• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

Al instante

El Panzer

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Caradura como el que más, obligado a dejar el cargo tras dos ejercicios sucesivos, intenta lavarse el rostro con las aguas servidas de una crítica “a lo pintor” a las sevicias del régimen venezolano. La unanimidad nacional que un día fuera, lo sigue siendo pero a nivel continental: no hay quien le crea.

Alguna vez tuvimos un intercambio epistolar facilitado por algún encuentro casual en algún lugar del planeta, del que no logro acordarme, y pudimos estrecharnos la mano en su primera visita a Caracas, ya elegido en el cargo. Encuentro facilitado por el entonces embajador de la OEA en Venezuela, Patricio Carbacho, un entrañable amigo que llegó a amar a Venezuela con el fulgor de los enamorados y de la que, estoy seguro, continúa estándolo a la distancia, separado de su cargo por Insulza nada más tomar el poder escudado en imperativos burocráticos pero, de eso apenas abrigo dudas, por agradar a quienes le aseguraron el cargo a cambio del retiro del argentino Santiago Cantón de la Corte Interamericana, su pleno y absoluto sometimiento a los dictados del Foro de Sao Paulo y su regreso a las querencias habaneras que lo llevaran a acompañar a la Unidad Popular y a comulgar con el PS chileno luego de la tragedia.

Venía precedido del prestigio de un Rommel en campaña, como que fuera bautizado en los predios de la politiquería chilena con el hollywoodense alias de “el Panzer” –tanque, en alemán– aquel castillete blindado en que solía desplazarse el zorro del desierto al frente de sus columnas blindadas. Arrasaba con cuanto se le ponía por delante con el fin de obtener sus propósitos, siempre duros y difícilmente digeribles por quienes aprecian la política como un arte y no como un mercadeo de inmundicias. Y, obvio es agregarlo, desde cargos en que suelen ventilarse inmundicias, como un ministerio del interior. En el manejo de las componendas llegó a ser aceptable por las izquierdas y las derechas, que alguien debe lavarles sus trapos sucios. En la ocasión apadrinado por Ricardo Lagos, del que se pensó sería un delfín y quien le aseguró unas vacaciones maravillosamente bien costeadas en Washington a ver si volvía preparado para la presidencia, como lo hiciera luego su compañera de partido, Michelle Bachelet, que se le adelantó y con mayor suerte en la movida.

No han sido los escrúpulos el dolor de cabeza del Tanque. Convertido en mercenario de la Concertación, apostó todas sus cartas por impedir el enjuiciamiento, condena y cárcel de Augusto Pinochet en Londres o en España. Asegurando que todo ello acontecería inexorablemente si lo devolvían a su patria de fechorías, ofreciéndose como garante. No sucedió nada de ello, con lo cual se ganó el aprecio, el respeto y el respaldo de las fuerzas pinochetistas y la admiración de los partidos de la Concertación, que se anotaron un triunfo en su búsqueda de consensos. Los mismos que acaban de tirar por la borda, empujados por los nuevos vientos que soplan, coordinadamente, desde Caracas, La Habana y Sao Paulo. Bismarck la llamaba “realpolitik”. Nosotros: descarado oportunismo.

A pesar del rechazo inicial del castrochavismo, las ofensas públicas que le infirió Hugo Chávez, imbatible campeón de la vulgaridad, el desenfado y el matonaje llamándolo letra sobre letra el “I-n-s-u-l-s-o”, finalmente logró convencerlo de que le sería un servicial aliado al frente de esa quisicosa llamada OEA. Como lo demostraría con creces en casos emblemáticos, como el de Honduras, el de Paraguay y todas aquellas circunstancias en que la OEA debió servir a los intereses de Lula, Fidel Castro y Hugo Chávez. Su insolente y desenfadada alcahuetería de todos los atropellos a la Carta Democrática cometidos en la década de su infamante ejercicio lo han hecho meritorio de ser considerado el peor, el más corrupto y el más descarado servidor de la destrucción de las democracias en América Latina. Bajo su mando, ese tristemente célebre parapeto llamado OEA se convirtió en instrumento de la injerencia castrolulista en la región, el silenciamiento de las oposiciones –inolvidable el desaire a la diputada venezolana María Corina Machado, expulsada por ello de la Asamblea Nacional venezolana con su consentimiento – y los pujos por recibir con los brazos abiertos a los tiranos de la dictadura más ominosa de la centenaria historia de América Latina.

Ducho en los tejemanejes leguleyos, como el más avisado de los tinterillos sureños, siempre supo salirse por la tangente invocando principios ex profeso, culpando al empedrado por su escandalosa cojera y lavándose las manos con argumentos que derivaban sus responsabilidades a la de los países miembros. Como si él, la máxima autoridad de la OEA, no hubiera sido más que un ujier bien pagado para hacer los mandados. El espantapájaros del lulismo.

Caradura como el que más, obligado a dejar el cargo tras dos ejercicios sucesivos, intenta lavarse el rostro con las aguas servidas de una crítica “a lo pintor” a las sevicias del régimen venezolano. La unanimidad nacional que un día fuera, lo sigue siendo pero a nivel continental: ya no le cree nadie.

@sangarccs