• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

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Antonio Sánchez García

Memorias proscritas y Contra el olvido

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Debí renunciar a subrayar sus declaraciones, agobiado por la abundancia de revelaciones, explicaciones y aciertos que enriquecen cada página de este libro que retrata en toda su grandeza a uno de nuestros más grandes polígrafos, diplomáticos, historiadores y políticos venezolanos. Un hombre propiamente renacentista por la amplitud de sus inquietudes y curiosidades, la vastedad de sus conocimientos y la experiencia principesca en el manejo de nuestra realidad política.
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La urgencia de los hechos ha venido a acentuar una muy mala costumbre nacional: no leer o leer mal y muy poco. Y no me refiero a la lectura de esos libros perfectamente prescindibles que colman de baratijas editoriales las vitrinas de las pocas librerías que nos van quedando. Con escasas excepciones, obedientes al concepto de las grandes tiendas por departamentos, sometidas también, por razones del mercado, a la oferta de superficies, al brillo de las apariencias, al nefasto precedente del best sellers: los más vendidos.

Es la irrupción de la masificación de la trituradora comercial, al margen de la cual se han escrito todas las grandes obras de la literatura universal. Así cumbres literarias como El Quijote hayan conocido paradójicamente y desde su primera publicación lo que para las dimensiones del mercado editorial de su tiempo pueda calificar de un resonante éxito de ventas. Al revisar estadísticamente las ventas alcanzadas por las obras primeras de genios como Jorge Luis Borges se comprueba un hecho palmario: la gran literatura ha sido creada al margen de cualquier pretensión crematística.

Pues la cultura, al margen de sus propias intenciones, ha sido, es y será necesariamente elitesca. Propia del ocio, ubicada desde la maravillosa metáfora de los galeotes a los que Odiseo hizo tapar con cera los oídos para que no enloquecieran con la belleza del canto de las sirenas; en la antípoda del no ocio, el negocio. Que ha terminado deglutiéndose también el ocio hasta convertirlo en una gigantesca industria, la Kulturindustrie contra la que pensaran y escribieran los grandes críticos de la cultura posindustrial, Theodor Adorno, Max Horckheimer, Jürgen Habermas, Herbert Marcuse.

Pero la industria cultural obedece al mismo propósito de masificación al que tiende el mercado. E inventa, llevada por la dinámica universalizadora del capital y la mercancía, al entretenimiento de masas: primero el cine, luego la televisión. Obras cumbres de la literatura universal, como las grandes novelas de Dostoievski, surgieron como folletines de consumo hebdomadario. A cuentagotas. Una sola transmisión de Los hermanos Karamazov por televisión puede reunir a millones y millones de televidentes. A los que, obviamente, se les priva de la belleza del lenguaje literario y la relación íntima del autor con su lector.

Así, el libro ha terminado convertido en el subproducto de la industria cultural, un fenómeno marginal, concentrado y centralizado para optimizar los rendimientos en pequeños grupos monopólicos. Tanto o más discriminatorios cuanto menos desarrollados culturalmente sean las sociedades en los que los libros que tuvieron la suerte o el poder de atravesar las barreras estrictamente comerciales de los jurados seleccionadores llegan a un consumidor cada vez más desvaído en sus hábitos lectores. Una tragedia.

 

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Queda reservado al libro, así sea en el minúsculo círculo de ciudadanos cultos, informados o sedientos de conocimientos -esa extraña élite que por fortuna es impermeable a la vulgarización-, el privilegio insustituible de transmitir la reflexión sociológica, política o cultural sobre aquello que Ortega y Gasset llamaba "las circunstancias". Aun en aquellos países, como el nuestro, en que la política se muestra renuente a convertirse en objeto de investigación, y el libro sobre "las circunstancias", en objeto de culto. Alérgicos, como parecemos, de vernos en el espejo de la autocrítica y sacar las consecuencias del caso. Como en Francia, cuya potente industria editorial y un acendrado hábito de lectura convertido en vicio permite, e incluso impone, que tras sucesos políticos que sacudieran a la sociedad francesa se vean de inmediato convertidos en best sellers. No es la televisión francesa el foro de la máxima discusión, difusión y metabolización de la crítica a las circunstancias: es el libro. El fenómeno Chávez, de haberse dado en Francia -un imposible desde el fascismo hitleriano- hubiera dado origen a centenares de libros apasionantes. Pero Francia es una rara y exigua excepción en el mundo.

Para nuestra inmensa fortuna, el esfuerzo editorial de unos pocos iluminados y la perseverancia en el oficio del pensar de unos cuantos intelectuales ha hecho posible que se hayan escrito obras de investigación, análisis y testimonios verdaderamente imprescindibles. Son muchos más de los que creemos, pues la mayoría de ellos no ha logrado transgredir el cerco de la indiferencia y pasarán al olvido, a los desvanes o a las escasísimas librerías de viejos y usados que sobreviven en medio de la devastación provocada por el régimen. El menos interesado en que los ciudadanos lean y piensen.

Pero los hay. Algunos llegaron a romper la barrera de la apatía, como el excelente reportaje de estos tiempos de delirio y extravíos escrito por la periodista venezolana Mirtha Rivero, La rebelión de los náufragos, que vendiera decenas de miles de ejemplares. Cuando habitualmente libros de su tesitura, sin afanes sensacionalistas ni morbosos escarceos con sucesos criminales, no sobrepasan una primera edición de 1.000 o 2.000 ejemplares.  Por cierto, una extraordinaria recopilación de los tristes y lamentables sucesos que dieran al traste con nuestra democracia, empujándonos al abismo en que nos encontramos.

Pero hay otros tanto o más excepcionales que los de Mirtha Rivero, que han languidecido, se han agotado sin provocar reediciones posteriores o luchan denodadamente por llegarle al oído sensible que pueda captar en toda su amplitud la inmensa relevancia de sus revelaciones. Quisiera dedicarles particular atención a dos de ellos, que considero de una importancia trascendental para comprender la inmensa gravedad de esta crisis de excepción que padecemos, la monstruosa responsabilidad que nos cabe en su génesis, iluminando al mismo tiempos los tenebrosos años de tinieblas a los que taras congénitas y vicios y debilidades ancestrales han terminado por hundirnos: Carlos Andrés Pérez, memorias proscritas, de Ramón Hernández y Roberto Giusti (Los Libros de El Nacional, Fuera de Serie, Caracas, 2006), y Contra el olvido, conversaciones con Simón Alberto Consalvi, Ramón Hernández, Editorial Alfa, Colección Hogueras, Caracas, 2011 y 2012.

 

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Los he leído con verdadera pasión. El primero de ellos, para mi vergüenza, a siete años de haber sido publicado y gracias al azar: visitaba El Nacional y lo vi a un precio verdaderamente irrisorio en un pequeño kiosco que está ubicado en la recepción del periódico. No miento si digo que debe haber sido el último ejemplar que sobrevivía, pues nada más terminarlo salí a comprarlo por todas las librerías de Caracas, en todas las cuales estaba agotado. Me perdí así el placer de regalárselo a mis amigos, particularmente a los más jóvenes que se aventuran a lidiar en la arena política sin el más mínimo conocimiento no digamos de nuestro pasado republicano, lo que podría sonar exagerado, sino de su más inmediata realidad política, a cuyos coletazos se aferran difamándola, menospreciándola o desconociéndola. ¿Qué saben en verdad de los entretelones de las luchas, esfuerzos y sacrificios que costó imponer la democracia en nuestro país aquellos de nuestros jóvenes líderes que no pierden oportunidad de cebarse en la mal llamada "cuarta república"?

Roberto Giusti y Ramón Hernández lograron el prodigio, sin duda facilitados por las dolorosas circunstancias existenciales por las que atravesaba uno de los dos políticos más excepcionales del siglo XX venezolano -el otro, su jefe, compañero y maestro, Rómulo Betancourt-, de hacerle abrir el corazón a despiadadas, insólitas e incluso cruentas confesiones. Aquello más íntimo y personal de lo que un político mayor se cuida hasta los máximos extremos de revelar o dar a conocer. Un reservorio de creencias, pensamientos, prejuicios, propósitos e ideas que resguardan de manera tan prolija, que muchas veces me he preguntado si ellos mismos son conscientes del baúl en que los custodian. Pues un político mayor -y en Venezuela han sido tan escasos como los diamantes- tiene la más plena conciencia de que su lengua puede ser el espejo de su alma. Y a ella, el alma, más vale tenerla confinada tras siete sellos.

Es una inmensa desgracia que Los Libros de El Nacional no hayan procedido a una reedición. Es una obra fundamental para comprender esta historia de éxitos y fracasos, desembarcos y naufragios, partidos, hombres y circunstancias. Como sí lo ha hecho la Editorial Alfa, que procedió a lanzar una segunda edición de las extraordinarias conversaciones de Ramón Hernández con nuestro entrañable Simón Alberto Consalvi, con cuya inesperada muerte desapareció uno de los más ricos reservorios del pensamiento, la inteligencia, la política y la cultura de nuestro país. También en estas conversaciones logra Ramón Hernández que Consalvi revuelva con su acucioso y prodigioso conocimiento de protagonistas y sucesos el fondo oscuro de nuestra vida política y nos enseñe grandezas y miserias de nuestro devenir.

Debí renunciar a subrayar sus declaraciones, agobiado por la abundancia de revelaciones, explicaciones y aciertos que enriquecen cada página de este libro que retrata en toda su grandeza a uno de nuestros más grandes polígrafos, diplomáticos, historiadores y políticos venezolanos. Un hombre propiamente renacentista por la amplitud de sus inquietudes y curiosidades, la vastedad de sus conocimientos y la experiencia principesca en el manejo de la realidad política.

¡Qué gran presidente de la República hubiera podido ser Simón Alberto Consalvi, si la Venezuela de sus desvelos hubiera estado a su altura! Si quiere comprobar si exagero, léalo. Saldrá de su lectura enriquecido por un conocimiento esencial de nuestras desgracias.