• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

Al instante

La MUD en la encrucijada

Es el delicado, el frágil, el difícil desafío que enfrentarán sus nuevas autoridades: ponerse al frente del pueblo en su combate por la libertad. O vegetar y desaparecer. Que Dios los ilumine.

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Las fuerzas democráticas venezolanas han logrado estructurar dos grandes centros de articulación unitaria: la Coordinadora Democrática (CD), en 2003-2004, y la Mesa de Unidad Democrática (MUD) en 2009-2010. Han constituido esfuerzos notables y relativamente exitosos en alcanzar su empeño: responder a la grave crisis abierta con la insurrección popular del 11 de abril participando de la Mesa de Diálogo bajo la observación de la OEA y canalizar los esfuerzos por realizar el referéndum revocatorio de agosto de 2004, la primera; y unificar los esfuerzos de los partidos políticos para presentar una lista de consenso para enfrentar las elecciones parlamentarias de 2010, la segunda. Con un saldo extremadamente positivo: la obtención de 52% del electorado y una derrota estratégica, aunque meramente virtual, frente a las pretensiones totalitarias de Hugo Chávez.

Una diferencia sustancial ha separado ambas instancias unitarias. La CD contó con una presencia muy sobresaliente de factores extrapartidos, dispuso de una comisión de dirección política amplia y numerosa, constituyó comisiones de altísimo nivel y logró gran respetabilidad y reconocimiento a escala internacional. Sus distintas comisiones no fueron configuradas obedeciendo a identidades partidistas. Su naturaleza fue predominantemente técnico-profesional. Su comisión política integraba a los sectores más representativos de la sociedad política y civil. Y su relación con los medios fue permanente, transparente y abierta. La coordinación general le correspondió al entonces gobernador del estado Miranda Enrique Mendoza. La coordinación de medios, a Chuo Torrealba. Su máxima instancia decisoria estuvo integrada por los secretarios generales de los partidos políticos. Y su actividad movilizadora fue masiva, permanente y exitosa.

A diferencia respecto de ese foro semiabierto de la CD y su batería de comisiones de toda índole –internacional, estrategia, electoral, cultura, etc.– la MUD ha sido un organismo estrictamente partidista, con exclusión de lo que podríamos considerar la sociedad civil o la oposición extraparlamentaria. Destinado a un solo y único objetivo: lograr el mayor consenso posible en la elaboración de las listas de postulantes a la Asamblea Nacional y organizar la participación opositora en dichos comicios. No le ha correspondido, por lo tanto, definir estrategias y macropolíticas para enfrentar al régimen en otros terrenos que no sea el estrictamente electoral. Ha sido, en ese sentido, un órgano más de coordinación interpartidista que un punto de confluencia de políticas para enfrentar y resolver la crisis existencial que padecemos. En dicho sentido, no ha alcanzado el nivel de respuesta y actividad de la CD, encargada en su momento de llevar las conversaciones organizadas por la OEA, de actuar en el plano internacional manteniendo contactos fluidos y permanentes con el cuerpo diplomático acreditado en nuestro país y de organizar eventos de participación masiva de enorme impacto y consecuencias en la realidad política nacional.

 

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Una segunda gran diferencia entre ambos entes coordinadores se expresó en sus logros y resultados. Mientras la CD logró articular un enorme movimiento de masas y alcanzar la mejor coordinación entre la sociedad civil –su principal protagonista– y la dirección de los partidos políticos, todavía débiles y en germinal etapa de recuperación, su inmenso esfuerzo no se vio coronado por el éxito, Mostrando una dramática incapacidad de respuesta ante la derrota y de supervivencia ante la crisis que ella desatara. Ante la falencia de respuestas concretas y eficaces frente a la derrota –real o aparente, legítima o fraudulenta es asunto que merece una discusión de otra naturaleza– cayó en desintegración. Sumiendo a la sociedad civil en una compleja y difícil etapa de desconcierto.

La MUD se estructura tras la recuperación de las fuerzas democráticas y un notable éxito político electoral de inmensa proyección nacional e internacional: la derrota al proyecto de reforma constitucional de diciembre de 2007. Fue la primera gran derrota del régimen, tras su éxito en las elecciones presidenciales de diciembre de 2006, y una muestra de la poderosa reacción del país a los intentos totalitarios del gobierno, marcados por el cierre de RCTV y el consiguiente despertar del movimiento estudiantil. A pesar de la inmediata derrota de febrero de 2008, que demostraron el potencial de recuperación del caudillo, las elecciones de alcaldes y gobernadores de noviembre de ese mismo año volvieron a poner de manifiesto la persistente recuperación de las fuerzas opositoras, particularmente en las grandes ciudades y centros urbanos, hasta culminar en el éxito electoral de septiembre de 2010.

Ese éxito fue producto, en gran medida, del logro de la unidad alcanzada gracias a la MUD y algunas personalidades que apostaron por la concreción de la unidad, aún al costo de sacrificios personales y grupales. Pero es obvio y natural considerar que esa unidad era un reclamo a gritos de la sociedad civil, que estuvo dispuesta a subordinarse a las decisiones de los partidos. Una suerte de trasvase final de su propio liderazgo, amorfo, caótico a veces y tremendamente inmediatista, pero de una inmensa vitalidad. Como que logró el único desalojo exitoso del presidente de la república, el del 11 de abril de 2002. Cumplió su cometido de manera perfecta. Quienes lo incumplieron fueron las fuerzas políticas. Y el catastrófico comportamiento de quienes no supieron responder al desafío de desalojar al por entonces prospecto de tirano y frenar la injerencia cubana, que recibió entonces al país de regalo por su asesoría y jefatura en la transición hacia la dictadura.

 

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Si la Coordinadora Democrática fue el producto del avance incontenible del movimiento opositor, la MUD ha sido el resultado de la parcial recuperación de los partidos y su asunción del liderazgo y gestión de la faena opositora. De hecho y desde su constitución, la sociedad civil no fue convocada sino como fuerza electoral pasiva, sin otros alcances y derechos que el de votar, aun consciente de que al hacerlo no elegía dadas las condiciones de control por la maquinaria electoral del régimen. Como quedara trágicamente de manifiesto en las elecciones parlamentarias del 2010 –se obtiene en las urnas la mayoría absoluta pero se gana en la realidad un tercio de la representación– y en las presidenciales de 2012 y 2013, cuya sospecha de fraude jamás fue definitivamente dilucidada. De ninguna manera la sociedad civil fue invitada como fuerza social actuante y decisoria en el marco de un proyecto estratégico por el desalojo constitucional de la dictadura y la reconquista de la libertad y la democracia. En tal sentido, es preciso reconocer que ni intervino de manera activa en la designación de las candidaturas –salvo en aquellos lugares donde se decidió efectuar primarias– ni participó como elemento definitorio de la campaña. Fue y aún sigue siendo la pariente pobre del festín de Baltasar, como quedara trágicamente de manifiesto durante los idus de febrero, cuando la MUD, abriendo ante sí un foso hacia el desastre, se prestara al objetivo de apaciguamiento y control de la rebelión popular desatada después del 12 de febrero. La rebelión más amplia, extensa y profunda de cuantas ha habido desde el asalto al poder por el castrochavismo. Insurgencia neutralizada por las fuerzas internacionales coordinadas desde La Habana y el Foro de Sao Paulo –como también sucediera durante el RR del 2004, boicoteado activamente por Lula y su agente Marco Aurelio García–, la traición de la OEA, Unasur y el ALBA y, last but not least, por la ominosa aquiescencia de los partidos dominantes en el interior de la MUD.