• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

Al instante

Prisioneros de Zenda

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A Lilian Tintori

 

Ninguna alusión a la bella novela de sir Anthony Hoppe Hawkins, que narra las aventuras del joven Rudolf Rassendyll, primo lejano y extraordinariamente parecido al futuro rey de la imaginaria Ruritaria, a cuya coronación se aparece en los momentos en que una conspiración palaciega encarcela al rey, viéndose nuestro buen primo mezclado en una serie de enredos que, obviamente, terminarán con el castigo a los traidores, la reivindicación de los justos y la entronización de su primo, el rey. Perdiendo a la bella princesa Flavia, de la que se enamora.

¿A quién o a quiénes les pertenece el derecho a aprisionamiento, precondena y castigos de Daniel Ceballos, Leopoldo López, Antonio Ledezma y las centenas de jóvenes que han debido conocer las mazmorras del régimen?  ¿Quién, desde dónde, en qué lugar secreto, tras qué cortinajes rojo cardenalicios absolutamente ajenos al libertario sol independentista venezolano, en qué teléfonos palaciegos se escondía la sombra detrás del trono que ordenó secar en la cárcel a quienes pudieran fungir de chivos expiatorios de la maravillosa expresión libertaria que sacara a patadas del poder al infame traidor de las espadas aquel maravilloso 11 de abril de 2002? ¿Quién ha secado en sus mazmorras a aquellos que desde el primer día de su asalto al Poder pudieran haberle amenazado el tiránico totalitarismo de su mando? ¿Quién aplastó, humilló, difamó, bañó en excrementos y fusiló a quienes mostraron un rayito de libertad cuando las tinieblas de la peor, la más horrenda y cruenta tiranía amanecía entre los bruñidos cielos del sol caribeño?

La pregunta suena tan extravagante como la historia de nuestro buen prisionero de Zenda y su amada Flavia. Pues en cualquier democracia del mundo, incluso en más de una dictadura, los presos suelen ser, en primer lugar, delincuentes comunes, haber cometido un crimen, haber sido detenidos tras una orden de aprehensión dictada por una autoridad competente y haber sido enjuiciados, siendo condenados a perder la libertad – el don más preciado del hombre, como nos lo vienen afirmando todas las culturas, en todas sus formas, como la de esa maravillosa novela de caballerías llamada don Quijote de la Mancha, por razones sagrada y religiosamente inscritas en los códigos penales:

“La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres

dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierran la

tierra y el mar: por la libertad, así como por la honra, se puede y debe

aventurar la vida”.

En unas maravillosas soleares que el gran poeta español Rafael Alberti le  dedicara a Soledad, mi esposa, – “Quiero cantar Soledad, cantarte por soleares, coplas a la libertad” – puso un maravilloso epígrafe de Baudelaire, el grande entre los grandes poetas franceses del siglo XIX, que dice : “Homme livre, toujours tu cherira la mer” – hombre libre, siempre amarás el mar.

Y allí yacen nuestros prisioneros, nuestros únicos mandatarios y representantes, los hijos de la libertad de esta República hecha con sangre, caballerías quijotescas y empujes de grandeza, la misma que fuera capaz de liberar a todo un continente, salvo a la isla prostibularia que crecía de la mano de sus cientos de miles de esclavos, ebria de marquesados y regalismo mientras los nuestros eran liberados y puestos al mando de la nave de la libertad.

De la misma manera que el hombre de la máscara de hierro no era encarcelado para siempre –su rostro enjaulado tras una armadura de infamias– por el alguacil que custodiaba su mazmorra sino por el propio rey de Francia, su hermano, de esa manera tampoco nuestros prisioneros de Zenda, barbados por la soledad, brumosos por el silencio, la noche eterna que les tapia los ojos, han sido encarcelados por el alguacil que funge de tirano. Cosa que en un lapsus de inteligencia incomprensible en altos magistrados se pasa sistemática y públicamente por alto. El rey fisgón, el cruento barrabás de nuestra historia, el saqueador de nuestras riquezas y el administrador de nuestras incurias está lejos, del otro lado del cable submarino. Odia a muerte a la Patria de nuestros mayores, porque en ella encontró la dignidad y la fiereza que lo bajó de sus megalomaníacas alturas. Y ahora se sirve de la escoria nacional para terminar de hundirnos en el fango.

Pero tal como en un arrebato premonitorio escribiese Jorge Edwards en sus bellas memorias de su vida con Pablo Neruda, quienes también odiaban a muerte a esas sombras engañosas: “Cuando se controla en un puño la totalidad del poder, la suerte siempre acompaña a su detentador. Hasta que la corriente de la Historia, de pronto, bajo nuestras narices, se pone a discurrir por otros cauces. Parece que esto último nunca va a suceder, y al final sucede. Al final debemos decir ‘sucede’, como en el poema intitulado, con perfecta propiedad, ‘No hay olvido’. Sólo es cuestión de tiempo.”

 Así es: sólo es cuestión de tiempo.

 @sangarccs