• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

Al instante

Realismo y consenso o el anclaje en el pasado

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@sangarccs 

 

La valerosa acción de dos incansables luchadoras por la libertad –Lilian Tintori y Mitzy Caprile – esposas de dos de nuestros más preclaros políticos, logró lo que hace unos meses parecía imposible: superar el aislamiento internacional en que se encontraban los demócratas venezolanos, superar los maniqueísmos de izquierdas y derechas y elevar a la palestra a veinticinco expresidentes de Iberoamérica, expresiones de todos nuestros matices. El futuro dependerá de la capacidad de nuestra región para encontrarse con las mejores raíces que ellos representan: en paz, en armonía, con realismo y consenso. Dios nos auxilie en la tarea.

 

¿A quién culpar? La reciente Cumbre de Panamá encuentra dos coincidencias: América Latina retrocede a un pronóstico reservado respecto de su crecimiento económico, en gran medida debido a la persistencia de una severa baja de los precios de las materias primas, principalmente del petróleo, mientras todos los gobiernos de la región, salvo excepciones que justifican la regla, comulgan bajo el mismo credo: el del socialismo marxista. ¿Son meras coincidencias o fenómenos recíprocamente concomitantes?

El caso de Chile, que se ausentó de la Cumbre acuciado por problemas de política interna, podría ser paradigmático: sus electores y su clase política han decidido echar por la borda todas las claves del éxito que los acompañara durante los veinte años de gobiernos concertacionistas y que podrían reducirse a una sola: aplicar con sentido común y sabiduría las eternas verdades del liberalismo. La máxima libertad económica y el mayor emprendimiento posible bajo el menor injerencismo estatal necesario. Dos principios heredados de los años de dictadura, que fueran respetados por la democracia.

Pero ha habido otras claves propiamente políticas, yo diría incluso de cultura política, cuya práctica condujo a la bonanza: ampliar el ámbito de las concordancias, reducir al máximo el maniqueísmo de las diferencias, buscando los consensos entre todos los sectores civiles, respetando el marco institucional del Estado de Derecho y cautelando con avaricia los logros alcanzados por sobre aspiraciones mesiánicas que apartaran a los protagonistas sociales y políticos de exigencias desmesuradas. Lo expresaría en dos palabras: realismo y consenso. Dentro de un marco civilizatorio de vieja data: la pertenencia a una misma nación, la chilenidad.

Y debo al respecto rescatar la enseñanza de un gran pensador alemán que fuera uno de mis maestros, Jürgen Habermas, quien en un país en donde la palabra patria –Vaterland– quedó ensangrentada para siempre por la catástrofe del nazismo y el Holocausto, volvió a recuperarla como un valor inalienable de la cultura contemporánea. El mismo Habermas que recuperase, asimismo, como un valor insustituible, el de las religiones, como últimas fronteras en un mundo tecnologizado. La patria como marco insustituible de referencia identitaria y la religión como eje de nuestra valoración ética.

Ha bastado la tentación mesiánica inmediatista y el resurgimiento de los maniqueísmos, en gran medida desatados por el socialismo marxista engolosinado con el monopolio del poder que arrastrara tras suyo la tradicional mesura del centro político chileno ahora acicateado por el oportunismo de participar del poder, con minúsculas, para que el frágil equilibrio inherente a las democracias amenazara con saltar por los aires. Al realismo sucede la miopía extremista y al consenso la animosidad de la venganza.

De allí el insólito fenómeno vivido en esta cumbre, en que la nación que viene a recordarnos la necesidad del realismo y el consenso como únicas vías al desarrollo de nuestras sociedades sea Estados Unidos, canonizado como el enemigo de nuestros pueblos, mientras encuentra del otro lado de la mesa, como interlocutor natural y portavoz de un continente en decadencia, al jefe de una tiranía terminal.

La valerosa acción de dos incansables luchadoras por la libertad –Lilian Tintori y Mitzy Capriles– esposas de dos de nuestros más preclaros políticos, logró lo que hace unos meses parecía imposible: superar el aislamiento internacional en que se encontraban los demócratas venezolanos, superar los maniqueísmos de izquierdas y derechas y elevar a la palestra a veinticinco expresidentes de Iberoamérica, expresiones de todos nuestros matices. El futuro dependerá de la capacidad de nuestra región por encontrarse con las mejores raíces que ellos representan: en paz, en armonía, con realismo y consenso. Dios nos auxilie en la tarea.