• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

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Salvador Allende

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Pretender equipararlo a cualquiera de los personajes de esta comedia bufa: sangrienta, corrupta, prostituida y carente de los más elementales principios morales, constituye una ofensa para la chilenidad que él representara. Así sus tiempos hayan llegado a su fin y algunos de sus colaboradores de hace medio siglo, además de malagradecidos, sirvan con servilismo en algunos cargos diplomáticos y ministeriales. Y se inclinen ante la pachotada castrochavista. Pero esa es harina de otro costal. Los tiempos de Allende sucumbieron con su suicidio. Para honra de su memoria.

 

“Qué soledad tan sola te inundaba…”.

 

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No conocí a Salvador Allende. Tenía trece años cumplidos cuando oí su nombre por primera vez. Vivíamos en la calle San Luis, del Barrio Independencia. 5ª comuna. Mi padre me despertó temprano, me pidió que me endomingara –como se decía entonces por vestirse de gala para honrar el domingo– y lo acompañara a la comuna de Renca, en donde estaba registrado, para votar por el Dr. Salvador Allende. Era la primera vez que el senador Allende se presentaba a una contienda presidencial, a la cabeza de una fracción minoritaria del Partido Socialista y el Partido Comunista, entonces en la clandestinidad. Tenía 44 años. Obtuvo el 5% de los votos. Triunfó el candidato que logró el respaldo mayoritario de los socialistas, entre quienes figuraba el joven Carlos Altamirano Orrego, 30 años, respaldado por una amplia coalición de centro. Un ex general de carabineros –como se llama en Chile a los policías uniformados– conocido popularmente como el Paco Ibáñez, de turbio pasado dictatorial y arrestos caudillescos, quien hizo su campaña amparado en una escoba, símbolo de la limpieza que prometía hacer de una sociedad aquejada de los clásicos males del burocratismo, el estatismo y el clientelismo latinoamericanos. De cuyos polvos, por cierto, brotaran los lodos de la tragedia.

En la segunda oportunidad en que volviera a presentarse, corría el año de 1958, estuvo a un tris de ganar la presidencia de la república. La perdió gracias a una turbia componenda de un pintoresco personaje, el cura de Catapilco, con el ganador, el seco y distante oligarca Jorge Alessandri Rodríguez. Dueño de la principal industria del papel, miembro connotado de la oligarquía conservadora chilena, hijo del ex presidente de la república Arturo Alessandri Palma. Sin los poco más de treinta mil votos que el cura de Catapilco le arrebató al Dr. Allende, Alessandri no hubiera ganado la presidencia, retrasando en otros doce años la llegada al poder del principal líder del socialismo chileno.

No viví las siguientes dos elecciones presidenciales: la de 1964, que ganó Eduardo Frei Montalva montado sobre una coalición de la centroderecha con el propósito de cerrarlo el paso, y la de 1970, que le permitió al eterno candidato presidencial lograr por fin y tras cuatro intentos sucesivos coronarse como el primer presidente marxista electo democráticamente en el mundo. Una presidencia que duró exactamente 984 de los 2190 días pautados por la Carta Magna de 1925 para un período constitucional. Al cabo de los cuales y acorralado por las Fuerzas Armadas pusiera fin a su vida de forma trágica, a los sesenta y cinco años cumplidos, cambiando para siempre el curso de la historia de Chile y, en muchos sentidos, el de América Latina y Occidente.

 

2

He escrito un ensayo sobre su obra y su vida, publicado en mi libro La Izquierda Real y la Nueva Izquierda en América Latina.[1] Lo que me obligó a revisar el aparato bibliográfico que existe sobre su figura, su tiempo y su gobierno. De mi personal experiencia vivida en esos casi mil días de gobierno popular como dirigente de la Izquierda Revolucionaria y del conocimiento recabado de parte de familiares que fueran amigos muy cercanos suyos, así como de colaboradores con los que mantuve gran proximidad, he sacado en limpio algunos elementos que me permiten esbozar algunas respuestas a las incógnitas que aún hoy signan su vida. Y al margen de las profundas diferencias que se puedan tener con sus ejecutorias y del balance de aciertos y desaciertos de su gobierno, incluso de la perspectiva que abre la incógnita acerca de lo que hubiera sucedido en Chile de no mediar la acción definitoria de las Fuerzas Armadas chilenas –en mi personal perspectiva, una catástrofe sin retorno, como la de todos los países socialistas, agravada en el caso chileno por sus particulares condiciones y circunstancias nacionales e internacionales–, cabe resaltar con conocimiento de causa y un mínimo esfuerzo de objetividad que nada, ni siquiera su larga militancia en el Partido Socialista de Chile, su amistad con Fidel Castro, su decisión de construir un régimen socialista, como lo planteara en su programa candidatural y fuera respaldado por la mayoría relativa que lo eligiera, su alineamiento con el bloque soviético y su enfrentamiento con los Estados Unidos, nada de todo ello da pábulo para identificar su gobierno con los regímenes imperantes en Cuba o en Venezuela, ni a comparar su figura con Hugo Chávez, Nicolás Maduro, Fidel o Raúl Castro. Salvador Allende fue Salvador Allende. Y el Chile de la Unidad Popular, nada más que el Chile de la Unidad Popular.

Fue el clásico tribuno de la plebe de origen semiaristocrático, un hombre materialmente desinteresado del Poder, a cuyo dominio aspiraba para lograr el sueño que lo persiguiera desde su juventud: hacer realidad en Chile un gobierno popular, capaz de resolver los ingentes problemas de la pobresía, que los había conocido desde la cercanía del ejercicio de la medicina y su pasantía por el ministerio de salubridad a muy temprana edad (30 años), resolver los impases estructurales que maniataban la economía chilena al subdesarrollo y brillar en el concierto de las naciones no alineadas, equidistante de los dos polos de Poder: Estados Unidos y la Unión Soviética. A diferencia de los comunistas chilenos, serviles a las instrucciones del Comintern y la nomenklatura soviética, el Partido Socialista fue nacionalista, latinoamericanista, indigenista y contrario a la subordinación de los poderes mundiales. Acorde con esa tradición del socialismo chileno, Allende fue un caudillo tercermundista con un sentido profundamente ético y moral del Poder. Orgulloso, en cierta medida soberbio, y dotado de un gran sentimiento de autovaloración. Honorable a la antigua, según las normas caballerescas de la España fundacional y honesto como, por cierto, gran parte de la clase política de un país riguroso y estricto en cuanto a moralidad y decencia en el manejo de la cosa pública. Robarse un centavo del erario hubiera acarreado en Chile la peor y más dolorosa de las vergüenzas. Su honestidad no tuvo, por tanto, nada de especial. Honestos fueron todos los presidentes chilenos, y lo fue, en inmensa medida, toda la clase política nacional. Sin importar partidos ni banderías, ideologías ni intereses. Nada que en el Chile de los sesenta setenta llamara particularmente la atención. Como lo fueran todos los servidores públicos, de jueces a militares y de políticos a pedagogos. “Pobre, pero digno”, ha sido la consigna con la que se nos educara a los chilenos desde la cuna, sin importar clase ni condición.

 

3

Sé cuán doloroso resulta señalarlo en un país en que esos valores desaparecieron del horizonte, si es que algún día existieron. Chile fue pobre de solemnidad, incluso cuando la fortuna le sonrió y pudo ser fuerte y poderoso en el concierto regional. Y esa pobreza, lejos de escandalizar, dio origen a un fuerte componente moral en la cultura de todas las clases y sectores sociales, que se hicieron a su superación con denuedo y sacrificios. La literatura chilena está llena de casos que lo documentan. La dignidad, la honradez, el prestigio y el sentido de responsabilidad fueron valorados más que otras posesiones. Y, desde luego, la honorabilidad requerida para cumplir un alto cargo como el de la Presidencia de la República. De modo que el suicidio con el que respondió a la humillación a la que se vio enfrentado por lo que consideró una felonía inaceptable de sus subalternos –una ofensa al Estado de Derecho y a la tradición republicana chilena– no fue ninguna sorpresa para los chilenos. Un hombre de honor no se somete a la humillación de ver desconocidos sus atributos magisteriales. Fue el caso de José Manuel Balmaceda, que al ser derrocado por la marina y las fuerzas peluconas al cabo de la guerra civil se refugió en la legación argentina el 29 de agosto de 1891 y esperó impaciente a que se cumpliera hasta el último día de su mandato, el 18 de septiembre de 1891, para dispararse a la mañana siguiente un tiro en la sien recubierto con la bandera nacional. Fue la amenaza de suicidio que el mismo Allende, ministro de salubridad, le escuchara expresar al presidente Pedro Aguirre Cerda ante rumores de sables: “que vean como actúa y aprendan a respetar a un presidente e la República”.  Fue lo que les dijo a sus edecanes al momento de despedirlos de La Moneda: “Y díganles a esos cobardes que no vienen a buscarme personalmente que la última salva me la dispararé aquí” –les dijo en alta voz poniendo el cañón de su fusil ametralladora debajo de su barbilla.

Fue lo que hizo antes de consumarse el asalto a La Moneda por las fuerzas del ejército de Chile.

De encontrar venezolanos del talante de Salvador Allende habría que remontarse a los tiempos de la lucha contra la dictadura de Gómez, a los de José Rafael Pocaterra, a la generación del 28, de alguno de cuyos miembros fuera un amigo cercano: a Rómulo Betancourt, quien fuera su vecino y con quien cruzara guantes en 1938, durante el exilio del fundador de AD en Chile, a Miguel Otero Silva, a Luis Beltrán Prieto Figueroa. A venezolanos de la estirpe de Mariano Picón Salas, de Mario Briceño Iragorry, incluso de Rafael Caldera, con quien, obviamente y a pesar de su cercana amistad con Eduardo Frei padre, no hubiera congeniado. Era un masón, un ateo, un marxista, pero profundamente respetuoso de las religiones, amigo cercano del Cardenal Silva Henríquez, quien hizo cuanto estuvo en sus manos por evitar la que ya era una inexorable e irreversible tragedia. Imbuido Allende del idealismo del socialismo decimonónico, pero hombre de honor como los que dejaron de existir hace ya mucho tiempo. De rigurosa formación académica y principios morales inalterables.

Pretender equipararlo a cualquiera de los personajes de esta tragicomedia bufa: sangrienta, corrupta, prostituida y carente de los más elementales principios morales, constituye una ofensa para la chilenidad que él representara. Así sus tiempos hayan llegado a su fin y algunos de sus colaboradores de hace medio siglo, además de malagradecidos, sirvan con servilismo en algunos cargos diplomáticos y ministeriales. Pero esa es harina de otro costal. Los tiempos de Allende sucumbieron con su suicidio. Para honra de su memoria.



[1] Salvador Allende, El tribuno revolucionario. La Izquierda Real y la Nueva Izquierda en América Latina, Fuera de Serie, Los Libros de El Nacional, Caracas, 2008.