• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

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Tumeremo o el oscuro corazón de nuestras tinieblas

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Es la perfecta imagen de una sociedad que, de la mano del caudillismo militarista, embriagado por el castrocomunismo, nos retrotrajo al corazón de nuestras tinieblas. Allí, hace unos días, los que ejercen de autoridad asesinaron a dos docenas de mineros. El régimen aún no se entera. O no quiere enterarse. Sucede en pleno siglo XXI, bajo el amparo de las Naciones Unidas, el cómplice silencio de la región y el aparente desinterés de las primeras autoridades políticas y religiosas del planeta. Aunque usted no lo crea: así son las cosas.

 

En el prólogo a su novela La línea de sombra, Joseph Conrad se defiende ante quienes lo acusan de falsear la realidad a través del recurso a lo sobrenatural recurriendo a la naturaleza misma de lo real, tanto o más maravillosa que la más delirante de las invenciones. No hacía más que ser fiel al retrato inquisitivo de un mundo terrible, como lo desentraña entrando al corazón de las tinieblas, el Congo, propiedad privada del rey Leopoldo de Bélgica. Es la sustancia de la novela del mismo nombre, una de las relaciones más estremecedoras del horror del colonialismo del siglo XIX.

Quien haya visto Apocalypsis Now, el filme de Francis Ford Coppola, basada en la novela de Conrad, conoce la trama: el protagonista, Marlow, capitán de altura de la marina mercante, recibe el encargo de la principal firma belga explotadora de marfil para que vaya al corazón del Congo y rescate a Kurz, su mejor agente, convertido en rey y señor de esas profundidades en el corazón de la selva. Aprisionado por la vorágine de la barbarie, Kurz ha traspasado las fronteras de la moral, ha dejado de servir a la explotación colonial y se ha erigido en emperador del corazón del Congo. Una vasta región del África todavía prisionera de tiempos ancestrales, sin Dios ni ley, en donde impera el poder de la selva y los valores más primitivos de los comienzos de la historia del hombre.

Lo he recordado no sin horror, al ver unos videos que circulan por la red reportando lo que sucede en el corazón del Amazonas venezolano, una zona tan bárbara y primitiva como la descrita por Conrad, tan abandonada del orden de la civilización y tan rica, si no infinitamente más que la del corazón del imperio de Leopoldo. El periodista español autor del reportaje la describe como la región más rica del planeta. Según un diputado del PSUV entrevistado en el mismo reportaje, de esa zona, y explotándola con uñas y dientes, a la brava, con los métodos más primitivos y sin la menor intervención de las más modernas técnicas extractivas se obtienen más de 15 toneladas de oro al año.

Prolifera la zona más rica en oro del planeta de prostíbulos y mineros salvajes ante la insólita, asombrosa y espeluznante ausencia de toda autoridad del Estado venezolano, dueño absoluto de una región fastuosa y sin dueños. Sobran en cambio los que protagonizan el papel del Kurz conradiano. Mafias de hampones armados hasta los dientes, de incógnita nacionalidad, jóvenes y decididos a asesinar a quien se les ponga por delante. Y tan capaces de garantizar el orden de su conveniencia, como los bandoleros del lejanos oeste californiano a mediados del siglo XIX. Movidos por la misma ambición: la sed del oro.

En ese corazón de nuestras tinieblas, para mayor asombro, nada falta y todo marcha según las necesidades de la gente. No hay colas y todo se encuentra. “Un poco más caro que en Caracas, tal vez –sostiene una de las prostitutas entrevistadas– pero se encuentra sin mayores inconvenientes”.

Es la perfecta imagen de una sociedad que, de la mano del caudillismo militarista, embriagado por el castrocomunismo, nos retrotrajo al corazón de nuestras tinieblas. Allí, hace unos días, los que ejercen de autoridad asesinaron a dos docenas de mineros. El régimen aún no se entera. O no quiere enterarse. Sucede en pleno siglo XXI, bajo el amparo de las Naciones Unidas, el cómplice silencio de la región y el aparente desinterés de las primeras autoridades políticas y religiosas del planeta.

Aunque usted no lo crea: así son las cosas.