• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

Al instante

Sólo tú estupidez eres eterna

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No veía a mi amigo marxista democrático desde hace catorce años. Por entonces ya sabía de su existencia, pues había sido una importante figura del Partido Comunista venezolano, el de Pompeyo Márquez y Teodoro Petkoff. Pero tuve ocasión de conocerlo personalmente en medio de los fragores de la Coordinadora Democrática por revocar a Hugo Chávez. Hombre bueno, mi amigo, decente, culto, lector infatigable, amable y excelente interlocutor.

Como si estos catorce años hubieran pasado en vano, como si no hubiera extraído la experiencia de la traición de Francisco Arias Cárdenas a su partido, Unión, el que Petkoff se sacara de la manga para darle al jefe espiritual del golpe del 4-F un puesto principal en las filas opositoras, como si no hubiera muerto Chávez en su escogido destierro – como casi todos los tiranos venezolanos – , no se hubieran derrumbado los precios del petróleo, no hubieran sido asesinados trescientos mil venezolanos, no nos hubiéramos convertido en una ultrajada y ya derrengada satrapía de los Castro, como si la boliburgesía y sus bastardos, los bolichicos, no se hubieran robado trescientos mil millones de dólares – Giordani dixit –, como si no nos estuviéramos muriendo de mengua por la aviesa, programada, sistemática y horrorosa destrucción del país provocada consciente y aviesamente por los agentes de Fidel y Raúl Castro, mi amigo parecía feliz por las exitosas jornadas de recolección de firmas y tan seguro de la revocación del agente colombocubano como lo estaba en agosto de hace 12 años de la revocación del padre de esta siniestra criatura.

Esta monstruosa catástrofe no parece haber hecho mella en su terca, serena y angelical disposición a creer a pie juntillas en los pajaritos preñados que Petkoff se saca de la manga para llamarles la atención post festum a los bobos que hacen caso de sus engañosas estrategias. Cuando afirmo que a Maduro los resultados del revocatorio le sabrán a ñoña y que no hará más que aquello que le dicten sus titiriteros desde el Palacio de la Revolución de La Habana, cuya decisión no es otra que hacer tabla rasa de lo que un día fuera Venezuela y arrasar con todo lo que se mantenga en pie, abre sus ojos asombrado por mi afirmación, me replica que estoy muy equivocado, pues este gobierno no es castrocomunista ni mucho menos marxista, y que dada la necesidad de salvar a Venezuela, a Maduro y su gente les conviene ser revocados y por esa vía salvar el país.

¡Salvar el país! Fueron sus palabras: coinciden la oposición y el gobierno en su esfuerzo por salvar el país. En dos palabras: aún cree en la existencia del país, aun cree que oposición y gobierno son igualmente venezolanos. Cree, en suma, que no estamos al borde de una catástrofe existencial y ante de echar la primera paletada de tierra, se abrirá la urna y saldrá el espíritu de Bolívar abrazado con el de Chávez, apoyados en el bastón de Andrés Bello y las muletas del general Páez para, acompañados de Guzmán Blanco, Cipriano Castro, Juan Vicente Gómez, Marcos Pérez Jiménez, Rómulo Betancourt y Rafael Caldera abrirnos los portones del futuro.

¿Difiere en algo la visión de mi viejo conocido con la de Henrique Capriles, Julio Borges, Henry Ramos Allup y todos los miembros de la MUD? ¿Creen con fe de carboneros en que Maduro y Cabello, por instrucciones de Raúl Castro, se someterán al veredicto de las mayorías y dejarán respetuosos y serenos el palacio de Miraflores para allegarse con camas y petacas a La Carlota y salir con rumbo a La Habana? ¿Tendrán ya definida la hoja de ruta de la insurrección popular en caso de tal desconocimiento? ¿O harán como con el olímpico desconocimiento de la soberanía de la Asamblea Nacional, es decir: nada? Cuando expresé mi desconfianza,  un asistente al encuentro que estoy narrando, a quien no conozco, me dijo que sin saber quién era yo ni qué pretendía, podía jurar sobre una Biblia que yo era enemigo de la Unidad. Así, con mayúsculas. El culpable de este Apocalipsis era un modesto servidor.

Pensé en Antonio Labriola, el maestro de Antonio Gramsci, quien afirmara que no hay otra eternidad que la de la estupidez y me vino a la mente la maravillosa definición de locura del más brillante homo sapiens del siglo XX, Albert Einstein: Repetir una y otra vez lo mismo que nos ha llevado al fracaso, esperando resultados diferentes.

@sangarccs