• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

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Antonio Sánchez García

Poleo en mayo

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No es mi intención polemizar con Rafael Poleo a propósito de su respuesta a mi artículo “Poleo en diciembre”, publicados ambos en Zeta, el 23 de mayo pasado. Polemizar proviene del griego polemikós, adjetivo sustantivado que significa “referente a la guerra”, derivado de polemos, “guerra”. ¿Y a qué vendría querer guerrear con quien no se tiene asuntos pendientes, salvo los que atañen a la caracterización del régimen, la autoconsciencia de los adversarios y su talante voluntarioso y decisionista puesto en acción para llevar o no llevar ese enfrentamiento hasta sus últimas consecuencias? Único asunto sobre el que, en verdad, vale la pena polemizar, no solo con Rafael Poleo, a quien respeto y admiro, sino con la dirigencia política, si fuera el caso:  polemizar sobre la política en serio, de verdad, en sentido schmittiano, vale decir: discutir sobre la relación amigo/enemigo entre demócratas y totalitarios, como la entendía, por cierto, Rómulo Betancourt. Quien puesto en la circunstancia devolvió a Castro a La Habana refunfuñando y con los bolsillos vacíos para luego sacarlo a patadas de nuestra tierra sin pedirle permiso a nadie. No platicar sobre la política como regateo de mercachifles, de la que en su momento se burlaba Lenin refiriéndose con escarnio a los mencheviques. Hablo de polemizar con los nuestros, si es que lo son, sobre la  comprensión del escenario histórico en el que como pueblo nos encontramos inmersos, aclarar la apreciación de tácticas y estrategias adecuadas a su combate –esa sí, polémica, guerrera, de enfrentamiento mortal, dadas sus características. Todo lo demás me parece subalterno, chascarro, menudeo. Justificación de lo injustificable. Indigencia. Subdesarrollo.
Hablo, pues, de poner en juego nuestras convicciones, esas ideas irrenunciables que se requieren si se es un político que piensa en el futuro y no uno de aquellos que antes de dar un paso husmean en las encuestas, para saber si salen con paraguas. Y así fijar, en medio de la guerra, un rumbo fijo para enfrentar tempestades, particularmente si son perfectas, como las que avizoré para Venezuela en meses pasados. Vale decir: no hablo de trapisondas prêt-à-porter para satisfacer a tirios y troyanos. A pesar de mis profundas diferencias con Gramsci, reivindico una maravillosa frase suya: “Solo la verdad es revolucionaria”. A la que antepuso otra de gran calado, digna de Einstein: “Solo tú, estupidez, eres eterna”.

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De modo que lo que dije en enero lo sostengo con tanta mayor razón en mayo, luego de que todo lo entonces predicho –“La tormenta perfecta”– se cumpliera tan al pie de la letra, que la represión anunciada se ha saldado con 43 asesinatos, cientos de heridos y miles de presos políticos. Que el diálogo propuesto por los castristas de la Unasur y asomado ya en marzo/abril del 2013 por Henry Ramos y Eduardo Fernández se llevara a cabo con el único y descarnado propósito de atar la rebelión popular de pies y manos, luego de pretender inútilmente aplastarla con tanquetas, gases, fusiles y perdigones. Y teniendo en cuenta, al escribirlo, que un dirigente de AD, Edgar Zambrano, nos anticipara antes de los idus de febrero como para estar preparados, que la única alternativa que le quedaba a la oposición venezolana era “diálogo o balas” (http://www.el-nacional.com/opinion/ANTONIO_SANCHEZ-CALLE-COHABITACION-DEMOCRACIA-DICTADURA-UNIDAD_0_351565011.html). Apareció en este mismo periódico 4 días antes del 12-F, como para prevenir a Leopoldo López de lo que le esperaba si no acataba el fallo de la conciencia bien pensante de la MUD: bajar la cerviz y sentarse a dialogar con el dictador o abrir el pecho para recibir las balas. Que todas las alternativas opcionales establecidas en la Constitución había que tratarlas como a un perro muerto. En términos tan elocuentes y propios de la dictadura, que cabía pensar si no era una frase pergeñada en la sala situacional de Miraflores. Lo que por cierto escribí para dejar constancia del hecho, dado que no fui ni seré, para mi inmensa fortuna, un político nato en las salas de parto de la cuarta república sino un simple corresponsal de guerra de esta inmundicia de asesinatos, escaramuzas y traiciones.
De la argumentación ad hominem con que mi amigo Rafael Poleo pretende descalificar el hecho de que yo haya creído en sus convicciones de diciembre –y sigo creyendo en ellas, a pesar de los pesares–, asumo la acusación que me endilga de ingenuidad propia de intelectuales delirantes ajenos a los tejemanejes del comercio político. Gracias a Dios. No poseo las habilidades tragaburros que les exigía Rómulo Betancourt a los políticos profesionales. Solo esa ingenuidad me hizo creer que lo sostenido con tanta fundamentación por un periodista sabio y experimentado como él en diciembre sobre la MUD –poco menos que un parque jurásico de “sobrevivencia de la debilidad moral de los políticos de la cuarta república en cuyas manos se perdió la democracia”, constituida por unos “bellacos que irán pasando y sentándose a la mesa, que hace hambre”– era expresión de una crítica sustentada en un caudal irreprochable de información de causa, como debe ser en un hombre de principios, y que, por lo mismo, podrían considerarse vigentes para todo un ciclo histórico, y no un retrato fotomatón en blanco y negro destinado a convertirse en cenizas nada más ser leído. Misión imposible. Pues bien sabe el país que a cargo de la MUD están los mismos “bellacos” que estaban en diciembre y han ido pasando a sentarse en la larga mesa para saciarse, “que hacía hambre”: Henry Ramos, Julio Borges, Omar Barboza, Ramón Guillermo Aveledo. Y unos figurantes de segundo y tercer orden que trocaron el pescueceo de la Coordinadora Democrática por sentarse en Miraflores. No lo dije yo en diciembre. Pero lo digo en mayo.

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El que Leopoldo López esté preso y el que María Corina Machado y Antonio Ledezma, además de llevar sobre sus cabezas la amenaza de seguir su vía crucis, mantengan las profundas diferencias con lo que suponemos es la política de la MUD –si tiene otra que no sea acurrucarse en la sombra de la cohabitación para vadear el temporal–, se debe precisamente al talante POLÍTICO, con mayúsculas, de estos tres líderes. Diametralmente opuesto al de muchos de los nuevos que hacen vida en la MUD, que parecen haber sido paridos retroactivamente y a velocidad retardada. Para ellos, imagino, no hay unas convicciones en diciembre y otras en mayo, porque la situación impone compromisos existenciales a futuro y largo plazo, no acomodos de bellaco oportunismo a cobro revertido.
Pues para ellos, los líderes in pectore de la resistencia, supongo por el conocimiento que de ellos poseo, lo que está en juego no es la existencia de un gobierno y unas candidaturas extemporáneas que conducen a convicciones a gusto del consumidor: es la existencia de otra patria que la purulenta de la democracia puntofijista que criara sus cuervos civiles y uniformados a la sombra de Miraflores y bajo el brillo especular del Banco Central, Recadi y Cadivi. Una Venezuela verdaderamente renacida de sus cenizas y no un espantajo cuartoquintosexto republicano. Puede que ellos y muchos de nosotros con ellos nos equivoquemos y que el maderamen del sustrato de nuestra patria esté tan podrido que a pesar de tanta sangre, tanto sudor y tantas lágrimas haya que refocilarse en el mismo pantanal por los siglos de los siglos. Un pantanal militarista, caudillesco, castrista, adeco, chavista, copeyano o justiciero. Populista y estatólatra. Clientelar y mercantil. Tanto peor para el pantanal. Tanto peor para los pantanosos. Los principios no se negocian.

No obstante, y a pesar de todos los pesares, estoy seguro de que mi amigo Rafael Poleo mantiene en su corazón las convicciones de diciembre. Si bien apuesta, y yo con él, por un entendimiento postrero entre todas las fuerzas democráticas del país, aun cuando por mi parte siguiendo una PAUTA DE ACCIÓN POLÍTICA UNITARIA, con mayúsculas. Tras un FRENTE DEMOCRÁTICO Y POPULAR que se proponga la refundación de la REPÚBLICA, también con mayúsculas. En el que quepamos todos. Pero sin reacomodos de corte gatopardiano entre bellacos, acordados a espaldas de las mayorías: aparentar que se cambia todo en perfecta paz, para no cambiar absolutamente nada. Lo que significaría nadar durante 14 años en el peor naufragio de nuestra historia para venir a ahogarnos a las orillas de un gobierno de concertación nacional. Cuyo rabito’e cochino ya se asoma en la ignominiosa propuesta de Eduardo Fernández. Y al que el mismo Rafael Poleo hace mención en su editorial de este 28 de mayo en El Nuevo País, donde afirma que “los políticos del esperpento y la oposición negocian un arreglo que puede terminar echándoles a ellos la culpa por los 41 muertos”.
 
Enterrar nuestros muertos, apagar la luz y cerrar la puerta, pasando al cuarto de al lado, como si nada hubiera pasado. Borrón y cuenta nueva. Como sucediera el 4 de febrero de 1992 y el 6 de diciembre de 1998, por culpa de una sociedad consumida por la estulticia, la corrupción y la inmoralidad colectivas. Como corren a proponernos los administradores del Foro de Sao Paulo, que lo hacen no por mor de la Paz y el amor que nos tienen, sino porque quisieran saldar todas las cuentas pendientes y temen que el despertar de la poderosa esencia libertaria venezolana –que no tiene absolutamente nada que ver con la MUD, hablemos claro– arrastre consigo toda la inmundicia castrochavista, forolulista y comunistoide que contagia desde hace 15 años a la región. Para su desgracia. Como parece anticiparlo la sorprendente y esperanzadora victoria del candidato uribista Óscar Iván Zuluaga en las primarias colombianas.

Es una magnifica aventura, en la que Rafael Poleo tiene un lugar tan destacado como la experiencia y el conocimiento de que dispone. En la que personajes de la indiscutible honestidad y savoir faire de Ramón Guillermo Aveledo, por equivocado que se encuentre, podrían ocupar un lugar de honor, y en la que todos los venezolanos, sin distingo de raza, sexo, partido, color ni distinción social serán necesarios para abreviar las dificultades y disminuir los sufrimientos que hoy nos agobian y que para mañana ya están al acecho. Si logramos ese consenso, esa unanimidad nacional, podremos unirnos en un cálido abrazo con nuestros hijos y entregarles la antorcha de esta maravillosa carrera de obstáculos que es la vida en Venezuela. Ya es hora, se lo merecen, se ganaron el derecho con su sangre. Y nosotros, los mayores, a la asesoría y el retiro que nos merecemos. A la necesaria vigilancia que nuestros mayores traicionaron.

Suena a utopía. Lo sé. Es mi última esperanza. No soy el único.