• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

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Antonio Sánchez García

¿Primarias, secundarias o terciarias?

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Esas son las razones por las cuales considero que las primarias, con todos sus riesgos, posibles errores y desbarajustes, son el único método legítimo para que cada región, ciudad, circuito elija a quien le parezca. Prefiero el error del pueblo que la aviesa voluntad del secretario general. A quien nadie escogió y que ya me obligó a pagar una Asamblea mediocre, que fue incapaz de alzarse contra la dictadura. ¿O usted cree que yo me siento representado por esa camarilla que corrió a dialogar con los asesinos mientras nuestros hijos se desangraban en las calles de Venezuela?

 

Entendámonos: lo urgente es el desalojo. Ponerle un fin de una buena vez, definitivamente y para siempre a esta pesadilla con la que es material, práctica, ontológicamente imposible convivir. Lo afirmó en su momento la pensadora judía Hannah Arendt al señalar que el totalitarismo es totalitario, precisamente, porque excluye cualquier convivencia con todo lo que le sea distinto, diferente, contradictorio. Y el régimen que enfrentamos, disfrácese cuanto quiera de democracia castrista –un oxímoron–, es una dictadura real que aspira en su esencia a totalizarse. Y que si no lo ha logrado del todo no se ha debido a su falta de ganas ni a sus ímpetus y empujes: ha sido porque, tras dieciséis años de fraudes, imposiciones, arbitrariedades y persecuciones, aún sobreviven generaciones enteras dispuestas a dar sus vidas antes que arrodillarse frente a los bufones que detentan el poder. Por cierto: por orden e imposición de la tiranía cubana, verdadera detentora del poder en la Venezuela castromadurista. Y el ominoso e inmoral respaldo de las democracias izquierdistas de la región.

El grave problema reside en la profunda diferencia que separa a los dos grandes sectores de la oposición democrática: el que percibe esa clara distinción –enfrentar una dictadura con pujos totalitarios y saber que el imperativo histórico reside en su desalojo– y el que se niega a percibirla como tal y quisiera, posiblemente de la mejor buena fe y con el sano propósito de ahorrarse daños y perjuicios, que se fuera desgastando, hundida en las contradicciones que se le suponen, hasta hacer mutis motu proprio.

Es una falacia de marca mayor pretender que quienes planteamos el desalojo como única forma de ponerle fin a esta pesadilla, pues consideramos con suficiente fundamento sociológico e histórico que una dictadura de este jaez no cede voluntariamente y de buen grado el poder que controla de manera dictatorial sino solo y únicamente empujada por la marea del rechazo popular –activo y actuante como un fulgor de masas–, rechazamos los procesos electorales y predicamos la abstención. Lo que no es ninguna falacia es reconocer que no hipostasiamos las elecciones y las tomamos en consideración como el único, exclusivo y excluyente medio e instrumento de acción política. Una cosa es rechazar el electoralismo, y otra muy distinta rechazar las elecciones.

Y he allí el meollo de la aparentemente insalvable diferencia entre ellos y nosotros. Ellos se conforman con votar. Nosotros no nos conformamos con votar. Ellos detienen su accionar en el acto electoral mismo. Nosotros lo vinculamos a un proceso ininterrumpido de acumulación de fuerzas que va mucho más allá de los resultados inmediatos, falsos o verdaderos de dichas elecciones controladas por la dictadura, planteándonos el desalojo definitivo de esta dictadura. Ellos, como el hecho político por antonomasia. Nosotros, como un momento del acto político por excelencia: el despertar de las mayorías y su emancipación por la vía de la asunción directa, por propia mano de los cambios que la historia nos reclama. Ellos llegan hasta los colegios de votación. Nosotros no nos detendremos hasta desalojar del poder a la camarilla cívico-militar que lo usurpa y ha puesto a la patria al servicio de los invasores cubanos.

Esa diferencia esencial, sustantiva, existencial y ontológica predetermina las actitudes con que ellos y nosotros enfrentamos este proceso y asumimos sus primeras etapas. Para nosotros no se trata de llevar a “nuestros” militantes y servidores a ocupar un foro de discusiones intrascendentes, para acomodar la impresión de que esta no es una dictadura. Sin otro objetivo que el partido. Por el partido y para el partido. Sobre todo para la única verdad del partido: su secretario general, su dirección política, sus comité central y todo el aparataje que lo define. A nosotros, el partido nos trae sin cuidado. Llámese AD, Primero Justicia o Un Nuevo Tiempo. A nosotros nos interesa la DEMOCRACIA, forma de convivencia de una sociedad emancipada que recibe el nombre genérico de PATRIA. Que se sustenta en el pueblo, en la nacionalidad, en los ciudadanos. Los partidos son una ecuación de segundo, no de primer grado. De primer grado: solo el  pueblo, el constituyente. Aquel en quien reside el poder cuando han sido desalojados quienes lo usurpan por la fuerza de las armas.

De allí que, puestos en la encrucijada de usar ese campo de acción –para nosotros un campo de batalla, no un escenario para montar un espectáculo viral en que cada cual agarra lo que le consiente el dueño del circo– consideremos útil, esencial y de primera importancia usarlo para activar el sentimiento opositor, liberador, emancipador de las masas. Para agitar nuestras bases de respaldo. Para poner en acción el sentimiento libertario que subyace al venezolano y que hoy se expresa en una mayoría contestaria que rechaza la dictadura y se opondrá con alma, corazón y vida a arrodillarse ante los Castro y el gobernante que les obedece.

Puestos en esa tesitura, obviamente el protagonismo debe recaer en el pueblo, en las masas, en la ciudadanía. No en unos funcionarios que creen que la democracia es asunto particular suyo. ¿Quién fue el Dios todopoderoso que les dio la gerencia de sus organizaciones políticas, quién los apernó en sus tronos imperiales? ¿Por qué habremos de votar por sus elegidos y no por quienes representen auténticamente el sentir popular?

Salir y liberarnos para siempre del caudillaje –de lado y lado–, ese es el imperativo categórico. Esas son las razones por las cuales considero que las primarias, con todos sus riesgos, posibles errores y desbarajustes, son el método menos arbitrario y más legítimo para que cada región, cada circuito, cada ciudad elija a quien le parezca el mejor de sus representantes. Prefiero el error del pueblo que la aviesa voluntad del secretario general. Que ya me hizo pagar una Asamblea mediocre, que fue incapaz de alzarse contra la dictadura. ¿O usted cree que yo me siento representado por esa camarilla que corrió a dialogar con los asesinos mientras nuestros hijos se desangraban en las calles de Venezuela?