• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

Al instante

¿Por qué?

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La tragedia radica en la asfixia política a la que conducen a nuestro pueblo, al abismo de los pronunciamientos de fuerza al que pretenden empujarnos. Al fantasma de la guerra civil que en su absoluta inconsciencia e irresponsabilidad conjuran. También la mesura tiene un límite. También la paciencia se agota. ¿Será que nos quieren en el despeñadero? 

 

Nadie puede argumentar ignorancia. Que como bien establecen los códigos, la ignorancia no es causal eximente de las responsabilidades penales. Que Venezuela está en bancarrota, que su crisis económica y social es devastadora, que no sucede un día sin que se verifiquen saqueos y desmanes con sangrientas consecuencias a lo largo y ancho de su territorio, que su pueblo se halla sometido a las peores sevicias y carece de los alimentos básicos, incluso de medicinas que podrían resguardarle su vida, que su gobierno se encuentra en franca y ya irreversible minoría, que a sus ciudadanos se les niegan los más elementales derechos civiles y políticos, entre ellos los de revocar al responsable de sus desdichas, quien solo puede mantenerse en el poder gracias a una brutal represión de sus cuerpos policiales y que la situación solo puede empeorar y alcanzar cotas desconocidas en la región, es perfectamente sabido por todos los gobernantes, por todas las cancillerías, por todos los parlamentos, por todas las fuerzas vivas de todas las naciones del hemisferio. Es un tema de portada en todos los medios del mundo. Y no debe existir un solo ciudadano bien informado de lo que acontece en su circunstancia que no sepa que Venezuela se encuentra al borde del caos, la desintegración y la muerte. Sería incluso ridículo calificarlo de notitia criminis: quien se niegue a reconocer que Venezuela naufraga a la deriva sin luces en su horizonte lo hace por intereses creados. Por siniestros intereses creados. ¿Por qué?

¿Cuál es el poder que detenta el régimen presidido por Nicolás Maduro como para que le permita alinear de su lado, de manera prácticamente incondicional, al papa Francisco, al presidente Barack Obama y a todos los gobernantes de Hispanoamérica, sin excepción ninguna? No solo a Evo Morales, a Rafael Correa o a Daniel Ortega, incluso a Michelle Bachelet, por no mencionar a Raúl Castro, lo cual es lógico y hasta natural, dada la filiación ideológica de los mencionados, sino a Mauricio Macri o a Michel Temer, postulados como alternativa liberal al socialismo dominante en las conciencias de la región. ¿O es esa conciencia, profundamente impregnada de populismo, de caudillismo, de demagogia estatólatra y clientelar la que determina la aviesa complicidad de todos los gobiernos, incluido naturalmente el norteamericano, con un régimen política y moralmente desacreditado, inoperante, ineficiente y criminal? ¿Estamos ante lo que en tiempos pasados llamábamos solidaridad automática de los poderosos frente al temor del cambio? ¿Hemos traspasado el umbral de lo éticamente permitido para revolcarnos “en un mismo lodo, todos manoseados?”

Obama va de salida y ya nada torcerá ni su herencia ni su legado, lo que le permitiría actuar con las manos libres como para asumir su responsabilidad rectora en defensa de la libertad y la democracia, los valores sustanciales de Occidente. Todo hace presumir que su partido y su candidato se mantendrán al mando del gobierno de Estados Unidos. ¿Por qué se niega a intervenir en la grave crisis que sufrimos, facilitando sus salidas pacíficas, constitucionales? ¿Por qué su gobierno pasa por alto el pesado expediente que inculpa a las más altas autoridades civiles y militares del gobierno de Nicolás Maduro en casos de narcotráfico y terrorismo, en alianza con el Estado Islámico? Por ejemplo: exigiendo la aplicación de la Carta Democrática, tal como lo solicita, lleno de razones, el secretario general de la OEA, Luis Almagro? ¿Por qué las emergentes fuerzas liberales en Brasil, en Argentina, en Perú, siguen el mismo camino de la complacencia, la connivencia y la complicidad con un gobierno ya abierta y desenmascaradamente ilegítimo? ¿Por qué ninguno de los gobernantes de la región siguen el predicamento de sus ex presidentes, todo los cuales respaldan a Luis Almagro en su propuesta, para contribuir a destrabar la crisis y permitir el retorno del país y el regreso de su pueblo a la normalidad? ¿Por qué?

Finalmente, ¿por qué su santidad el papa, la mayor autoridad de Occidente, se pliega a la complacencia de las autoridades políticas de la región con un gobierno forajido, terrorista y narcotraficante, defendiéndolo como si fuera el baluarte de los valores cristianos?

Todos los medios de comunicación democráticos del hemisferio, los principales canales de noticias, como CNN, y los más importantes periódicos estadounidenses, españoles, franceses, italianos, alemanes y latinoamericanos reportan con lujo de detalles la insufrible situación por que atraviesan los venezolanos y la naturaleza dictatorial de su régimen. Sin duda ninguna, la aplicación de la Carta Democrática al gobierno venezolano encontraría mayor aprobación que la que le aplicara la OEA a Honduras, acuciada por el gobierno de Lula da Silva, del de Hugo Chávez y de los gobiernos de partidos miembros del Foro de Sao Paulo y deudores de los hermanos Castro.

¿Son ellos, es la Cuba castrista, son las fuerzas del castrocomunismo hemisférico, es el temor a despertar al monstruo desfalleciente del marxismo leninismo, del guevarismo, de la revolución los que maniatan, inhiben, comprometen a las democracias de la región ante el esperpento de Hugo Chávez, Nicolás Maduro? ¿O esas democracias ya no son más que fantasmales supervivencias de tiempos en que la región luchaba por su libertad como causa de sus primordiales desvelos?

¿Será, como dice el viejo refranero criollo, que las democracias liberales mataron al tigre y le temen al cuero? La tragedia radica en la asfixia política a la que conducen a nuestro pueblo, al abismo de los pronunciamientos de fuerza al que nos empujan. Al fantasma de la guerra civil que en su absoluta inconsciencia e irresponsabilidad invocan. También la mesura tiene un límite. También la paciencia se agota. ¿Será que nos quieren en el despeñadero?