• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

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Antonio Sánchez García

Pensar, pero ¿dónde, cómo y con quién?

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No saldremos de estos tiempos de infamia hasta no comprender que a la infamia se la enfrenta con convicción, lucidez y entereza. Con la verdad por delante, así nos ardan las heridas del engaño. Hasta no aceptar los hechos en toda su cruda y espantosa realidad. Hasta no poner la dignidad, el orgullo y la grandeza por delante. Sin medias tintas, sin carantoñas, sin medias verdades. Pensar, es cierto, pero cómo, dónde y con quién. Ese es el problema.

Venezuela, como no se cansa de reiterarlo el Nobel peruano Mario Vargas Llosa, el país potencialmente más rico de América Latina y uno de los más ricos del mundo, dotado de extraordinarias ventajas geoestratégicas, principal reserva petrolífera de Occidente, con una población mayoritariamente joven y relativamente pequeña, extensos territorios inexplorados y colosales reservas hidrográficas, no figura en el ranking de las 10 mejores universidades de la región ni entre las 100 mejores universidades del mundo. Consideradas sus características arriba señaladas, y en proporción al número de sus habitantes, se encuentra incluso por debajo de Haití. En el último lugar del desarrollo universitario, científico y tecnológico de América Latina.

Por el contrario, no siendo el país más poblado de la región ocupa el primer lugar en número de asesinatos por cada 100.000 habitantes y puede exhibir con rubor uno de los más destacados lugares entre los países más violentos del mundo. No existen rankings pormenorizados de la corrupción por habitante/metro cuadrado, pero si los hubiese también encabezaríamos el ranking de los países más corruptos del planeta. Quien se satisfaga con darle crédito a los rankings que inundan las redes sociales podrá decir, sin temor a equivocarse, que es el país más interesado en la muerte, menos interesado en la educación y más impermeable a los principios éticos y morales de la tierra. Tres récords que, por lo menos, debieran provocarnos una honda consternación y una profunda vergüenza. Ora pro nobis.

Si el fetichismo de las mayorías, propio de la democracia –ese error estadístico que decía Jorge Luis Borges– mostrara más que el número, la calidad espiritual del ciudadano, se vería que la razón por esos tres ominosos récords de la infamia se debe a que el país lleva catorce años gobernado por los peores, los más incultos, los menos preparados de sus nativos y respaldados por el analfabetismo nacional de mayorías ágrafas, sumidas en la barbarie y prontas a esgrimir el sable, la lanza y el machete. Ahora en caballerías motorizadas y provistas de armas de última generación.

Raspe el fetichismo numérico y verá que tras un voto chavista, luego de burlar el fraude autoimpuesto por los árbitros electorales, hay ignorancia, analfabetismo, incultura. Sería interesante una encuesta que dé cuenta del promedio educativo de los colectivos. Bandas de delincuentes analfabetas dedicados a asesinar estudiantes universitarios. La metáfora perfecta de esta verdadera película de ciencia ficción del horror que vivimos desde el 4 de febrero de 1992: analfabetas asesinos a la caza de universitarios. ¿No es digno de un filme de Tarantino?

Lo digo perfectamente consciente de que saltarán los dirigentes de una oposición de plastilina a reclamar por el maltrato que le profeso a la pobrería rojo rojita, sin cuya consideración, respeto y aclamación señalan orgullosos que no moverán un dedo. Sin ellos, conmigo no cuenten, exclaman quienes habiendo nacido en cuna de oro están atosigados de mala conciencia. O de lamentable oportunismo electorero. Aquellos vicios que a quienes nacimos y nos criamos en pobreza extrema, a la hora de hacer valer la verdad, no nos arredran. Conocer el vientre vacío de la pobreza nos impide tropezarnos con nuestras propias colas.

No saldremos de estos tiempos de infamia hasta no comprender que a la infamia se la enfrenta con convicción, lucidez y entereza. Con la verdad por delante, así nos ardan las heridas del engaño. Hasta no aceptar los hechos en toda su cruda y espantosa realidad. Hasta no poner la dignidad, el orgullo y la grandeza por delante. Sin medias tintas, sin carantoñas, sin medias verdades. Pensar, es cierto, pero ¿cómo, dónde y con quién? Ese es el problema.