• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

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Antonio Sánchez García

Oposición y resistencia

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Oponerse es una cosa. Resistir es otra. Grados distintos de naturaleza e intensidad en el rechazo. Y, sobre todo, en el difícil ejercicio del desalojo del poder de quienes lo han usurpado y no están dispuestos a abandonarlo. En una lucha de esta envergadura histórica y existencial, nuestra primera arma es la unidad y nuestra bitácora, la Constitución Nacional. No la castrada y manipulada hoja de ruta del régimen, y de cierta oposición que solo reconoce las prácticas aleatorias del electoralismo, sino aquella que reconoce una amplia gama de legitimidad resistente en tanto expresión de la verdadera voluntad del soberano. Cuyo primer deber, como lo señala con meridiana claridad ella misma, es impedir su violación. Incluso con las armas constitucionales de la resistencia.

“Ellos (oposición) no van a gobernar más nunca. Ni por las buenas ni por las malas”. Diosdado Cabello, presidente de la Asamblea Nacional de la República Bolivariana de Venezuela, El Universal, 1° de septiembre de 2014.


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Hay, desde luego y apuntado fenomenológicamente una profunda diferencia entre oponerse o resistir, vale decir entre los ejercicios de la oposición y los de la resistencia. Indican diferencias cuantitativas y cualitativas entre el grado y la naturaleza de imposición a las que el sujeto se ve compelido en uno o en otro caso: la oposición, en un Estado de Derecho, responde a un juego de fuerzas inmanentes al sistema de dominación en que tienen lugar las acciones de quien gobierna y las de quienes se les oponen. Es más: los roles de unos y otros son perfectamente intercambiables según las reglas del juego. ¿A qué habría de resistirse quien ve todos los espacios del poder abiertos a su eventual ejercicio opositor y asegurada la posibilidad objetiva y real de abandonar las filas y bancadas opositoras para, en un eventual y previsible cambio de circunstancias, ocupar las de quienes, desplazados del rol gobernante, pasarán a ocupar las filas de la futura oposición? Fue el ejercicio ejemplar cumplido durante cuarenta años de vigencia democrática, cuando oposición y gobierno convivieron bajo un mismo techo. Y gracias a cuyo respeto por las determinaciones constitucionales los actuales detentores del poder pudieron acceder al gobierno y, desde allí, al copamiento y vaciamiento de todas las instituciones democráticas, desde el Parlamento y todas las instancias contraloras a las Fuerzas Armadas y los tribunales de justicia. Fracturando la existencia misma del sistema de dominación y gobierno. Y poniendo en grave riesgo la supervivencia de la república.

La oposición se ve obligada a sufrir un cambio cualitativo cuando quienes ejercen el Poder –como el presidente de la Asamblea lo señalara hoy en la cita del epígrafe– cierran todas las posibilidades objetivas y reales de abandonarlo bajo el imperativo ciudadano y condenan la acción opositora a mero decorado de una escenografía engañosa: las reglas del juego han sido derogadas de facto, el poder deja de ser un juego de equilibrios perfectamente mudable, producto de una delegación de circunstancia y se convierte en una dictadura sine tempore. ¿A qué y cómo habría de oponerse una oposición democrática ante un dictador que manifiesta en hechos, acciones y palabras no estar dispuesto a someterse a las mudanzas de la voluntad ciudadana? ¿A aplaudir la boutade de un capitán golpista que decidió apropiarse del país y convertir la Asamblea Nacional en un antro con entrada restringida por sus veleidades, imposiciones y caprichos?
 
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Es el momento en que la única forma de continuar ejerciendo el acto de oponerse, para ser políticamente eficiente y no cosmético, verdadero y no gatopardiano, es elevando y transformando la cualidad de la oposición, negándose a aceptar las engañosas reglas del juego y elevando la dimensión de la tradicional pugna política inmanente al sistema de libertades democráticas y al Estado de Derecho en un franco y abierto combate por el poder. Es el momento en que, sumidos en una crisis de excepción y por imposición de quienes han asaltado el poder a sangre y fuego y pretenden entronizar un régimen dictatorial de naturaleza totalitaria, haciendo tabula rasa de toda institucionalidad y práctica democráticas, la política desnuda su más íntima naturaleza, su verdadera esencia: ser en rigor la relación amigo-enemigo, sin convivencias posibles.
Una pugnacidad ajena a la voluntad y el deseo de las personas y el capricho de las dirigencias para desenmascarar una tensión propia de la fuerzas históricas enfrentadas tras objetivos existencialmente contrapuestos e irreconciliables: la dictadura o la democracia. Bajo el imperio de una crisis de excepción.

Esa dinámica de fuerzas antagónicas suele ser disfrazada desde las alturas del Poder con falsas disyuntivas, engañosas esperanzas y maniobras distractivas, que buscan institucionalizar la oposición formal y acoyuntarla en un sistema de apariencias democráticas. Salvo que en un descarado ejercicio de brutalidad alguno de sus capitostes suelte la perla señalada. Todas las dictaduras impuestas por la Unión Soviética después del fin de la Segunda Guerra Mundial en sus países satélites contaban con una oposición formal de partidos democráticos y ninguna renunció al uso del adjetivo a la hora de etiquetar sus regímenes: a juzgar por el nominalismo dominante en la URSS todas las repúblicas detrás de la cortina de hierro fueron “democráticas”. La República Democrática Alemana encubría la dictadura del Partido Comunista Alemán como la República Democrática de Hungría, la dictadura húngara, etc. De la misma forma los países sujetos al dominio de la Alemania nacionalsocialista, con un plus de hipocresía y engaño, si bien entendían por “democrático” lo “völkisch”, lo popular, no un determinado sistema de gobierno. “Lo que los férreos fascistas hipócritamente elogian y los dóciles expertos en humanidad ingenuamente practican, la incesante autodestrucción de la ilustración, obliga al pensamiento a prohibirse incluso la más mínima ingenuidad respecto a los hábitos y las tendencias del espíritu del tiempo. Si la opinión pública ha alcanzado un estadio en el que inevitablemente el pensamiento degenera en mercancía y el lenguaje en elogio de la misma, el intento de identificar semejante depravación debe negarse a obedecer las exigencias lingüísticas e ideológicas vigentes, antes de que sus consecuencias históricas universales lo hagan del todo imposible.” (Theodor W. Adorno y Max Horkheimer, Dialéctica de la ilustración, 1944. Editorial Trotta, Madrid, 1994, pág. 52).
 
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Obviamente: “Los dóciles expertos en humanidad” –de los que tenemos excelentes ejemplares de un idealismo conmovedor– hacen oídos sordos a declamaciones de brutal fascismo como los expresados hoy desde la testera de la llamada Asamblea Nacional, no renuncian a la malversación del lenguaje llamando oposición a lo que no es más que una forma de acatamiento. Descalificando toda “resistencia” como un avieso llamado al ejercicio de la violencia por parte de sectores radicales. Para ellos, lo democrático es poner la otra mejilla y esperar paciente y humildemente a que el tiempo nos espere y cuaje en las uvas de la perfección de los dioses. Poco importan los costos, incluso la desaparición de Venezuela.

La resistencia, entendámoslo, parte de la ruptura de la connivencia, la denuncia de las prácticas dictatoriales de quienes hegemonizan el dominio del poder en todas sus instancias –desde los órganos parlamentarios y judiciales a las fuerzas armadas y policiales–  y el esclarecimiento de la ciudadanía ante la catástrofe apocalíptica que nos amenaza. ¿O es que la pérdida de nuestra identidad y nuestro modo de vida existencial, indisolublemente ligado a la permanente práctica del ejercicio de la libertad y la defensa de la identidad y soberanía de la república que nos constituye no revisten un carácter apocalíptico en tanto exterminan la nacionalidad y liquidan nuestra patria?

De allí la insoslayable necesidad de ceñirse estrictamente a la correcta terminología política, llamando al pan, pan y al vino, vino. Oponerse es una cosa. Resistir, es otra. La oposición democrática alemana pudo expresarse ante el presidente Hindenburg, antes de febrero de 1933. Luego, Hitler y su jefe parlamentario, Hermann Göring, decidieron incendiar el Reichstag y acabar con los partidos. Se hicieron imperativos grados distintos de naturaleza e intensidad en el rechazo al fascismo, si bien ya era demasiado tarde. Y sobre todo imposible en el difícil ejercicio del desalojo del poder de quienes lo habían usurpado y no estuvieron dispuestos a abandonarlo.

Guardando las debidas distancias, en una lucha de esta envergadura histórica y existencial, nuestra primera arma es la unidad y nuestra bitácora, la Constitución Nacional. No la castrada y manipulada hoja de ruta del régimen, para el cual la oposición no volverá a gobernar jamás, y de cierta oposición que solo reconoce las prácticas aleatorias del electoralismo, sino aquella que reconoce una amplia gama de legitimidad resistente en tanto expresa la verdadera voluntad del soberano. Cuyo primer deber, como lo señala con meridiana claridad la propia Constitución, es impedir su violación. Incluso con las armas de la resistencia.

El desafío es hoy. Mañana podría ser demasiado tarde.
 
@sangarccs