• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

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Lorenzo Mendoza, ¿presidente de Venezuela?

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Escribo estas líneas hondamente preocupado por la ausencia de nuevas caras, nuevas ideologías y nuevos proyectos estratégicos para la Venezuela que despierta de la tragedia, al desnudo. El liberalismo, en todas sus vertientes, es la gran deuda pendiente de la historia de la República.

 

Es un tema candente y hacer como que no existe no deja de ser un grave descuido político. El caso Mauricio Macri lo ha puesto, sin quererlo, nuevamente en el candelero. Y el de Sebastián Piñera, que muy probablemente sea el próximo candidato de la oposición al gobierno socialista de Michelle Bachelet en Chile, lo reafirme. No se trata de asunto de personalidades. Se trata de un asunto estrictamente político, ideológico y estratégico: el paso de empresarios exitosos al escenario político, confrontados con la incapacidad de los políticos profesionales ante sociedades devastadas o en peligro de devastación por malas políticas, de la que en parte suelen ser corresponsables.

En el caso de Macri y Piñera, el resultado inicial ha sido extraordinariamente exitoso. Macri, al frente de la alcaldía de la ciudad de Buenos Aires. Piñera, al frente del gobierno de Chile. Se ha necesitado de la insólita inoperancia y la desquiciada voluntad de los socialistas chilenos y los minimizados socialcristianos de la DC para demostrar que su gobierno fue, desde todo punto de vista, exitoso. Chile ha ingresado a la antesala de la caída del PIB y el freno del crecimiento que Piñera le inyectara a la economía chilena. Chile se ve confrontado nuevamente a viejos rencores y aflicciones y su liderazgo político no parece capaz de frenar la tendencia.

El caso Macri es tanto más pertinente, cuanto que rompiendo todos los pronósticos y tradiciones ha logrado darle un varapalo al populismo peronista, radical y socialista que se hiciera a la tarea de anular los legítimos y muy merecidos sueños de grandeza con que Argentina entrara al siglo XX. Tras más de ochenta años de estatismo devastador, la Argentina vuelve a ser dirigida por una personalidad ilustrada, exitosa y capaz de representar un pensamiento auténticamente liberal y progresista en un país que reproduce el canceroso mal de América Latina: el populismo rentista, clientelar e irresponsable de quienes no se imaginan otra forma de vida económica que el subsidio, el reparto y la beneficencia del Estado.

Lo interesante de ambos casos es que ni Macri ni Piñera alcanzaron el poder prometiendo regalar casas o títulos de propiedad, vicio y tara genética de la política venezolana que vuelve a asomar sus pezuñas en Venezuela. Sin propósito de estricta justicia, es oportuno aclararlo, sino para quebrar la dependencia de quienes las recibieran del más populista de los populismos conocidos en Venezuela y reemplazarlo por otro populismo democrático, aparentemente de mejor catadura. Dando la triste impresión de que para gobernar en Venezuela no existiría otro camino que seguir las enseñanzas de los decadentes emperadores romanos: darle a la plebe –“chusma querida” la llamaba Arturo Alessandri Palma, el primer populista chileno– pan y circo. O pan y toros, como replicaran los populistas españoles.

Ante esa situación, ¿qué otro camino resulta perfectamente viable en una Venezuela abrumada por las tragedias y en medio de una crisis volcánica, derivada de la profunda decadencia de las élites políticas de todo signo y condición, que no sea dejar de esperar nada de los políticos de viejo y reciente cuño –todos, cual más cual menos, marcados a sangre y fuego por el socialismo estatólatra venezolano– y apostar las ilusiones en un gerente de alto vuelo, capaz de llevar el timón de la primera empresa del país, y convertirla en un emporio de dimensiones globales? Por cierto: tanto o más poderosa que las de Macri y Piñera.

En ambos casos y en el de Venezuela, en particular, lo que explica la deriva política de exitosos empresarios en América Latina es la dramática carencia de liberalismo político de alto vuelo. En donde el caciquismo de raíz precolombina –los Lautaro, los Guaicaipuro, los Tamanaco– y el caudillismo poscolombino –los Cortés y todos sus herederos– han lastrado a nuestras sociedades con la dependencia congénita de los individuos al jefe de la tribu. En tal sentido, la Independencia, antes que emanciparnos del cacique-caudillo, lo que hizo fue profundizar la dependencia a los héroes de bronce. El caso Bolívar en Venezuela ha alcanzado dimensiones apocalípticas.

Tal vez deba aclarar que no escribo estas líneas por loar a Lorenzo Mendoza, a quien conozco, respeto y considero. De quien supongo los mejores y más desinteresados anhelos de progreso para el país, pues solo un país floreciente permitirá que siga floreciendo la importante empresa de su familia, parte esencial de nuestra cultura cívica. Lo escribo hondamente preocupado por la ausencia de nuevas caras, nuevas ideologías y nuevos proyectos estratégicos para la Venezuela que despierta de la tragedia al desnudo. El liberalismo, en todas sus vertientes, es la gran deuda pendiente de la historia de la República.

El populismo estatólatra es la loza que aplasta toda perspectiva de renacimiento para Venezuela. La politiquería marrullera, una de sus trabas. Esperemos que surja de estos lodazales un nuevo espíritu de civilidad. La esperanza es lo último que se pierde.