• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

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Antonio Sánchez García

Ninguneando expresidentes

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A los Castro son pocos los crímenes de los no se los pueda inculpar: crueles, despóticos, tiránicos, desalmados, camorreros, atropelladores, genocidas, implacables, ambiciosos e inhumanos. Pero ni a Raúl, ni muchísimo menos a su hermano mayor, Fidel Castro se los puede tachar de estúpidos. De todas las artes del dominio político Fidel ha sido el más hábil, el más acucioso, el más prolífico de los caudillos que han sido en la historia de América Latina, si no de Occidente. No ha sobrevivido a todas las presidencias y a todos los papados existentes desde el 1° de enero de 1959 en el mundo entero por mengua intelectual o pobreza imaginativa.

¿Qué fue finalmente lo que lo llevó a escoger al menos capacitado, más inculto, analfabeta y rufián de sus agentes instalados en Venezuela para asumir la herencia de Hugo Chávez, el más avisado de sus discípulos? No he encontrado hasta el día de hoy otra respuesta que la siguiente: consciente de que la supervivencia de Venezuela tenía los días irremisiblemente contados y de que a su revolución ya le estaba llegando su hora, optó por el más fiel, más leal, más sumiso, más romo, abyecto, intrascendente y lacayuno de sus esbirros, aquel que le asegurara contra viento y marea el acceso a sus menguadas riquezas y le diera absoluta certeza, hasta el último segundo, de que no le haría una desconocida como la que él le ha estado preparando a la izquierda castrista latinoamericana y mundial: irse con Estados Unidos.

En estos dos años, según deja ver la encuesta de Alfredo Keller, pulverizó la popularidad difícilmente mantenida por Chávez en las buenas y en las malas por sobre 50%. Liquidó todo equilibrio de fuerzas, se echó encima a la mitad de la vieja clientela chavista y hasta melló el respaldo de los más duros de entre los duros del chavismo. Lo saben los Castro. ¿Les importa? ¿O es que también se justifica mi otra tesis, a saber: la de que Fidel Castro, desde el famoso portazo en las narices que recibiera de Rómulo Betancourt en Prados del Este, soberbio como Ulises y vengativo como Zeus, recién victorioso héroe de la Sierra Maestra, no tiene otro objetivo con nuestro país, luego de convertirlo en campo de desolación y tinieblas, que arrasarla hasta sus cimientos?

Yo no puedo creer que un abogado, así jamás haya llevado a cabo otro litigio que su propia defensa, pueda ser tan estúpido y suicida como para ofender a un expresidente de la República como Felipe González, fiel y consecuente amigo de la revolución cubana cuando ardía Troya y uno de los políticos más sobresalientes de la España posfranquista. ¿Cómo va a rebajarse al lenguaje de un proxeneta de prostíbulo de cuarta calificándolo de lobbista, valga decir: desconociéndole toda intención de alta política en un hombre jamás cuestionado? ¿Cómo se va a echar encima a expresidentes de la talla de Andrés Pastrana, Fernando Henrique Cardoso, Ricardo Lagos, Felipe Calderón, Alejandro Toledo, Luis Lacalle y así, prácticamente a todas las presidencias que en la Latinoamérica de nuestro inmediato pasado, progresista y  democrática, han sido?

No encuentro otra explicación. Los Castro quieren que Maduro se despeñe, termine pulverizado y se extinga en las nieblas de la hecatombe con toda su inmundicia, esbirriato y parentela. Cargar con sus restos sería demasiado lastre para el proyecto que animan: volver a hacer de Cuba un país vivible. Mientras, a chuparle hasta la última gota.