• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

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Antonio Sánchez García

Sueño de una noche de 15 años

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El país está cruelmente dividido en planos de desencuentros que se entrecruzan y entorpecen: dictadura y democracia, de una parte. Y de entre los demócratas, los que siguen fieles a las viejas taras genéticas que Pérez no logró vencer, y los que apuntan a ese mañana que entonces se vislumbrara sin éxito: otra Venezuela, moderna, productiva, emprendedora y culta. No sabemos el desenlace de tanto desencuentro, pero de su justa resolución depende el futuro de Venezuela.

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Créame: si se tratara tan solo de borrar de la historia esta pesadilla que ya lleva tres lustros, corresponde a tres presidencias y abarca el nacimiento de toda una generación, una tarea por demás imposible, no pondría todo mi empeño en lograr lo que ya sería una proeza. Si gracias a un mágico artificio pudiéramos regresar al momento histórico en que Venezuela se hundió en sus abismos, sacando la cabeza de las brumas maléficas en que hemos navegado a la deriva durante todo este tiempo y pudiéramos torcer el curso del destino y permitir la presidencia de Henrique Salas Römer o hasta quizás la de Irene Sáez, igual me asaltaría la congoja. El mal seguiría latente, vivito y coleando.

Pues en verdad no son tres lustros, los de la pesadilla. Ya pronto será un cuarto de siglo. Cuando asomado al balcón de casa de una amiga en La Florida veía pasar el cortejo con los restos de Rómulo Betancourt me asaltó la duda de si con su desaparición no desaparecía lo mejor que había dado la Venezuela republicana, dejando un vacío no solo imposible de llenar sino inexorablemente condenado a ser llenado con ese atado de prejuicios y antivalores que veníamos viviendo por lo menos desde la primera presidencia de Carlos Andrés Pérez, cuando una sociedad invertebrada, gelatinosa, que resbalaba en medio de una avalancha de dinero comenzaba a sufrir una auténtica ruptura existencial: vivir muy por encima de sus reales capacidades productivas, permitirse lo que ninguna sociedad productiva y responsable de sus recursos por el sudor de las frentes que los han hecho posibles, se permitiría sin cargar la mala conciencia por el inevitable despilfarro y el debido castigo que tal desafuero necesariamente le causaría. Venezuela no se merecía la riqueza que le cayó del cielo.

Nada de lo que me rodeaba por esos años –comienzos de los ochenta, principios del gobierno de Luis Herrera Campins– hacía presagiar bonanzas. Rebatiendo a un intelectual copeyano, que moriría poco después asediado por una cruel enfermedad, insistí en expresarle mi alarma por el desenfadado e irresponsable endeudamiento en que incurría el país desde el gobierno anterior, dilapidando la divina gracia de insólitos recursos en gastos suntuarios, como si se viviera un milagro eterno. Me respondió divertido: “¿Sabes cuánto ingresa en las arcas fiscales anualmente por concepto de la venta del crudo? Esa deuda es juego de niños”. Supe entonces que si una de las más lúcidas y brillantes conciencias del socialcristianismo tomaba tan poco en serio nuestra crítica circunstancia, a Venezuela le esperaba, tarde o temprano, un sacudón de espanto. Bastaba asomarse a medianoche al arbolito navideño que titilaba desde las graderías de este circo romano que era Caracas para comprobar al amanecer que ese rancherío de arbolito navideño no tenía ni un suspiro de paz en la tierra a los hombres de buena voluntad. Las rejas con las que la voluble conciencia venezolana de sus clases medias se protegía de eventuales asaltos y saqueos –ya entonces, en 1980– mostraba la esquizofrenia de la supuesta felicidad nacional: aquí no pasaría nada, pero mejor haríamos en prepararnos consciente o inconscientemente para la muy probable eventualidad de que efectivamente sucediera.

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Sucedió. Y aunque daba como para tomar las máximas previsiones y emprender un fuerte golpe de timón, ese gobierno, me refiero al de Luis Herrera, tampoco hizo absolutamente nada. Confirmando la carencia de previsión y la inconsciente seguridad de mi amigo politólogo. Una seguridad asentada más en una inveterada irresponsabilidad del sentido colectivo, del espíritu de nación, que en un certero conocimiento de la historia. La ajena y la propia. El aciago Viernes Negro no despertó las alarmas de los sectores dominantes ni convocó a un cónclave de las élites para prevenir tormentas: despertó el más feroz egoísmo empresarial, aferrado a las ubres del Banco Central, la más enconada disputa por asirse a los recursos sobrantes, la más descarada de las exigencias, como fuera obtener que el Estado se hiciera responsable de las deudas de los particulares asegurándoles dólares preferenciales para saldar acreencias que terminarían recayendo sobre los hombros de quienes no debían un solo dólar.

De allí en adelante, se desató el carnaval de la irresponsabilidad nacional. Recuerdo que en 1985 los vehículos y todos los bienes importados costaban en Caracas la mitad de lo que valían en Estados Unidos. Desde camionetas 4x4 hasta relojes de marca. La fiebre importadora no bajó de temperatura, así el barril de petróleo no diera los dividendos que había dado en tiempos de Carlos Andrés Pérez. La preocupación con que el último informe a la nación del gobierno de Rafael Caldera llamara la atención sobre los peligros que amenazaban al país de no ceñirse rigurosamente al principio de la cobija, vale decir que en economía fiscal valían los mismos principios y recomendaciones que en la economía doméstica, y nadie en su sano juicio puede esperar que gastando más de lo que se tiene no se llegue inexorablemente al descalabro.

Pero el país ya se había desgarrado cayendo en una trágica esquizofrenia: el principio del placer insistía en la creencia de que éramos ricos, tendríamos petróleo por los siglos de los siglos, merecíamos pagar por una Coca-Cola lo que por varios galones de gasolina y nadie nos iba a privar de viajar a Miami cuando nos viniera en ganas, nadie nos iba a quitar el Etiqueta Negra, nadie los encurtidos españoles y los quesos franceses ni las jubilaciones millonarias, los años sabáticos y los dos o tres carros por familia. Si con Pérez habíamos descubierto la riqueza, ¿por qué con Herrera o Lusinchi habríamos de renunciar a ella?

La nación se había enviciado. No serían desde entonces los venezolanos quienes asumieran el trabajo sucio: para eso, colombianos, ecuatorianos, haitianos, dominicanos, peruanos. La inmigración debida a Pérez Jiménez comenzaba a reproducirse generando una clase media profesional e ilustrada, de modo que los carpinteros, albañiles, pedreros, plomeros y toda suerte de artesanos disminuían, sus hijos subían en la escala social y al retiro de sus padres, alarmados por la crisis económica que comenzaba a mostrar sus sucias garras, desaparecían de la oferta del mercado laboral especializado y nos quedábamos sin mano de obra experta. Así no se notara, eran décadas, si no siglos de aportada cultura que se derrumbaban.

Ni AD ni Copei tomaron nota. Y al que la tomó, se le dio por el lomo. El retraso en responder a la crisis que ya tenía más de una década de maduración, la falta de conciencia acerca de sus nefastas tendencias y el brutal oportunismo político del golpismo de toda suerte y condición pusieron el país en el asador. Nadie, seamos francos, comprendió o quiso comprender la absoluta necesidad de acometer las reformas que Carlos Andrés Pérez pretendiera llevar a cabo.

Comenzamos a vivir la rebelión de los náufragos.

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La justificación del rechazo al paquete de reformas implementado por Pérez y su excelente equipo de gobierno –y nadie con dos dedos de frente puede negar su absoluta pertinencia, entonces y ahora– da en la clave del profundo mal que gangrenaba ya por entonces a la sociedad venezolana, reventando en este tumor purulento y agusanado que hoy espanta a tirios y troyanos: “Esas reformas neoliberales solo eran posible, como en Chile, con un gobierno pinochetista”. Una falacia que muestra cuán podridas estaban nuestras élites: quien lo dice y reitera hasta el cansancio es uno de los más destacados editores venezolanos.

La segunda falacia se reviste de sapiencia política: “El grave error de Pérez fue apartar al aparato de AD de las tareas de gobierno”. Como si no fuera evidente hasta el escarnio que AD ya entonces, muerto Rómulo Betancourt y desaparecidos los líderes de la generación del 28, era la casa de empeños del populismo más desaforado, la agencia de empleos del clientelismo más encarnizado, la sacrosanta iglesia atea del estatismo más avieso. ¿Pérez implementar una política de austeridad y sacrificios, de corrección y enderezamiento de los entuertos genéticos de nuestro estado mágico con el partido de Jaime Lusinchi y Alfaro Ucero?

Sin montarse en un tanque ni contar con el que, mal que bien fuera su partido, lo cierto es que el proyecto intentado entre 1989 y 1991 fue, dadas las circunstancias, extremadamente exitoso. Sin bien imposible de culminar con un cambio medular de las líneas estructurales de una sociedad que lo rechazó en bloque. Nadie lo compartió. Ni el empresariado ni los trabajadores. Muchísimo menos los partidos y, ya lo sabemos, tampoco los medios, los intelectuales, las academias, las universidades, la Iglesia y las Fuerzas Armadas. De Fedecámaras a la CTV y de los gremios profesionales a los centros universitarios surgió la más negra y violenta reacción contra el intento de sincerar la economía de Venezuela y arroparla hasta donde daba la cobija petrolera y el escaso sudor de sus frentes.

Pues, sincerar la economía venezolana suponía sincerar la sociedad: poner el país frente al espejo de una terrible y dolorosa realidad. La sociedad venezolana vivía la ficción de una riqueza prestada, su desarrollo era superestructural, su cultura profunda continuaba siendo rural y retrasada. Un trágico juego de espejos la había llevado a creerse parte del primer mundo, a gozar de sus bienes y servicios por mor de una circunstancia de la naturaleza, no de la historia. Pronto veríamos que bajo ese enchape dorado latía la barbarie de un país primitivo y salvaje.

Y todos los sueños terminan al amanecer. Así sea un shakesperiano sueño de una noche de verano. El nuestro derivó en pesadilla: los marginados del festín irrumpieron en palacio sin limpiarse los pies descalzos, machete en mano, comiendo a mano limpia. Destrozando el falso orden de podridos partidos e instituciones a su paso. La clásica revolución venezolana, de la que, como ya lo sabía Cecilio Acosta, solo traen males, inmoralidades, desafueros, crímenes y devastaciones.

El país está cruelmente dividido a dos niveles que se entrecruzan y entorpecen: defensores y detractores de la pesadilla, de una parte. Y de entre los detractores, los que siguen fieles a las viejas taras genéticas que Pérez no logró vencer, y los que apuntan a ese mañana que entonces se vislumbrara sin éxito: otra Venezuela, moderna, productiva, emprendedora y culta. No sabemos el desenlace de tanto desencuentro, pero de su justa resolución depende el futuro de la patria.

Dios nos de luces.


@sangarccs