• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

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Persona non grata (I)

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A Carlos Alberto Montaner

“Un diplomático occidental me comentaría después, aprovechando que el bullicio de una recepción disimulaba las voces, que el fascismo de los gobiernos militares podía ser menos opresivo que el socialismo policíaco”.

Jorge Edwards. Persona non grata, página 257, Tusquets Editores, Barcelona 1991.

Cuando Jorge Edwards escribió Persona non grata, en la primera mitad del año 1971, gobernaba en Chile Salvador Allende cuyo recién instaurado mandato representaba diplomáticamente en Cuba, adonde había sido destinado en su calidad de encargado de negocios para reabrir la Embajada de Chile, cerrada desde los tiempos de Jorge Alessandri, en 1964. Esos tres meses y medio fueron, muy seguramente, los meses más aterradores vividos en su vida por el gran novelista chileno, hoy de 84 años de edad. Al escuchar la sorprendente comparación efectuada por el diplomático en cuestión, ni imaginaba que se hallaba a tres años de distancia de poder experimentar en carne propia que “el fascismo del gobierno militar” de Augusto Pinochet, la más aterradora dictadura conocida por la nación sureña en su larga y ejemplar historia democrática y una de las más feroces dictaduras militares de la historia de la región, sería mucho menos opresivo y duradero que el socialismo policíaco de Fidel Castro que estaba sufriendo en carne propia. Y ya traspasó el medio siglo de existencia, sin asomos de desaparecer del mapa.

La narración de Jorge Edwards –“un libro importante, un testimonio necesario”, en palabras de su jefe y amigo, el embajador en París, poeta y Premio Nobel de Literatura Pablo Neruda– en efecto, es un testimonio estremecedor sobre “el socialismo policíaco” imperante en Cuba desde enero de 1959, que ya cumple 57 años de terrorífica existencia y, a juzgar por las favorables señales que recibe de Washington y el Vaticano, puede ir pensando en acomodarse a sobrevivir hasta que se extinga de muerte natural y cuando nuestros nietos, ya adultos, puedan heredarlo como la cosa más natural del mundo.

Lo releo en busca de semejanzas con nuestra situación, luego de 17 años de autocracia socialista dictatorial, y me aterra encontrarlas. Abundantes. La primera sorpresa es constatar que a 20 años de distancia de su primera edición, un tropero venezolano, ni doctor en leyes, ni avezado mafioso universitario ni resabiado maniobrero maquiavélico como Fidel Castro, a la cabeza de un pueblo desquiciado e irresponsable, pretendiera y lograra enganchar a nuestro país, uno de los más prósperos, cultos y menos necesitados de faramallas revolucionarias del Caribe, al furgón de cola de ese siniestro régimen totalitario. Que luego, a 30 años, se hiciera a la tarea de imponer el mismo proceso de devastación material y espiritual ya dominantes en la Cuba vivida por Edwards. Y que a 45 años haya llegado al mismo nivel de bajeza moral, terror policíaco y miseria material que la Cuba tiránica, hambrienta, opresiva y miserable allí retratada. ¿No es insólito?

 

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El mismo Castro, en una de sus intempestivas confesiones con la que embistió a Edwards en su primer encuentro personal recién llegado a La Habana, y que le echó encima en su último encuentro tres meses después a horas de montarse al avión que lo liberaría de la pesadilla, suerte de interrogatorio de la KGB o la Gestapo lo declaró persona non grata, se encargó de señalar la clave de la sobrevivencia de un régimen que ha marchado desde su mismo inicio a redropelo de la historia: “Seremos malos para producir, ¡pero para pelear sí que somos buenos!”

No es que fueran malos para producir y generar riqueza, que en efecto lo han sido desde que asaltaron el poder. Ni que fueran muy buenos para pelear, como lo demostró la ominosa derrota que les infligieron nuestros soldados patriotas –de esos que, carcomidos por el golpismo, ya no existían la madrugada del 4 de febrero de 1992– a sus mejores hombres. Es que la única producción que le ha interesado a Castro, al castrismo y su régimen ha sido la de montar un “socialismo policial”, vale decir: totalitario, asaltar y mantener el poder desarrollando un aparato represivo, policíaco y tiránico como no se lo conoció en América Latina desde su descubrimiento y conquista. El ambiente kafkiano, pesadillesco, persecutorio y aplastante de la tiranía de Castro y sus esbirros –estalinista o hitleriano en el mejor sentido del término– acosa al lector desde la primer línea de las confesiones de Edwards. Nada, absolutamente nada le sucede al joven diplomático desde que desciende del Illushin que lo trae de México que no forme parte de un siniestro montaje del aparato político policial del régimen para llevarlo al ominoso fracaso de su gestión y a la creación de una trama que permita el encarcelamiento del poeta Heberto Padilla y la ruptura definitiva con los intelectuales “burgueses” nacionales e internacionales que, luego de respaldar con fervor la revolución cubana en sus comienzos, reclaman un sistema de libertades en la isla. No es más que “un escritor burgués”. Y para mayor INRI, persona muy cercana a Pablo Neruda, puesto en la picota del castrismo y atacado de manera vil y alevosa con todo el aparato propagandístico del Goebbels habanero por haber cometido dos “pecados mortales”: aceptar una invitación del Pen Club a Nueva York y haber almorzado con el presidente Belaúnde Terry en Lima.

 

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El sistema podrá ser subdesarrollado y menesteroso en todos sus aspectos “civilizatorios”, pero su sistema de escuchas, su red de agentes y soplones, sus métodos y técnicas de celadas y trampas para liquidar a quienes considere sus enemigos –y lo es todo aquel que no se pliegue de manera obsecuente y servil a los designios del comandante supremo– alcanza una sofisticación y una eficacia digna de la más aterradora película de Alfred Hitchcok.

Ya por entonces, a pesar del suculento respaldo de la Unión Soviética, la población cubana pasaba las peores miserias de su historia. El país, que hasta la revolución había contado con uno de los mejores sistemas educativos, comunicacionales, de asistencia social y de salud de América Latina, se hundía en la devastación y la ruina. Su población estaba literalmente hambreada. Los megalómanos proyectos de alcanzar estrambóticas zafras fracasaban estruendosamente. Y los absurdos desarrollos tecnológicos, productos de la caprichosa ocurrencia del capataz mayor, naufragaban sin remedio. Salvo los delirantes proyectos de agricultura y ganadería de Castro, exitosos en la mini escala investigativa como para exhibirlos a voluntad a sus ingenuos visitantes, la ruina asolaba los campos y la carencia abrumaba a las familias. Cuando 20 años después la Unión Soviética le retira su apoyo y deja a Cuba entregada a su suerte, la hambruna, las enfermedades, la pandemia de una feroz avitaminosis terminan por apoderarse de la isla, pero esa ya es otra historia aún más siniestra.

A pesar de los más de 40 años transcurridos desde entonces, recomiendo la lectura de esa trepidante y desgarradora relación documental que es Persona Non Grata, de Jorge Edwards. Aunque nadie lo hubiera imaginado, 40 años después de vivido y escrito ese dramático testimonio de una tiranía parasitaria, improductiva, cruenta y represora, arruinada hasta en sus huesos, perfectamente documentado como para que nadie se hiciera falsas ilusiones respecto a su verdadero destino, se convirtió por efecto del siniestro extravío de un traidor militar venezolano y la insólita irresponsabilidad de una nación entera, pueblo e instituciones incluidos, en el paraíso tropical que, enmascarada como “la isla de la felicidad”, se tragaría a Venezuela en sus voraces fauces ante los ojos de todo el mundo y para vergüenza de muchas generaciones.

Esa siniestra y miserable tiranía decide hoy lo que debe y puede o ni debe ni puede suceder en Venezuela, la tierra que libertó  a cinco naciones. Y lo hace sin el menor escrúpulo ante el insólito desinterés de los dos más importantes poderes del mundo: Washington y el Vaticano. Aunque Ud. no lo crea.

@sangarccs