• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

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Antonio Sánchez García

Huber Matos, Carlos Franqui, Alfredo Guevara

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"Después de confesiones tan irrebatibles y estremecedoras en boca de protagonistas de primera línea, me queda la duda acerca de la capacidad intelectual de quienes se siguen diciendo revolucionarios, en el viejo, leninista y ya discontinuado uso del término. Los otros, los estafadores, poco importan. Guevara murió sospechando que la revolución había sido una terrible estafa que bien le hubiera valido un tiro en la sien. Carlos Franqui, una impostura. Huber Matos, una brutal tiranía. Pobre Alfredo Guevara. Debe haber tenido la muerte que temía: en el desamparo de su mala conciencia."


A Carlos Alberto Montaner

 

“Aquí, en la soledad de mi calabozo, quisiera demoler a golpes los muros y las rejas, para poder salir a la calle y alertar al pueblo cubano sobre la terrible noche que le acecha”. Huber Matos, 1959

 

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 “Es una verdad incontrovertible que el triunfo de la revolución castrista ha sido, y es todavía, el más trágico acontecimiento de la historia de Cuba (…). Es trágico saber que se estuvo obligado a participar en una revolución cuyas consecuencias fueron monstruosas”. La escalofriante confesión la publicó Carlos Franqui hace 18 años en su libro Cuba, la revolución, ¿mito o realidad? Memorias de un fantasma socialista.* Entonces aún no lo era: lo fue a partir de abril de 2010, cuando muriera en San Juan, Puerto Rico. De modo que, es cierto, estamos ante las confesiones de uno de los fantasmas de la revolución cubana.

Letras Libres publicó en mayo de 2014 las breves, lapidarias y clandestinas confesiones de otro que ya es fantasma socialista, el cineasta y gurú de la cultura castrista hasta el mismo día de su fallecimiento, Alfredo Guevara (1925-2013), hechas a los periodistas Abel Sierra Madero y Nora Gámez Torres (http://linkis.com/www.letraslibres.com/fLpzI) entre las brumas del miedo a la policía castrista y las acechanzas de la muerte que ya le pisaba los talones a pocos meses de su deceso, acontecido en La Habana el 19 de abril de 2013. No va en ellas, ni el cinismo le permite, ir tan lejos en su crítica a la llamada revolución cubana como Carlos Franqui (1921-2010), durante años el emperador de la prensa castrista, ni tiene el coraje de llamar las cosas por su nombre denunciando el horror del estalinismo del que fuera un fiel amanuense y servidor, pero el peso de su conciencia parece más abrumada por la fidelidad a un proyecto del que conoció todos sus horrores y del que temía terminara por demostrar, como sucediera pocos meses después,  que su vida no había sido más que una inútil comedia fáustica al servicio del demonio caribeño: “Nunca ha existido el socialismo, tampoco en Cuba. Nuestro proyecto original ha sido deformado y la única esperanza que nos queda es que tengamos la fuerza para cambiar, no la imagen sino la esencia estructural del proyecto. Si me equivoco, entonces habré perdido toda mi vida y será una novela como la he soñado, pero trágica. Porque lo único que merecería mi vida es que me suicidara.” Se equivocó. La naturaleza se encargó de ahorrarle el despilfarro de su último disparo, si es que en sus tiempos de gloria castrista emuló a su amigo Ernesto Guevara fusilando infelices. Como en el tango de Aníbal Troilo y Cátulo Castillo que inmortalizara el polaco Goyeneche, capaz que le hubiera sucedido lo que al desgraciado personaje de Desencuentro, a quien: “ni el tiro del final le va a salir”.

 

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La trilogía de la desesperanza se completa con las estremecedoras confesiones del más íntegro y vertical de los tres testigos de cargo de la aterradora desgracia que enlutara para siempre la historia de Cuba, porque se negó a cucharear un solo minuto más con el demonio: Huber Matos y el conmovedor testimonio de cómo llegó la noche**. Pues si Alfredo Guevara fue el clásico burócrata estalinista, asediado por la culpa de sus posibles actos de sevicia sólo al final de sus días, y Carlos Franqui alcanzó a servir con lealtad a esa Diosa venerada e intocable que llamábamos con unción “la revolución cubana” hasta que reventó, Huber Matos se bajó del carro del castrismo a pocos meses del asalto al Poder, en cuanto comprendió que ese proceso no tenía nada que ver con el pueblo cubano y sus afanes libertarios sino que le pertenecía en propiedad a la Unión Soviética y a quienes se ungieran al carro del comunismo internacional, pagando su honestidad, su integridad y su grandeza con aterradores veinte años de cárcel y torturas. Falleció en Miami el 27 de febrero de 2014. Con la paz y la grandeza de una conciencia inmaculada.

Deja un sabor amargo la lectura de esas vergonzantes declaraciones de un hombre al que posiblemente se deban algunas de las más notables y logradas realizaciones de la cultura oficial cubana de este medio siglo trágico, que comenzara con fanfarrias deslumbrantes y culmina con el hedor de los mataderos. Que contara entre sus admiradores a grandes entre los grandes de la cultura y el pensamiento universal, como Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir para terminar sobreviviendo literalmente del servicio de un polizonte, carterista y estafador de origen desconocido llamado Nicolás Maduro.

No lo cito por azar. Aún treinta años después del parto de la monstruosa impostura que diera en bautizarse de revolución para convertirse a poco andar en una espantosa tiranía, un grupo de respetables y honorables intelectuales venezolanos le brindarían una apoteósica bienvenida al ínclito tirano. Coleados entre grandes historiadores, literatos y artistas, que pronto despertarían al horror de la inmundicia cubana que acababan de santificar para alfombrarle sin siquiera saberlo el asalto al palacio de gobierno al bufón vernáculo del castrismo, el teniente coronel Hugo Rafael Chávez Frías, se camuflaban los quinta columnas que conspiraban con las fuerzas armadas para demoler las certidumbres democráticas que sostenía esa generosa muestra de cordialidad y bienaventuranza tan propia de la Venezuela de entonces.

 

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En El 18 Brumario de Luis Bonaparte, una de las más deslumbrantes obras de análisis políticos y sociológicos debidas al genio de Carlos Marx, éste afirma una verdad confirmada trágicamente siglo y medio después en la desangelada y menesterosa realidad política de la Venezuela petrolera, a la rastra de la tiranía cubana, a la que imita, como farsa, a la que alimenta, como satrapía, y con la que ha establecido un oprobioso contubernio de la que ambas dependen existencialmente para sobrevivir: una, poniendo el petróleo, la otra el know how represivo. En efecto, “la Historia se repite dos veces, la primera como tragedia, la segunda como farsa”. Como para ilustrarlo, un pobre infeliz se pasea por las calles de Caracas montado en un jeep de la segunda guerra, disfrazado de Che Guevara.

En sus declaraciones, confiesa Guevara en passant y sin percatarse de la gravedad de sus afirmaciones al borde de la fosa: “Yo quería que mi vida pudiera mirarse hacia atrás como una novela, que me pasaran muchas cosas, que viviera muchas cosas, esa era mi imaginación y pensaba que para eso había que ser o millonario o revolucionario. Decidí escoger el camino de la Revolución. Claro, también era más difícil emprender el camino de ser millonario. Lo bueno sería ser millonario y a la vez revolucionario”. Debe haber sabido al decirlo, cosa en absoluto secreta o desconocida, que ese oscuro objeto de sus deseos – ser millonario y revolucionario – sólo hecho realidad en Cuba por Fidel, Raúl y algunos escasísimos escogidos que figuran o podrían figurar en la lista de Forbes, como el chileno Max Marambio, se había hecho escandalosa realidad en Venezuela, donde gracias al respaldo de los Castro y la dirigencia a la que él pertenecía, toda la nomenklatura es millonaria y revolucionaria. Digamos: millonaria en los hechos y con cuentas bancarias de diez dígitos; revolucionaria, por lo menos, del cerco de los dientes hacia fuera. Para quienes la revolución no es más que la legitimación de sus estupros.

Una última observación, que desenmascara la más íntima verdad de la tragedia castrista. Alfredo Guevara fue un marxista convencido y militante, como los dos Castro. Y como ellos, ilustrado, estalinista y maquiavélico. Un desalmado. Sólo así se explica que tras medio siglo de sistemática y deliberada esclavización del pueblo cubano  lo venere místicamente en su abstracta realidad conceptual y lo aborrezca y desprecie groseramente en su realidad real: “No creo que mi pueblo valga la pena. Creo en sus potencialidades pero no en su calidad. A nosotros siempre nos han querido meter en el molde de la Unión Soviética. Conversando con un intelectual francés sobre las particularidades de Cuba en una ocasión, yo lo quería convencer de que éramos muy diferentes y ese día lo convencí, porque le dije: ‘Sal a la calle. ¿Tú crees que con esos culos y con esas licras alguien puede entender Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana? ¿Tú crees que es posible eso?’ Acto seguido se rió y me entendió. Hay que tomar en cuenta el trópico, dios mío. En el trópico no se pueden aplicar ni siquiera las fórmulas más puras de Carlos Marx”.

Después de hechos y confesiones tan irrebatibles y estremecedoras de protagonistas de primera línea, me queda la duda acerca de la capacidad intelectual de quienes se siguen diciendo revolucionarios, en el viejo, leninista y ya desfasado uso del término. Los otros, los estafadores, poco importan. Guevara murió sospechando que la revolución había sido una terrible estafa que bien le hubiera valido un tiro en la sien. Carlos Franqui, una impostura. Huber Matos, una brutal tiranía. Pobre Alfredo Guevara. Debe haber tenido la muerte que temía: en el desamparo de su mala conciencia.

 

*  Carlos Franqui, Cuba, la revolución, ¿mito o realidad? Memorias de un fantasma socialista. Ediciones Península, España, 2006.

 

** Huber Matos, Cómo llegó la noche, memorias,  Tusquets Editores, España, 2002.