• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

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Macri en Venezuela

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En Venezuela, si bien las fuerzas del cambio cuentan con un gigantesco respaldo popular que, electoralmente hablando, rondará 80%, la inexistencia del Estado, como factor moderador –tal como lo viéramos en acción ayer en la Argentina, en donde dos horas después del cierre de las mesas ya se conocían las tendencias– y la hegemonía de las pandillas y carteles harán inmensamente difícil una clara y franca victoria democrática, se cuenta con otro handicap. No vemos en el escenario político venezolano una figura que represente de manera clara y tajante los valores que llevaron a Mauricio Macri a la cúspide de su popularidad: joven, culto, empresario exitoso y libre de toda mácula politiquera. ¿O sí lo tenemos? Dejo la pregunta en el aire.

 

Una victoria emocionante y de honda trascendencia histórica, la de Mauricio Macri ayer en la Argentina. Una victoria que se eleva muy por encima de la mezquina diferencia con que se cerrara al fin de la jornada el reparto de las preferencias. Que en verdad corresponde muchísimo más a esos 10 puntos que los cómputos se obstinaron en mantener separados a Macri de Scioli hasta que, promediando la noche, se redujesen a poco menos de 3 puntos. ¿Mágica intervención de un Deus ex Machina?

Y aun así: haber vencido a la blindada y atropelladora maquinaria del populismo peronista, travestido con los Kirchner del debido barniz castroguevarista de los montoneros, adobado del toque mafioso que ha caracterizado al caudillismo sindicalero y político argentino desde que el matrimonio Perón Duarte se metiera en los bolsillos a los “cabecitas negras” del interior de la República, ungiéndolos al carro de esa dictadura mussoliniana, cuya principal aporte, según el más grande de los argentinos del siglo XX –Jorge Luis Borges– fuera estupidizar al más culto, rico y prometedor de los países de América Latina, y se afincara tan en lo profundo de los pliegues cordiales de la cultura popular rioplatense que parecía haberse hecho invencible, ha sido una verdadera hazaña.

Que un empresario joven, rico, de buena familia, culto, educado, sin los más mínimos rasgos del demagógico carisma impuesto por Perón –el hombre que no sudaba y se convirtió, con éxito, en el Carlos Gardel de la política argentina–, hubiera derrotado al peronismo castrista sin dejar una sombra de duda, es, cuando menos, asombroso. Y tan prometedor de cambios estructurales en la sociedad argentina, que bien merece ser catalogado de una auténtica hazaña: que promete dar paso a la segunda Independencia de Argentina. Si es que no encuentra la feroz, enconada y barriobajera oposición esperable de un personaje como Cristina Kirchner y la muchachada de la Cámpora obediente a los designios de su hijo Máximo.

Una independencia de la peor de las colonizaciones sufridas en su historia por nuestra región: la del populismo, el estatismo, el clientelismo estatólatra del temible Ogro Filantrópico, vestido de verde olivo comunistoide y socializante desde el 1° de enero de 1959 y reconvertido al militarismo castrochavista desde el 6 de diciembre de 1998. Instalado en el templo del poder político –el Estado– y desde allí dispensador de bienes y riquezas. La colonización de los espíritus que vino a reforzar la minusvalía regional, esa sacrosanta dependencia de la o las únicas materias primas que daban para mal alimentar a sus gentes: el cobre, el zinc, el níquel, la plata, la carne, el trigo o el petróleo. Condenándonos al rentismo paralizante y automutilador de la dádiva del Estado, frenando las potencialidades productivas y pervirtiendo a nuestras masas depauperadas al ocio y la nulidad de mendigar de los dones del amo de la comarca.

Desde luego, en Argentina jamás al nivel de Venezuela. Desde tiempos inmemoriales “a pata pelá y con leva”, como dicen en Chile. Dueño de fastuosas riquezas, pero zarraspatroso e indigente por propia decisión de minusvalía. Aunque desde hace dos décadas tozuda, fieramente leal al estatismo, al clientelismo, al socialismo de mala muerte mantenido en alto por los reyes del dolce far niente: los hermanos Castro.

De allí que a pesar de los pesares, a pesar de la corruptocracia de la monárquica familia Kirchner, a pesar de los sórdidos capítulos de historia política negra, de los espantosos actos de terrorismo, como la complicidad con los malhechores iraníes y el asesinato del fiscal Nisman, de los atropellos a los medios y la brutal prepotencia peronista, la sociedad civil argentina mantuviera el reservorio democrático de sus clases medias y en una muestra de soberbia civilidad y civismo, lograra el desalojo del gobierno Kirchner y abriera ese portón hacia la esperanza de América Latina representada en Mauricio Macri y su equipo de gobierno.

Se vienen tiempos duros para la Argentina del emprendimiento. Podemos imaginarnos una Argentina de Piqueteros, Tupamaros e insaciables demandas sindicales. La pax kirchneriana ha llegado a su fin. Si en Chile la oposición al gobierno de Piñera encontró la manera de impedir la continuidad de su esfuerzo liberal progresista y se vive el empeño por remontar las propuestas foristas –Constituyente y gobierno escorado al socialismo castrista– el efecto dominó de la victoria del macrismo empujará en ambos sentidos: hacia la búsqueda del fortalecimiento de las propuestas liberales, de una parte, y el recrudecimiento de los esfuerzos foristas, por la otra.

En Venezuela, si bien las fuerzas del cambio cuentan con un gigantesco respaldo popular que, electoralmente hablando, rondará 80%, la inexistencia del Estado, como factor moderador –tal como lo viéramos en acción ayer en la Argentina, en donde dos horas después del cierre de las mesas ya se conocían las tendencias– y la hegemonía de las pandillas harán inmensamente difícil una clara y franca victoria democrática, se cuenta con otro handicap. No vemos en el escenario político venezolano una figura que represente de manera clara y tajante los valores que llevaron a Mauricio Macri a la cúspide de su popularidad: joven, culto, empresario exitoso y libre de toda mácula politiquera. ¿O sí lo tenemos? Dejo la pregunta en el aire.