• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

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Antonio Sánchez García

La caída del Muro, el Foro de Sao Paulo y América Latina

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No se sabe, y tal vez jamás se sepa, cuántos millones de dólares del Estado venezolano puso el teniente coronel Hugo Chávez en manos de Lula da Silva y Marco Aurelio García, su mano derecha y hombre encargado de la Conexión Sao Paulo Caracas, para ganar la presidencia del Brasil en 2003. Cumplía con obediencia un compromiso sellado con Fidel Castro, su padre putativo: montar al ex sindicalista metalúrgico de proveniencia trotskista en la presidencia de la primera potencia suramericana y desde allí extender la mancha del castrochavismo por toda la región. A juzgar por los miles de millones de dólares anuales y los más de 100.000 barriles de petróleo diarios regalados a Cuba desde entonces, la mano con que se auxilió al PT para entrar al poder por la puerta grande ha de haber sido extremadamente generosa. Tanto, como para que Chávez se apareciera intempestivamente cuando le venía en ganas y en las ocasiones más inoportunas por Brasilia a ver cómo crecían las ganancias de su inversión política. Pasar a verlo en funciones, así rompiera el protocolo y perturbara a Itamaratí, era un derecho adquirido. Años después, “los maletines” cargados con millones de dólares contantes y sonantes de Pdvsa se harían emblemáticos en América Latina, por lo menos uno de ellos contentivo de $800.000,00 descubierto en un incómodo incidente aduanero bonaerense mientras corría la campaña presidencial de Cristina Fernández. Jamás se supo ni se sabrá cuánto fue el monto total invertido por la estatal venezolana en la elección y reelecciones de los Kirchner. Y en las de todos los restantes presidentes matriculados en el foro paulista. De lo que no nos olvidamos es de los 5.000  millones de dólares que le entregó para resolver sus problemas financieros. ¿Fueron devueltos?


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Después del machetazo que el teniente coronel venezolano le encajara en diciembre de 1998 a la inerme y desorientada cuarta república, transcurrieron exactamente cuatro años para que Lula se hiciera con el gobierno del Brasil y cinco meses más para que Néstor Kirchner lo lograra en Argentina. Conquistadas las joyas de la corona – Venezuela, Brasil y Argentina – lo demás fue coser y cantar. Si bien en los casos de Evo Morales en Bolivia debieron transcurrir otros tres años, cuatro para el de Rafael Correa en Ecuador y sendas turbulencias cuarteleras, golpes de Estado, derrocamientos varios – en Argentina se hicieron y deshicieron gobiernos en horas - y otros accidentes debidos a la porfía con que Fidel Castro, Lula y el Foro de Sao Paulo lo habían decidido: la nueva estrategia ordenaba entrar al poder por la puerta ancha de procesos electorales, con plena legitimidad de origen para luego, si se daban las mismas condiciones que en Venezuela, pasearse por la ilegitimidad de desempeño, vaciar las instituciones democráticas de todo contenido vinculante y convertirlas en mascarones de proa de un nuevo establecimiento, como en Venezuela: fundar repúblicas socialistas y bolivarianas.

Una década después y rotas todas las trabas convencionales, el ex guerrillero tupamaro Pepe Mujica se montaría en el Poder en Uruguay, la ex guerrillera Dilma Rousseff sucedería a Lula en Brasil por dos mandatos consecutivos  más y la militante socialista clandestina Michelle Bachelet, criada en la RDA, volvería al Poder del Estado chileno libre de los compromisos y ataduras de la vieja Concertación Democrática, tras el proyecto de revivir la vieja Unidad Popular, esta vez según el ansiado sueño de Luis Corvalán, el ex secretario general del Partido Comunista de Chile: con el centro de la Democracia Cristiana acoplado al carro de la izquierda marxista. El desiderátum. En veintidós años, de 1992 a 2014, la faena parecía completa: América Latina reposaba en los brazos del anciano habanero. Su Deus ex machina: Hugo Chávez.

Ha sido un copamiento sistemático, tenaz y sin fisuras del castrochavismo por hacerse con el control de la región sin un solo disparo, sin derramar una gota de sangre, sin perturbar el orden institucional y las buenas conciencias del democratismo imperante en Occidente. Al extremo de coronar la andadura con el control absoluto de la OEA, en manos del militante socialista José Miguel Insulza, y de todos los organismos regionales. La cuadratura del círculo. Por un suspiro la dominación de América Latina no terminó sin hiatos: México y Perú se han salvado, por ahora, por décimas de puntos. Siguen en la mira.

 

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Este 9 de noviembre se conmemoran veinticinco años de la caída del Muro de Berlín, antecedente directo de la implosión de la Unión Soviética y la desaparición del bloque de “tras la cortina de hierro”. Ambos sucesos – la caída del Muro con sus consecuencias histórico universales y la expansión del castrochavismo en América Latina, así parezcan absolutamente desvinculados, lo están en grado superlativo.

La desaparición de la Unión Soviética en 1991 y del subsidio que la mantenía con vida desde los comienzos mismos de la revolución produjo efectos devastadores en Cuba, dando inicio al llamado “período especial”. Por primera vez en sus treinta y dos años de historia, la Cuba revolucionaria se veía compelida a vivir por sus propios medios, para lo cual jamás estuvo ni estará capacitada. O vive de la caridad ajena o desfallece. Una brutal reducción del PIB del orden de 36% sólo en los dos primeros años del período, carencias de petróleo y alimentos esenciales, proliferación de enfermedades debidas a la mal nutrición, entre ellas una insólita y medieval epidemia de ceguera,  y un desaforado esfuerzo por acometer reformas que permitieran la simple sobrevivencia. Paliadas en parte gracias a la apertura a las inversiones turísticas europeas, particularmente españolas, reforzadas mediante la puesta en práctica de una ancestral industria cubana de tiempos de la gran flota española: la prostitución como fuente de divisas.

Es cuando Fidel Castro se vuelve una vez más a América Latina y funda, en 1992, conjuntamente con Lula da Silva, el llamado Foro de Sao Paulo, una suerte de Internacional Latinoamericana Marxista que reúne a todos los partidos de izquierda y extrema izquierda, movimientos guerrilleros y ONGs contestatarias de la región para coordinar esfuerzos tras un segundo gran embate por la conquista de América Latina y la expansión del castrismo, si bien bajo las renovadas formas de una estrategia combinada, pacífica, electoralista y suficientemente versátil y flexible como para adecuarla a las circunstancias específicas de cada país.

 

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Las graves penurias del período especial, la tozudez y la infinita paciencia de Castro se conjugaron para una gran victoria estratégica. Como le ha sucedido durante toda su vida, la suerte le acompañó en el intento. Encontrando primero la comprensión y el auxilio de tres reconocidos líderes democráticos – Felipe González, Carlos Andrés Pérez y César Gaviria -, erradamente convencidos de que era posible reintegrar a Castro y su régimen totalitario al seno de las democracias latinoamericanas y la OEA, y dándose de frente, luego, con un comandante golpista en el que vio de inmediato al prospecto capaz de apoderarse de Venezuela y endosarle el petróleo venezolano, arma que de caer en sus manos – como se lo afirmara personalmente a Regis Debray  y su esposa venezolana Elizabeth Burgos durante la segunda mitad de los sesenta en La Habana “sería capaz de hacerse con el dominio del mundo”.

Esa relación, establecida con Hugo Chávez a poco ser liberado de la cárcel por el presidente Rafael Caldera, en el curso del año 1995, haría realidad el modelo de que se serviría el Foro de Sao Paulo para conquistar a unos y a otros: promover graves crisis de los sistemas de dominación, derrocar gobiernos constituidos, conquistar los gobiernos mediante procesos electorales – fraudulentos, amañados o intervenidos desde el ejecutivo - y poner en práctica el virtual saqueo de la institucionalidad democrática, allí en donde, como en Venezuela, fuera posible. Populismo, estatismo y clientelismo, las clásicas armas del caciquismo conservador latinoamericano del pasado, convertidas en las nuevas armas de la injerencia marxista en la región.

 

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Lejos de garantizar la paz perpetua perseguida por Kant o de haberle puesto fin a la historia, como pretendiera Fukuyama, la caída del Muro, la implosión del bloque soviético y la desaparición de la bipolaridad característica del período de Guerra Fría abierto tras del fin de la Segunda Guerra Mundial más se asemeja al último suspiro de Nietzsche que a la pastoral utopía hegeliano marxista del Manifiesto Comunista.

En rigor, la derrota infringida a los soviéticos por el gobierno Reagan con su Guerra e las Galaxias mientras crecían las demandas por mejoras sociales y económicas de sus ciudadanos y la crisis alcanzaba contornos exponenciales, desarticuló la gendarmería mundial de la que ambas superpotencias se ocuparan entre 1945 y 1990.  Tanto a nivel europeo – la OTAN y el Pacto de Varsovia – como a nivel mundial. China ha reducido su intervención al plano económico, convirtiéndose en la primera potencia emergente mundial, los Estados Unidos han reducido drásticamente su capacidad de intervención policial en los conflictos internacionales, Europa está prácticamente marginada de la resolución de los grandes conflictos, mientras desaparecen los marcos y diques de contención de los conflictos sociales, raciales y religiosos que atenazan a Occidente.

La amenaza de inestabilidad creciente representada por el Estado Islámico tanto para el propio mundo árabe como para el resto del mundo, así como el freno que sufre el crecimiento económico global,  plantean interrogantes de compleja y muy difícil respuesta. Desde luego, esta situación de indefiniciones y conflictos mundiales maniatan a los Estados Unidos respecto de su vigilancia sobre el patio trasero y dejan el terreno libre para la actividad de las pretensiones neocoloniales del Foro de Sao Paulo. Que ha sabido comprender y anticipar los conflictos del Medio Oriente y sellar alianzas que, en el caso de Venezuela, llegan al extremo de servir de plataforma de expansión e injerencia del talibanismo islámico en la región. Al mismo tiempo que de puente para la penetración del capitalismo chino, hoy prácticamente dueño del petróleo venezolano. Y en vías de un expansivo crecimiento de su influencia económica sobre toda el hemisferio.

¿Existen razonables perspectivas de éxito para la recuperación plena, en el corto y mediano plazo, de las democracias liberales en América Latina? Esta suerte de crisis de reordenamiento y cambios de paradigmas que se advierte en países tradicionalmente estabilizados, como Chile, ¿podría llegar a fracturar su propio sistema político como los de Perú, Colombia, México y Centroamérica?

Hasta ahora, son preguntas sin respuestas. Nos advierten sobre un panorama ensombrecedor.