• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

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Leopoldo López: la larga e interminable lucha contra la indignidad

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“Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años, y son muy buenos. Pero hay los que luchan toda la vida, esos son los imprescindibles”. Bertolt Brecht

 

Muchos jueces son incorruptibles: nadie puede convencerlos de hacer justicia. Bertolt Brecht

 

Pobre de aquella generación cuyos jueces deberán ser juzgados. El Talmud

 

A Antonieta y Leopoldo López Gil

 

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Se consumó la canallada. A vista y paciencia del mundo entero. Como lo reseñara de manera ejemplar The Washington Post: “Un crudo espectáculo de propaganda dictatorial, un descaro inigualable, una absurda sentencia”. Lo dice la primera voz de la democracia norteamericana. Y en la antípoda, el jefe del gabinete de Michelle Bachelet, el ministro Jorge Burgos, demanda el respeto a los derechos humanos y plantea la necesidad de responderles a los demócratas venezolanos con reciprocidad por todo lo que hicieron a su favor ante la dictadura de Pinochet.

Una jueza que hace honor a la canalla y sirve de esbirro judicial a la dictadura, contrariando todos los preceptos, normas y leyes que la facultaran para servir a la justicia, decidió hacer escarnio de ella. Tal como se lo reclama uno de sus maestros. En un caso tan cobarde, tan abyecto y tan sórdido que pasará a engrosar las filas documentales del albañal al que puede rebajarse una institución del Estado por servir los intereses de una satrapía bajo órdenes de un gobierno extranjero. Un caso perfectamente definible bajo los parámetros de la justicia del horror hitleriano. Puesta en la picota en los juicios de Nüremberg. Una burla, un descaro, una farsa. Si bien agravada por la insólita corrupción crematística que lo acompaña. Para vergüenza eterna de un país que un día fuera libre y grande, próspero y justo. Y todo ello bajo la presión, el halago, la complacencia y la protección de quienes, como detentores de las armas de la República, heredaran una tradición, la más libertaria de la historia de la América española. Una ofensa a la venezolanidad.

Puede que quienes quisieran verle “el lado bueno” a la ignominia y lo convierten en una condena a cadena perpetua a quien sirvió a la tiranía y es recompensada, vaya a saber Dios con qué emolumentos y un consulado para que desaparezca del mapa de Venezuela, o aquellos que elevan al condenado a las alturas de grandes próceres de la humanidad como Gandhi o Mandela y transforman una sangrienta farsa en una nominación presidencial in pectore, tengan toda la razón. Esa jueza tendrá que llevar su cara velada cuando esta satrapía, como todo lo humano, llegue a su final. Y la vergüenza que carga la acose de por vida. Si bien los venezolanos somos descaradamente desmemoriados y proclives a desentendernos de la moral. Y puede que, efectivamente, la sentencia que pretende aniquilar al condenado lo haya convertido en la figura más representativa de un pueblo que sufre y se indigna y que Leopoldo López, como me pidiera Pompeyo Márquez que se lo hiciera saber, deba estar preparado para salir de la cárcel y dirigirse al Palacio de Miraflores. No sería el primero ni será el último caso de una personalidad política que salta de la cárcel al palacio de gobierno.

 

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Esas expresiones como para ponerle al mal tiempo buena cara no terminan por quitarme la desazón, el dolor y la angustia que me provoca ver a Venezuela ultrajada y convertida en impune territorio de iniquidades. Verla aherrojada a los pies de una diarquía de malhechores después de haberse entregado con pasión y desenfreno a un patán uniformado, corruptor, incompetente y fabulador, amparado por generales golpistas que, tras de sus máscaras de seriedad y bonhomía, jamás estuvieron al servicio de la democracia. Pues sobran los dedos de una mano para mencionar a los pocos generales que se opusieron a la ristra de conspiraciones que jalonan el decurso de la breve historia de esta muerte anunciada. En las que estuvieran involucrados hasta los más pulcros y santificados de los grandes funcionarios de uniforme.

Esta bufonada judicial de mala muerte, digna representación de esta vía crucis que padecemos, viene a ponerle la guinda a la torta que hemos puesto todos los venezolanos –jueces, fiscales, filósofos, dueños de medios, editores, folkloristas, escritores, historiadores, empresarios y un doloroso e interminable etcétera–, de izquierdas y derechas, pobres y ricos, cultos e incultos, tolerando lo que ha venido sucediendo en nuestro país por lo menos desde la asunción de mando del primer gobierno de Carlos Andrés Pérez. Y cometiendo la insólita tropelía de dejarnos manosear por la corrupción reinante, engatusados por el avieso montaje del castrocomunismo, que ha terminado por devastar a Venezuela.

Decadencia, concupiscencia y alcahuetería: no caben otras expresiones al comportamiento generalizado de los venezolanos ante la dictadura chavista. Expresiones doblemente válidas para quienes, de entre esos venezolanos, se han erigido en representantes de la civilidad democrática, prestándose de manera ominosa al juego del gato y el ratón controlado a distancia por los hermanos Castro y sus aparatos de dominación política, policial y militar. Y ahora: judicial.

 

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Porque Leopoldo López –como antes de él Francisco Usón, el comisario Simonovis, los oficiales de la Policía Metropolitana, Raúl Isaías Baduel y todos nuestros jóvenes universitarios– fue preso, enjuiciado y condenado por ninguna otra razón que por no haberse prestado al baile cortesano de la oposición concupiscente. A todos los presos políticos de este régimen se les ha sometido al principio maquiavélico y hitleriano del castrismo: sentar precedentes sangrientos, grabados a sangre y fuego en sus frentes, para que todos sepan que al dictador no se le discute. Y quien ose enfrentarlo debe morir: como murieron los 45 muchachos que se alzaron contra la brutalidad policial ordenada por el régimen, ante el silencio de la MUD. Un principio tan viejo y tan asentado en nuestros infortunios, que basta leerlo en José Rafael Pocaterra o en Pío Gil para datarlo. Es bicentenario. Si bien ahora, desde hace diecisiete años, se exhibe con total impunidad en plena plaza pública.

El comunismo ha vivido de la implacable aplicación del horror, la miseria y la muerte en nombre de una felicidad futura, eternamente postergada. En nombre de esa utopía siempre enarbolada pero jamás alcanzada, que provocara las peores conflagraciones de la historia, murieron decenas, si no cientos de millones de rusos, de chinos, de coreanos, de camboyanos, de cubanos. Por eso, no me conforma la supuesta proximidad de la debacle de la dictadura. Y la esperanza en que no hay que angustiarse, pues caerá mucho antes de cumplirse esos trece años.

La burda tramoya judicial, la condena y un solo día de cumplimiento de esa corrompida sentencia: ya eso es una infamia intolerable. Creer que será beneficiosa pues blindarán la furia y la indignación que se expresarán el 6 de diciembre, me parece una expresión de mengua intelectual y moral. La indignación puede ser canalizada, es cierto. Y es bueno canalizarla para cuando explote bajo la acerada convicción de echar abajo este régimen mediante la justa indignación popular. Otra cosa es postergarla hasta las calendas griegas en bien de no romper los cristales de las apariencias. Es lo que me temo de una oposición que lleva diecisiete años esperando a Godot.