• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

Al instante

Salvador Allende y Eduardo Frei ante la historia

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Leo Allende, la biografía, del alicantino Mario Amorós, un acucioso relato de los hechos que acompañaron la vida de una de las figuras más importantes de la historia del siglo XX y que, exhaustivamente documentada, da cuenta del nacimiento, vida y muerte del político chileno más prominente del pasado siglo. Tras del cual, como una sombra perenne, se yergue la segunda gran figura política chilena del mismo siglo, Eduardo Frei Montalva. No es un balance de esa historia personal, la del tribuno socialista, en función de la tensión entre propósitos y logros. Tampoco un análisis sociopolítico de las razones de su fracaso. Es la narración de una historia admirable aunque prisionera de sus contradicciones, la de un hombre que se entregó a una causa que creyó noble, así estuviera históricamente equivocada, y murió por ella. 

No hay, desde luego, pretensión de otra objetividad que ver confirmadas las razones de la profunda admiración que el autor profesa por Salvador Allende y la causa del socialismo. Y desde luego por el proceso político que lo llevara al poder. Así como ver reafirmadas todas las presunciones de las causales del golpe de Estado que desembocaran en su suicidio y la dictadura de las fuerzas armadas y la institucionalidad chilenas, bajo el mando de Augusto Pinochet.

Desde ese punto de vista, la confesa admiración que sintiera por la figura del mártir del socialismo chileno desde su temprana juventud lo conduce inevitablemente a ver los sucesos desde su más inmediata perspectiva. Con lo cual, es natural que dichos sucesos le parezcan resultado de la confrontación de buenos y malos y que, fiel a la vieja tradición del melodrama, la historia de la confrontación final, condensada en sus máximos protagonistas, sea la tragedia del mártir y el tirano: Allende versus Pinochet. Eduardo Frei apenas aparece en el trasluz del desenlace, arrollado igualmente por los acontecimientos.

Su lectura me obliga a situarme en el ambiguo terreno de lo que, fiel a la tradición historicista chilena en que me formara, se considera objetivo. Dada la poderosa determinación que en las acciones de los protagonistas históricos tienen los presupuestos, propósitos e intenciones –falsos o reales, necesarios o supuestos– que se atribuyen unos a otros, la objetividad termina siendo el producto de la intersubjetividad de los protagonistas enfrentados. De hecho, ciegos ante el futuro, que apenas se asoma. Y que muy pocos privilegiados tuvieran el poder, o la desventura, de anticipar. ¿Hacia dónde se enrumbaba la República antes del golpe de Estado? ¿Qué hubiera sido de ella de no intervenir en contrario la conspiración cívico-militar que torciera su destino con todo el peso de la institucionalidad chilena?

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Así, los verdaderos prolegómenos de la tragedia –el inexorable futuro que esperaba a la vuelta de los sucesos–, en un voluminoso relato de los hechos que abarca casi setecientas páginas no ocupan más de diez páginas. Pues la clave de la situación se resume y se resumía entonces en una sola cuestión: ¿debe el Estado de Derecho legitimar su exterminio? ¿Era y sigue siendo posible que quienes rechazan la institucionalidad democrática están dispuestos a abolir la vigencia del sistema fundado en ese Estado de Derecho y pretendan instaurar un régimen diametralmente alternativo al tradicional e históricamente vigente –por ejemplo: una dictadura socialista– puedan proceder sin encontrar la cerrada oposición de quienes se yerguen como sus enconados defensores? ¿Deben quienes regentan un sistema productivo y cargan sobre sus hombros con la reproducción material de su sociedad, fundados en el derecho a la propiedad privada, aceptar de buen grado la expropiación de sus propiedades y empresas, sin oponer resistencia? ¿Puede su clase política entregarse mansamente al dicterio de los nuevos poderosos? 

Llevado a una polémica concreción, vale al respecto la siguiente pregunta: ¿debe un régimen democrático prestarse a su inmolación en aras de consideraciones políticas circunstanciales? ¿Debe y puede destruirse la democracia “democráticamente”? En el acto de su despedida luego de 25 días de presencia activa y protagónica en Chile, durante los cuales opinara sobre lo humano y lo divino pretendiendo influir sobre el curso de los sucesos, el 2 de diciembre de 1971, Fidel Castro puso el dedo en la llaga cuando anticipó el cruento enfrentamiento que necesariamente se avecinaba al expresar, desde su perspectiva de líder marxista defensor de la lucha de clases y detentor de una dictadura socialista, lo que preveía: “La cuestión que obviamente se plantea –visto por un visitante– este proceso es si acaso se cumplirá o no la ley histórica de la resistencia y de la violencia de los explotadores. Porque hemos dicho que no existe en la historia ningún caso en que los reaccionarios, los explotadores, los privilegiados de un sistema social se resignen al cambio, se resignen pacíficamente a los cambios”. No mencionó el hecho de que él había resuelto el problema mediante el uso masivo del destierro, la cárcel y el paredón de los demócratas. Quien se negara a resignarse al “cambio”, vale decir: a perder el régimen de vida en que naciera y se criara, fue directamente fusilado. Allende respondió de manera indirecta, consciente de que la vía violenta ni le era posible ni le estaba permitida, comprometiéndose veladamente a morir al frente de su intento. Cumplió su palabra. 

La respuesta positiva a todas esas existenciales interrogantes constituía la esencia de la llamada “vía chilena al socialismo”, que no ocultaba su naturaleza marxista, pero limaba las asperezas del carácter violento con que se acababa de imponer en Cuba sosteniendo la posibilidad real de escoger sin un solo signo de violencia el tránsito hacia un régimen comunista, como el soviético. Por vía electoral, pacífica y constitucional. Resolviendo en favor de la prosperidad, la justicia y el progreso de la sociedad chilena, lo que resultó estar muy lejos de ser el caso. Es claro: ni la Unión Soviética y sus satélites agonizaban como producto de sus irresolubles contradicciones internas ni Cuba se hundía en el marasmo de su congénita incapacidad productiva. Y lo que era aún más definitorio: el mundo no tenía conciencia de los devastadores efectos sociales del totalitarismo soviético ni de la tragedia que se incubaba en las entrañas del castrocomunismo. La verdad del socialismo marxista aún no rompía los velos de la ideología dominante. Los hombres todavía creían en las utopías. Y la utopía de la vía chilena comenzaba a desgarrarse a jirones. Pronto sumiría al país en la más grave crisis de su historia.

 

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La voluminosa biografía de Amorós, él mismo aún al día de hoy absolutamente inconsciente de la contradicción señalada, no le dedica más de dos páginas a quienes, perfectamente conscientes de la inevitabilidad de la tragedia, pudieron desgarrar el velo de las ideologías y tuvieron perfectamente en claro que la elección de Salvador Allende y el curso que le imprimiría a su gobierno conducirían inexorablemente a la más grave crisis existencial de la historia chilena. Pues sabían que tarde o temprano tendrían que decidir si aceptaban de buen grado la desaparición de la democracia chilena y la devastación de sus bases materiales, o apostaban sus vidas por impedirlo. En el centro de ese drama se encontró el líder de la Democracia Cristiana y presidente saliente, Eduardo Frei Montalva. No así el candidato derrotado de dicho partido, Radomiro Tomic, que ni siquiera presintió la aterradora tragedia que estaba frente a sus narices. Un conflicto histórico que desgarró la supervivencia de dicho partido y de la tradicional institucionalidad democrática chilena.

Ubicado en el centro de esa previsible tragedia, Eduardo Frei, el único de los tres últimos presidentes que sí accedió a la presidencia con mayoría absoluta, había anticipado la gravedad del problema planteado por el fraccionamiento en tres bloques de las fuerzas sociopolíticas chilenas, proponiendo en el Senado chileno, en 1970 y antes de las elecciones, una reforma constitucional que obligara a una segunda vuelta. Solo el llamado “repechaje” aplicado al ámbito político electoral podía imponer un gobierno de real mayoría ciudadana. Encontró la cerrada oposición de la derecha y de la izquierda. Unos y otros, convencidos de que ganarían las elecciones por un escaso margen, pero serían beneficiados por una tradición de vieja data ya reconocida y aceptada por todos los sectores: el Congreso Pleno le entregaría la presidencia a la primera minoría.

Visto en retrospectiva, las dos grandes víctimas políticas de esa inevitable tragedia serían, precisamente, Salvador Allende y Eduardo Frei Montalva. El primero, inmolado ante las evidencias del fracaso de su empresa con su suicidio. El segundo, asesinado por la tiranía al asumir sus responsabilidades como jefe máximo de la oposición a la dictadura de Augusto Pinochet, que en un principio se viera compelido a legitimar obligado por su conciencia histórica. De esa que fuera una profunda y larga amistad, sobreviven tres anécdotas, contadas por Amorós, que retratan la hondura de la tragedia anticipada en esos días previos a la transmisión de mando, que costara la vida del comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, general René Schneider. “El 7 de septiembre Frei visitó a Allende y le expresó: ‘Tu victoria, Salvador, representa para mi un gran fracaso”. Se refería a la acusación de la derecha que lo comparaba con Kerensky, el demócrata ruso que gracias a la revolución de febrero sirviera la plataforma para el asalto al poder de Lenin en octubre del 17. Las otras son todavía más dramáticas: “En 1972, una periodista estadounidense relató dos encuentros entre Frei y Allende en aquellos mismos días. En una ocasión, mientras cumplía con el formalismo de mostrarle La Moneda, Frei se echó las manos a la cabeza de repente y exclamó completamente obsesionado: ‘¿Qué he hecho yo en mi vida para ser quien te entregue el poder?’. En la otra, le espetó en presencia de otras personas: ‘¿Por qué fui elegido yo para entregar este país al comunismo?’. En vano, Allende intentó hacerle ver que Chile no iba a ser un país ‘comunista’, pero su interlocutor no tenía dudas: ‘Siempre ha sido así, en todas partes del mundo donde han ganado los marxistas, y así será siempre”.

Tenía razón, como bien lo sabemos los venezolanos: así ha sido y así será siempre.