• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

Al instante

Luis Almagro

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Si la democracia venezolana retoma el rumbo, si este año se celebra el referéndum revocatorio y ya el próximo año Venezuela puede asomar su cabeza en el concierto de las democracias del orbe con un nuevo gobierno que haga honor a su esforzada ciudadanía y vuelva a enrumbar al país por la senda de la prosperidad y el progreso, se lo deberemos en gran medida al uruguayo Luis Almagro. Nuestra deuda será eterna.

Muchas gracias, señor secretario general.

 

Nadie dudó en su momento de la estratagema de José Miguel Insulza al postularse, con el respaldo de su compañero de partido, el presidente chileno Ricardo Lagos, a la Secretaría General de la OEA. No pretendía ese alto cargo como estación final de la búsqueda de un sitial en la historia de la diplomacia regional. Esperaba capear los años necesarios, lejos de los enfrentamientos políticos chilenos, para su verdadero objetivo: postularse a la Presidencia de la República. De modo que al frente de la organización hizo lo que ya se perfila en las actuaciones de su versión argentina, Susana Malcorra: complacer a los sectores entonces dominantes que, además, coincidían con sus más auténticas tendencias. Las del castrismo bolivariano dominante desde el Foro de Sao Paulo.

De allí el doble rasero de su gestión: a las exigencias del chavismo castrobolivariano, todo. A las de quienes, desde las angustias y tribulaciones de la oposición venezolana, pedíamos una elemental atención y justicia, nada. Las normas de la OEA podían ser aplicadas casi automática e inmediatamente para castigar a quienes se enfrentaban al embate forista, como sucediera en Honduras. A quienes pedíamos la aplicación de sanciones a las brutales y sistemáticas violaciones de Hugo Chávez a los predicamentos de la Carta Democrática, nada. El reglamento interno servía de trampolín a las propuestas del Foro, y de valla infranqueable a las de nuestra oposición. El argumento capital del que Insulza hizo uso para esquivar sus responsabilidades históricas fue ese: no era competencia del secretario general hacer lo que solo le estaba permitido a los países miembros. Y ni siquiera estos podían hacer uso de sus prerrogativas, ante el bloqueo del gobierno venezolano en cuestión.

De allí que la década de José Miguel Insulza haya sido una década perdida para la democracia venezolana. Peor aún: latinoamericana, como lo ha dejado ver el estrepitoso fracaso de los gobiernos de Brasil y Argentina, fracturados por la corrupción que se ha enseñoreado en ambos países. Precisamente aquellas democracias que la OEA hubiera debido cautelar. La OEA, bajo el parapeto de quien, por su actitud blindada, unilateral, sesgada y atropelladora en el ejercicio de sus funciones públicas es motejado de “Panzer” en los predios de la política chilena, fue un bastión del inmovilismo de las fuerzas castro-comunistas que se hicieran con el control de la región desde la victoria de Hugo Chávez en las elecciones presidenciales de 1998, retrasando el desarrollo del liberalismo democrático desde entonces. Un atasco de 20 años que nos ha costado sangre, sufrimientos, sudor y lágrimas. Y del que por razones incomprensibles no existe en su país de origen la más mínima conciencia. Los chilenos aún no se percatan del talante inescrupuloso del sujeto de marras. Siguen confiando en el político más dudoso de su panel de presidenciables.

La decadencia inducida por el socialismo latinoamericano en nuestra principal organización regional, una de las de más larga data en el mundo de la diplomacia occidental, parecía haber alcanzado cotas insuperables hasta que apareciera en su horizonte una de las más grandes y gratas sorpresas de la diplomacia latinoamericana: el joven diplomático uruguayo Luis Almagro. La absoluta carencia de otras aspiraciones que rebajaran la organización a mera plataforma de espera y trampolín de recambio, como sucediera tanto con Michelle Bachelet en la Secretaría de la Mujer de la ONU como de Insulza en la OEA, le ha permitido dedicarse por entero a lo que pareciera ser su único y trascendental propósito: recuperar la OEA a los fines del restablecimiento y fortalecimiento de la vocación liberal democrática continental. Con el magno objetivo con el que ella fuera fundada en Bogotá en 1948: defender la institucionalidad democrática y la vocación pacífica de sus naciones.

No es otra la razón de que, bajo su secretariado, el secretario general pueda asumir iniciativas que reglamentariamente también estuvieron a disposición de José Miguel Insulza, pero que este, leal y obediente al predominio chavista en la región, se negara sistemáticamente a implementar. Obedece Almagro a dos consideraciones de suficiente peso como para que su iniciativa de exigir la aplicación de la Carta Democrática y proponer tres medidas de inmediata aplicación para la resolución de la grave crisis humanitaria que sacude a Venezuela posean el suficiente peso político y moral: ir al rescate de una nación moribunda de inmensa trascendencia histórica en la región y, simultáneamente con esa obra de inmensa importancia, recuperar su organización para el futuro regional.

¿Qué mejor, más provechosa y más efectiva forma de recuperar el prestigio perdido por una organización malversada por el Foro de Sao Paulo bajo la aquiescencia de José Miguel Insulza y el socialismo continental como parapeto para los desafueros de sus autocracias neofascistas que volverla a enfrentar con sus obligaciones vitales?

Lo ha hecho en su más absoluta soledad, sin el respaldo real y efectivo de ninguna de las democracias de la región. Ni siquiera con el apoyo del gobierno liberal de Mauricio Macri, el entusiasta respaldo de Michel Temer o la desinteresada colaboración de la diplomacia del Departamento de Estado. Lo ha hecho cambiando de una plumada la rosa de los vientos. Respaldado en su profundo sentido de la justicia y la obligación moral de la región para con uno de sus pueblos, el nuestro. Que bien merece, por primera vez en su vida, ser recompensado con la solidaridad con la que ha sido tan generoso para con los pueblos aherrojados de la región. Levantando una bandera que podría cambiar el rumbo y el destino de la diplomacia latinoamericana, en tiempos de grave desconcierto mundial, como lo ponen de manifiesto el terrorismo islámico o las mezquindades del provincianismo aldeano que parece volver a apoderarse de la atmósfera europea.

Si la democracia venezolana retoma el rumbo, si este año se celebra el referéndum revocatorio y ya el próximo año Venezuela puede asomar su cabeza en el concierto de las democracias del orbe con un nuevo gobierno que haga honor a su esforzada ciudadanía y vuelva a enrumbar al país por la senda de la prosperidad y el progreso, se lo deberemos en gran medida al uruguayo Luis Almagro. Nuestra deuda será eterna. Muchas gracias, señor secretario general.