• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

Al instante

Ni Marx ni Jesús. Las revoluciones que nunca fueron

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“Como es sabido, toda revolución debe aportar soluciones económicas y tecnológicas de una eficacia superior al sistema que destruye. Una revolución está perdida si no es más técnica ni desarrolla una mejor gestión que la anterior, permanece en el quietismo o cae velozmente en el subdesarrollo, de manera tal que se encuentra incapacitada para mantener sus promesas. Por lo tanto, debe elegir entre ceder el sitio o conformarse con resolver el problema de la continuidad de un equipo dirigente que ejerce el poder, por medio de la dictadura”. [1]

 

A los pocos revolucionarios que fueron, si aún quedan.

A Nicmer Evans y Hans Dieterich.

 

El azar pone en mis manos el primer ensayo político escrito por el entonces desconocido pensador recién desembarcado del Partido Socialista de François Mitterrand, el filósofo Jean François Revel, que lo lanzó a la popularidad mundial, poniéndolo en la vanguardia del pensamiento crítico liberal europeo. Ni Marx ni Jesús fue escrito en 1970, en medio del furor revolucionario que conmovía al mundo, y la razón de su éxito fulminante e instantáneo fue su osada y aparentemente desfachatada teoría, según la cual ninguna de las supuestas revoluciones que habían conmovido a la humanidad había sido o sería jamás verdaderamente revolucionaria, ni muchísimo menos socialista, porque así nadie pudiera ni siquiera imaginárselo, la única revolución que ya estaba en curso en este “siglo XX cambalache, problemático y febril” y seguiría desarrollándose, no tenía lugar ni en el Chile de Allende, ni en la China de Mao ni muchísimo menos en la URSS de Leonid Brézhnev, la Cuba de Fidel Castro o las sangrientas comedias bufas del socialismo africano, vale decir, en países anclados en un pasado bárbaro y tribal –pasatismo, lo llama Revel, esa fijación neurótica al pasado, del que adolecemos en Venezuela en grado superlativo–, sino, nada más y nada menos, que en Estados Unidos de Norteamérica. El único país del planeta verdaderamente orientado hacia el futuro desde el mismo arribo del Mayflower.

No me encargaré de reseñar su libro ni de explicar su fascinante teoría, que comparto absolutamente, si bien confieso con pesar haber tardado cuarenta años en metabolizarla, pues nadie mejor para explicarla que el propio Revel. De modo que recomiendo fervientemente su lectura, si es posible encontrar su libro en algún comercio de libros usados, tal como yo mismo lo hiciera. Que otro de los nefastos efectos de esta farsa sangrienta, zarrapastrosa, corrupta, auténticamente bolivariana, reaccionaria y retrógrada que se autocalifica de revolucionaria ha sido la catástrofe del mercado editorial y la práctica decadencia si no la desaparición de las librerías. Prefiero en cambio copiar textualmente su opinión acerca de lo que es una revolución, y dedicársela a quienes considero sin el menor tinte de malevolencia unos ingenuos, ignaros y buenos salvajes revolucionarios profundamente equivocados, al estilo de los desenmascarados por Carlos Rangel hace cuarenta años en esa extraordinaria obra, prologada por cierto por el propio François Revel, Del buen salvaje al buen revolucionario. Si bien zapadores especialistas en la devastación de sus sociedades en nombre del alemán Carlos Marx.

He aquí la cita, in extenso:

“Una revolución no se hace en medio de la improvisación ni de la rigidez doctrinaria. Entre el espíritu bohemio, que cree poder inventarlo todo, mediante el diálogo de sordos o la confesión pública; y el espíritu dogmático a quien solo le preocupa saber si su revolución se asemeja a tal o cual revolución anterior, y si ella marcha ‘de acuerdo con las reglas’, el verdadero espíritu revolucionario sigue el método de la invención preparada, gracias a la cual la puerta de la iniciativa continúa abierta a todos, pero donde la aplicación es siempre rigurosa, técnicamente competente y nunca aproximativa. En este caso, se dejan en manos de la inspiración colectiva las grandes ideas de la evolución histórica. En cambio, los medios de ejecución son evaluados fríamente, en términos realistas. En las revoluciones que fracasan, por el contrario, las concepciones generales son inmóviles, rígidas, demasiado precisas, y la ejecución, flexible, no alcanza a modificar la realidad. Burocratismo en la cabeza, amateurismo en los actos.

“La segunda ‘condición fundamental’ reviste particular importancia. Como es sabido, toda revolución debe aportar soluciones económicas y tecnológicas de una eficacia superior al sistema que destruye. Una revolución está perdida si no es más técnica ni desarrolla una mejor gestión que la anterior, permanece en el quietismo o cae velozmente en el subdesarrollo, de manera tal que se encuentra incapacitada para mantener sus promesas. Por lo tanto, debe elegir entre ceder el sitio o conformarse con resolver el problema de la continuidad de un equipo dirigente que ejerce el poder, por medio de la dictadura. (Subrayado ASG).

“En lo que concierne a los puntos cuarto y quinto, es necesario advertir que las críticas de orden cultural y moral son pertinentes si se expresan, en buena medida, dentro de la propia clase directiva. Todas las corrientes revolucionarias –de plazo inmediato o largo– presentan esta característica: una fracción de los beneficiarios del orden reinante se desprende del conjunto de su clase y la traiciona desde el interior”. (Boliburgueses, bolichicos, banqueros, generales narcotraficantes, sobrinos, etc... Agregado de ASG).

“Para terminar, no puede haber revolución que sirva de modelo universal sino en una sociedad donde el debate contradictorio entre los bandos en lucha se sitúe en el más alto de los niveles; esto es, un debate que involucre –en los dominios económico, político, científico, administrativo; en la tecnología y la cultura, en la producción y la información, en la moral y  la literatura– a las fuerzas representativas del mayor grado de evolución del momento. Se requiere que el ‘diálogo’ enfrente a los revolucionarios más inteligentes, para que ese diálogo resulte ‘dialéctico’, para que engendre una revolución, esto es, un nuevo prototipo de civilización y no tan solo un golpe de Estado local, aunque reciba apoyo popular”.

De este genial catálogo de condiciones esenciales e imprescindible, ninguna de las cuales se ha dado en esta merienda caníbal de los Carreño, los Cabello, los Aissami, las Varela, las Flores, los Maduro, las Chávez y los Arreaza, etc., etc., etc., para que una revolución que se dice tal lo sea real y efectivamente –cosa que, como lo podrá discernir el más analfabeta de nuestros conciudadanos, sea teniente coronel, general, gobernador, diputado, intelectual o ministro, la de los golpistas venezolanos no se le acerca ni por los talones– deriva Jean François Revel su irrebatible teoría:

“Mi hipótesis: si la segunda revolución mundial debe ocurrir, sus fuentes no podrán ser sino norteamericanas. La hipótesis se funda sobre estas convicciones:

“I.               Esa revolución no se ha producido en los países comunistas ni podrá producirse ya en la URSS o en China.

“II.              Tampoco se hará en Europa Occidental; o al menos, se hará siempre y cuando triunfe la revolución norteamericana o sea una continuación de ella. Pienso lo mismo acerca del Japón, caso que estudiaré por separado.

“III.            No sucederá en los países llamados en vías de desarrollo o en los del Tercer Mundo. Por el contrario, solo es posible si antes se realiza en los Estados Unidos”.[2]

Su crítica a las sedicentes revoluciones socialistas, comenzando por la de Lenin, la emblemática que conmoviera al mundo, es sencillamente devastadora: “Cuando empieza una dictadura, no puede, por definición, abolirse a sí misma, como ha sucedido en Rusia a partir de octubre de 1917. Dese el momento en que el Estado no es sino una máquina para conservar el Estado, poco importa su origen: de todas maneras es totalitario y, por lo tanto, reaccionario. Es erróneo imaginar que el estalinismo es una traición al leninismo. Ni Lenin, si hubiese vivido, ni Trotski, si hubiese estado en el poder, habrían actuado de modo diferente a Stalin: todos sus textos, todos sus actos, todos sus discursos entre 1917 y 1924 constituyen la práctica y la teoría de una dictadura estaliniana”.[3]

Quien quiera conocer el Quod erat demostrandum de estas fascinantes, irrebatibles y sorprendentes verdades enunciadas hace 45 años, ya lo he dicho, que busque, encuentre y compre el libro. Lo recomiendo efusivamente a los sobrevivientes del naufragio rojo rojito, si saben y quieren leer.

 

[1] Jean François Revel, Ni Marx ni Jesús, Emecé Editores, Buenos Aires, 1971, pp.21 y sig.

[2] Jean François Revel, Ni Marx ni Jesús, Emecé Editores, Buenos Aires, 1971, pp.21 y sig.

[3] Ibid., pág 76.