• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

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Antonio Sánchez García

Releyendo a Churchill

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Os dieron a elegir entre el deshonor o la guerra, elegisteis el deshonor y tendréis la guerra”.

Winston Churchill

 

Busco afanosamente a un político más destacado, determinante en horas cruciales y a quien el siglo XX y nuestra posteridad –por lo menos hasta ahora– más le deba y no encuentro a otro que a Winston Churchill. En el momento definitorio de la historia contemporánea, cuando la humanidad se encontraba al borde del precipicio y todo parecía indicar que los esfuerzos emancipadores perseguidos y construidos afanosamente durante más de dos milenios hasta dar con la democracia liberal naufragarían ante el empuje del totalitarismo del nazismo hitleriano y del comunismo estaliniano, supo asumir el mando de la guerra desde una isla relativamente pequeña al frente de una inmensa y poderosa coalición de naciones, sin titubear un segundo. Y sin faltar a la verdad, engañar o seducir con promesas vanas a un pueblo que solo aspiraba a la paz y al que logró convencer de realizar el más heroico y sacrificado esfuerzo de su existencia como nación sin ofrecerle, franca y crudamente, en su primera alocución como primer ministro de Inglaterra, más que sangre, sudor y lágrimas.

Dudo que la historia de la humanidad haya atravesado por una circunstancia más dramática, que el envite asumido haya tenido mayor trascendencia y que el desafío haya estado más en desfavor de quien asumía la más grande responsabilidad que haya asumido inglés alguno en toda su historia. Sin la determinación, la tenacidad, la lucidez y el coraje de Churchill, el mundo sería hoy nazi o bolchevique. O un extraño híbrido de ambos totalitarismos dominando sobre un archipiélago esclavizado con algunos solitarios islotes de democracia. De haberse impuesto la política de apaciguamiento de Chamberlain, Occidente y la democracia liberal hubieran sufrido un golpe mortal, Hitler hubiera encontrado un modus vivendi con la Gran Bretaña, una nación a la que admiraba, Estados Unidos hubiera perseverado en el aislacionismo en que se refugiaran luego de su participación en la Primera Guerra Mundial, la Unión Soviética se hubiera retraído hasta donde se lo permitiera el Eje, si es que no hubiera desaparecido y el llamado Tercer Mundo hubiera sido pasto del expansionismo hitleriano. Obviamente: Israel no existiría. Y posiblemente del pueblo judío no quedaría ni la memoria.

La lectura de cualquiera de los escritos de su inmensa obra, que le mereciera el Nobel de Literatura en 1953, a ocho años de haber sellado con éxito el más entrañable y trascendental de sus históricos afanes: vencer al nazismo, deja un cúmulo de enseñanzas que debieran ser la fuente en que nuestros políticos abrevaran de vez en cuando para medirse en su cultura, en sus anhelos, en sus propósitos. En su verdadera estatura. En tiempos en que el afán de poder se mide por la riqueza que pueda entrañar su posesión, la disposición a enriquecer a quienes se rebajen a servir de palafreneros a la delirante ambición del caudillo, cuando política y corrupción se acercan a la sinonimia, el avasallamiento de los vasallos –valga la redundancia– es exigido a gritos por los propios avasallados, cuando las palabras moral, sacrificios, entrega desaparecen del léxico discursivo de los sedicentes liderazgos, la sangre es derramada en sacrificios del hamponato amparado por los poderosos, el sudor ha desaparecido de las frentes de aquellos que viven de la limosnas de sus caudillos y las lágrimas se vierten en la soledad de los humillados y perseguidos, volver a Churchill significa volver a comprender la esencia y grandeza de la política como amor al prójimo, a la compasión por la humanidad sufriente, a los principios de justicia, libertad y solidaridad que nos han hecho hombres.

He aquí algunas citas notables que abren la perspectiva a la incomparable grandeza y sabiduría de Winston Churchill:

“El éxito es aprender a ir de fracaso en fracaso sin desesperarse”.

“El éxito no es definitivo, el fracaso no es fatídico. Lo que cuenta es el valor para continuar”.

“Soy optimista. No parece muy útil ser otra cosa”.

“Las críticas no serán agradables, pero son necesarias”.

“Un optimista ve una oportunidad en toda calamidad, un pesimista ve una calamidad en toda oportunidad”.

“Valor es lo que se necesita para levantarse y hablar; pero también es lo que se requiere para sentarse y escuchar”.

“Cuanto más atrás puedas mirar, más adelante verás”.

“El político debe ser capaz de predecir lo que va a pasar mañana, el mes próximo y el año que viene; y de explicar después por qué fue que no ocurrió lo que el predijo”.

“El problema de nuestra época consiste en que sus hombres no quieren ser útiles sino importantes”.

“La política es casi tan emocionante como la guerra y no menos peligrosa. En la guerra nos pueden matar una vez; en política, muchas veces”.

“Tras un recuento electoral, solo importa quién es el ganador. Todos los demás son perdedores”.

“El socialismo es la filosofía del fracaso, el credo a la ignorancia y la prédica a la envidia; su virtud inherente es la distribución igualitaria de la miseria”.

“Cualquier hombre y cualquier Estado que combata contra el nazismo tendrá nuestro apoyo. Lo mismo, todo hombre y todo Estado que actúe con él será nuestro enemigo”.

“La salud es un estado transitorio entre dos épocas de enfermedad y que, además, no presagia nada bueno”.

“La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás”.

“La alternancia fecunda el suelo de la democracia”.

“El vicio inherente al capitalismo es el desigual reparto de bienes. La virtud inherente al socialismo es el equitativo reparto de miseria”.

“A menudo me he tenido que comer mis palabras y he descubierto que eran una dieta equilibrada”.

“La política es más peligrosa que la guerra, porque en la guerra solo se muere una vez”.

“Con el espíritu sucede lo mismo que con el estómago: solo puede confiársele aquello que pueda digerir”.

“La democracia es el peor sistema de gobierno diseñado por el hombre. Con excepción de todos los demás”.

“El diplomático es una persona que primero piensa dos veces y finalmente no dice nada”.

“La dictadura, devoción fetichista por un hombre, es una cosa efímera, un estado de la sociedad en el que no puede expresarse los propios pensamientos, en el que los hijos denuncian a sus padres a la policía; un estado semejante no puede durar mucho tiempo”.

“Me gustaría vivir eternamente, por lo menos para ver cómo en cien años las personas cometen los mismos errores que yo”.

“Perón es el único soldado que ha quemado su bandera y el único católico que ha quemado sus iglesias”.

“Esto no es el final, ni siquiera es el principio del final, pero sí quizá, el final del principio”.

Debo confesar, para concluir, que la cita de Churchill que más me conmueve por su eterna vigencia y más se aplica a nuestros dirigentes de la MUD, se la dirigió en su momento a su predecesor, Chamberlain, luego de que regresara con las manos vacías de sus conversaciones con Churchill y Mussolini en Múnich. Dice escuetamente:

“Os dieron a elegir entre el deshonor o la guerra, elegisteis el deshonor y tendréis la guerra”.