• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

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Antonio Sánchez García

Maduro, el apparatschik

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Esa es la razón de por qué Maduro y no Diosdado, Maduro y no Rangel, Maduro y no Jorge Rodríguez. A todos ellos les faltaba ese no se qué con el que se nace, se repta, se crece y se trepa: estar dispuesto a lamerle el trasero al tirano cubano hasta que se le seque la lengua.

No existe una exacta traducción para el término “apparatschik”, que viera la luz en la Rusia soviética junto con el fenómeno de su súbita emergencia. Poco después del asalto al poder por los bolcheviques, 4% de los militantes del Partido Comunista de la Unión Soviética o PCUS, alrededor de 15.000 funcionarios, constituían la casta de los apparatschiks. Esa extraña y repulsiva mezcla de burócrata, funcionario y lameculos oficial del y al servicio del régimen. Los hombres del aparato. Tuercas y tornillos, manivelas y enchufes de la maquinaria del Estado, atropellaron a los viejos militantes de fuertes convicciones morales e intelectuales, creativos, voluntariosos, corajudos, esos revolucionarios profesionales que le sirvieron a Lenin para asaltar el poder en Octubre de 1917, para terminar controlando de manera anónima, solapada, aviesa y terrorífica el temible aparato totalitario. Esos grisáceos y anodinos burócratas que corresponden al perfecto perfil de lo que un gran novelista austríaco, Robert Musil, llamara “el hombre sin atributos”. Para Pierre Bordieu, que fuera uno de los primeros intelectuales europeos en prestarle atención al fenómeno, el apparatschik debe su preeminencia en la pirámide del Estado comunista soviético a su integración a los aparatos orgánicos y burocráticos del partido. No valen nada en sí mismos, son meros reptiles: valen en cuanto participan de la catarata que desde las alturas del poder –el tirano y el Comité Central de su Partido– ha terminado por asfixiar toda vida social.

Pronto los soviéticos asumieron la creación de esta suerte de robots fanatizados al servicio del Comité Central y el secretario general del Partido, para terminar engulléndoselo, asumiendo su educación sistemática en escuelas de cuadros. Pues si un apparatschik muestra rasgos genéticos –su grisura intelectual, su disposición a asesinar a su madre si sirve a los fines abstractos y genéricos del partido, su perruna sumisión a las órdenes superiores, su lacayismo congénito y su absoluta falta de inteligencia, perspicacia y originalidad–, terminar por vaciarles del cerebro y del corazón toda veleidad sentimental para convertirlos en fríos autómatas requería dotarlos de mínimos conocimientos sobre la cofradía a la que le dedicarían todos los empeños que se les encargara. Pues, si bien también en Estados Unidos se daría un fenómeno semejante en lo que los norteamericanos llaman “los Cincinnatus”, analizados genialmente en 1963 por Zbigniew Brzeziński y Samuel P. Huntington, la economía general del sistema de dominación al que sirven es absolutamente distinta.

Stalin fue un caudillo como Beria, el carnicero, fue su apparatschik. Fidel es un caudillo como Ramiro Valdés ha sido su apparatschik. Raúl fue toda su vida un apparatschik hasta que su hermano lo elevó al trono. Se convirtió en el monarca de los burócratas, funcionarios y apparatschiks del PCC. Chávez fue un caudillo, Maduro, un apparatschik. Cumplió con todos los pasos en la carrera de un clásico apparatschik: no tiene origen nacional, es un despatriado, carece de raíces, se le desconoce todo otro atributo que no sea haber piloteado un Metrobús y haberse convertido en reposero sindical, se incorporó al castrismo recién salido del cascarón, siguió los cursos de la escuela de cuadros del castrismo en Cuba, y lacayo de Hugo Chávez desde los tiempos de Yare, haría su carrera a la sombra del aparato de Estado del chavismo.

No pretendo hacer una fenomenología del apparatschik, que existen estudios sobre el fenómeno y muy valiosos, como el de Pierre Bordieu. Pero sí destacar los “atributos” que le caracterizan y decidieron a su favor cuando la muerte inminente de Chávez, el caudillo militarista y autocrático, criollo y vernáculo por antonomasia, le obligó a seguir las instrucciones de Fidel Castro, que lo dominaba como si le hubiera conocido sus más íntimos y vergonzantes secretos –¿qué otra función tiene su riquísima videoteca?– y lo llevó a declarar su heredero al más gris y oscuro funcionario de su tingladillo burocrático. Chávez, que no le debía su poder a nadie ni nada más que a su megalomanía, su psicopatía, su delirio narcisista, su insólita capacidad de simulación, su fabulosa inescrupulosidad, su seducción hermafrodita que lo llevó a rodearse de la mayor y más furibunda tropa de ambiguos de nuestra burocracia –Chaderton, de los de amor a primera vista– , tuvo que caer rendido ante la decisión de la tiranía cubana de la que se encontraba prisionero, secuestrado e hipnotizado.

Esa es la razón de por qué Maduro y no Diosdado, Maduro y no Rangel, Maduro y no Jorge Rodríguez. A todos ellos les faltaba ese no se qué con el que se nace, se repta, se crece y se trepa: estar dispuesto a lamerle el trasero al tirano cubano hasta que se le secara la lengua.