes les servían sin esperar la menor recompensa. Que no estuviera lastrada por la cotidiana, permanente, tácita expresión del incondicional beneplácito. La razón es muy simple y se aviene con la condición existencial del político de altura: la amistad y el amor exigen el tributo de la entrega y el renunciamiento a los propios intereses. Un político de altura no tiene otro interés que el poder y es, a ese respecto, indoblegable.

Ambos amaron la historia. No solo ni exclusivamente como un oficio académico, profesional: el manejo, ordenamiento y administración de los datos del pasado. Sino como la suprema ciencia de todas las ciencias, pues atañe a la esencia de lo humano. Amaron la historia pues reconocieron en ella la clave de nuestro propio desciframiento. ¿Qué somos sino historia? Una disposición existencial, en Venezuela dolorosa y difícilmente soportable, pues a pesar del transcurso físico, astronómico del tiempo –condición de lo humano– formamos parte de un pueblo que aún no resuelve su tragedia existencial: carecer del sentido histórico de su propia existencia. Como lo expresara maravillosamente otro venezolano de la misma estirpe, Mario Briceño Iragorry. El pueblo venezolano es ahistórico. Camina a ciegas sin saber adónde, causa de su permanente extravío.

Me atrevo a imaginar que fue esa la secreta angustia que consumió las vidas de Ramón Jota y de Simón Alberto. Tener que presenciar el extravío nacional y estar, como en uno de los cuentos de Borges, impedidos por una invisible e impalpable campana imaginaria de intervenir sobre los sucesos para intentar reparar el mal y permitir la toma de conciencia que sería, al mismo tiempo, el remedio a nuestra aparentemente irreparable enfermedad social: la amnesia. No solo respecto del pasado, sino, como lo estamos viviendo ahora mismo, del presente. ¿Quién, de los viejos y nuevos líderes de la democracia, recuerda que los diálogos con estos dictadores son monólogos indecentes?

Ambos hicieron del periodismo la forma de intervenir en su más fina y culta expresión sobre el decurso de nuestro tiempo histórico. Ambos hicieron de la reflexión sobre nuestra mismidad y sus dolorosos accidentes motivo y sentido de sus vidas. Ambos debieron soportar el alud de nuestra sobreviviente e indomable barbarie. Ambos murieron sin haber podido visualizar otra Venezuela, la que en su decantado humanismo hubieran soñado convertir en realidad. Ramón Jota, en un insólito giro del destino, debió asumir la conducción de la República para evitarle los terribles estragos de un trágico accidente. Aceptó a disgusto ser un presidente sin presidencia, pero llevó a buen puerto con su infinita paciencia, su temple, su insuperable desprendimiento y su generosa sabiduría uno de los períodos más turbulentos de nuestra historia.

Como el nuestro, el de todos nosotros, su amor por Venezuela terminó atragantado por la ferocidad irredenta de nuestra barbarie. Que Dios los tenga en su gloria.