• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

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Antonio Sánchez García

Pensamiento y acción. No hay otro camino

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Aprender del pasado y comprender que “el organismo social no puede curarse solo con entusiasmo, sino mediante una investigación serena de las causas de la enfermedad”. Es el consejo de Karl Mannheim a ochenta años de distancia. Vale la pena considerarlo con atención y hacerse a la tarea.

Revisando viejas lecturas me encuentro con una de las obras más importantes escritas por el gran sociólogo Karl Mannheim, Libertad y planificación social, publicada por primera vez en Holanda en 1935, en Londres en 1940 y en México, por Fondo de Cultura Económica, en 1942. Los datos son relevantes: Mannheim nace en Budapest, como Georg Lukács, en el año de 1893, estudia en París y Berlín, se establece en Alemania, donde desarrolla su principal actividad docente e intelectual entre 1920 y 1933, primero en Berlín y luego en Fráncfort, centro del pensamiento neomarxista, de cuyo desarrollo forma parte. Como todos los intelectuales marxistas o vinculados al movimiento obrero, perseguido por el nacionalsocialismo se ve compelido a emigrar a Inglaterra, en donde desarrolla su vasta obra científica y muere en 1947, dejando tras de sí algunas de las obras imperecederas de la sociología contemporánea: Libertad y planificación social, Diagnóstico de nuestro tiempo, Ideología y utopía y muchas otras dedicadas a la ciencia sociológica.

Todas esas obras fueron escritas en el destierro, marcadas a sangre y fuego por la angustia existencial de comprender el sórdido, tenebroso y aparentemente irresoluble mundo totalitario que le tocara vivir en carne propia, y decidido a comprender las razones de la grave crisis sufrida por la democracia de Weimar y las causas socioeconómicas estructurales del cambio social que desembocara en la explosión del horror nazifascista. Lo que nos resulta cercano y familiar, dada la vivencia del horror de un régimen que, en sus coordenadas fundamentales, reproduce como en un espejo deformante de las ferias de nuestra infancia los peores y más notorios y resaltantes rasgos del dominio y manipulación dictatorial de masas. Una suerte de fascismo tropical acomodado a una sociedad clientelar, estatólatra y populista. Así lo sea promiscuamente acoplado a las características del Estado petrolero y formalmente institucionalizado. Una diferencia sustancial respecto de nuestras experiencias dictatoriales anteriores: en ninguna de ellas tomaron parte, fueron su sustrato movilizador y constituyeron su fundamento amplios sectores de la sociedad venezolana. Particularmente los marginales de nuestra periferia capitalista, aún en el filo entre la Venezuela rural y la Venezuela urbanizada, sin pertenencia al proceso productivo y carente, en dicho sentido, de lo que Marx considerara el motor de la historia: el proletariado y la lucha de clases.

En nuestro caso, más que proletariado, lumpen proletariado. Todas ellas, sin excepción –y las hubo en cantidad– fueron manifestaciones caudillescas, autoritarias, militaristas, pero con un claro sesgo personalista, grupal, rural y ajeno a las masas urbanas como levadura constituyente. La chavista, en cambio, es, en Venezuela, la primera forma de dictadura que apela al respaldo de masas, así se haya fraguado en los cuarteles y tuviera en su estructura fundante un fuerte componente militar y militarista. Y un profundo trasfondo autoritario, patriarcal, demoledor en una sociedad fracturada, con grandes desajustes de la estructura familiar y una corrosión moral de larga data.

La crisis que constituye el telón de fondo de las preocupaciones científicas de Mannheim tiene que ver con el colapso del liberalismo y de la democracia en plena sociedad industrial monopolista y es, por lo mismo, así lo considera él, un mal general que puede haberse manifestado puntualmente en ciertas sociedades, pero es indicativa de cambios profundos en las estructuras socioeconómicas y en las mentalidades de la época, de las que posiblemente no se salvaran ni siquiera aquellas que se sentían por entonces –en pleno despliegue del fascismo y el nacionalsocialismo– más a resguardo: “Para los países occidentales, el colapso del liberalismo y de la democracia y la adopción de un sistema totalitario parecen ser síntomas pasajeros de una crisis por la cual solo pocas naciones pasan, mientras que quienes viven dentro de la zona de peligro consideran esta transición como un cambio en la estructura misma de la sociedad moderna”. Y continúa Mannheim: “A quienes no han pasado por esas convulsiones les tranquiliza el pensar que el mundo está padeciendo todavía los efectos de la guerra (la Primera Guerra Mundial, ASG). Se satisfacen y consuelan pensando que en el curso de la historia las dictaduras han sido establecidas con frecuencia como soluciones temporales a una dificultad de momento. En cambio, quienes tienen conocimiento directo de la crisis coinciden en creer, aun si son decididamente contrarios a la dictadura, que tanto el orden social como la psicología de los hombres están sufriendo un cambio completo, y que si esto es un mal, es un mal llamado a extenderse más pronto o más tarde. Están además convencidos de que no debemos dejarnos engañar por esta calma momentánea, sino que debemos aprovecharla para aprender las técnicas nuevas, sin lo cual es imposible hacer frente a la nueva situación”.

Era un desesperado llamado de alerta ante el espanto que se escondía tras la calma aparente de mediados de los treinta, cuando ya se avizoraba la tendencia irrefrenable a la explosión de los dos monstruos totalitarios y el encontronazo de la Segunda Guerra Mundial, que pusiera al planeta al borde del colapso definitivo y final. Un llamado tanto más angustioso, cuanto más inconsciente de las grandes mayorías: “Todos vivimos sobre un volcán, y quienes han pasado por la experiencia de la erupción conocen mejor la naturaleza y profundidad del cráter bajo nuestra sociedad occidental”.

De allí la respuesta de un pensador de gran calado como Mannheim, cuyas graves advertencias, a ochenta años de distancia, bien podríamos hacer nuestras para dirigírselas a nuestros vecinos en esta hora crucial: “Nuestra sociedad se enfrenta, no con un malestar pasajero, sino con un cambio radical de estructura. Darse cuenta de esto es lo único que puede garantizarnos medidas preventivas. Solo si sabemos que la sociedad está pasando por una zona de crisis, por una fase de desintegración, puede caber alguna esperanza de que las naciones que todavía gozan de una paz relativa aprenderán a dirigir el curso futuro de los hechos mediante una planificación democrática, evitando así los aspectos negativos de la transformación: la dictadura, el conformismo, la barbarie… No debemos olvidar nunca que las soluciones totalitarias frecuentemente fueron solo intentos precipitados para solucionar dificultades concretas ante las cuales se hallaron de pronto esas naciones”.

Aprender del pasado y comprender que “el organismo social no puede curarse solo con entusiasmo, sino mediante una investigación serena de las causas de la enfermedad”. Es el consejo de Karl Mannheim a ochenta años de distancia. Vale la pena considerarlo con atención y hacerse a la tarea.