• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

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Gana quien gana - Pacquiao vs Mayweather

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@sangarccs

 Desde luego, salvo por los temas accesorios que la rodearon –espectadores acaudalados, estrellas del cine y del espectáculo, derroche de sensacionalismo y unas bolsas cónsonas con la era de la riqueza oriental y la corrupción planetaria – pasará a la historia como una estafa. En cierta medida, para quienes aman el boxeo, así sea el callejero, y siguen prisioneros de Borges y su admiración por los bravos, lo visto en la Gran Arena de Las Vegas no dejará ni una triste sonrisa para el recuerdo.

 Salvo en política, donde, como bien lo sabemos los venezolanos desde hace más de una decena de años, es perfectamente usual que gane el que pierde, en deporte gana habitualmente el que gana. Es una de las razones que hacen del deporte un ámbito más respetado y apetecible de admirar que la política: en él, para competir, hay que poder. Para triunfar, hay que ser el mejor.

Quite del deporte a los mejores, y desaparecerá el deporte. Para destacar en cualquiera de sus ramas hay que ser el más hábil, el más potente, el más imaginativo, el más creador, el incansable. Hábil como Ulises y valiente como Aquiles. Por su propia esencia, la trampa, el engaño, el fraude –intrínsecos al arte de la política– están excluidos del deporte. De allí sus reglas. Si no dribleas, pateas, cabeceas o atajas como los ángeles, el fútbol te estará vetado. Si no resistes, no eres corajudo, no posees temple, no calculas, te administras y no golpeas, no te acerques a un ring.

Ser o no ser: ese es el imperativo del deporte. Estar permanentemente dispuesto a ir más allá de tus propios límites. Así la faramalla, el espectáculo, el negocio incidan de manera determinante y terminen falsificando sus más honrosas determinaciones. Y el dinero prime por sobre la vocación y el sentido originario del competir. Los clubes de fútbol se han convertido en trasnacionales –los goleadores del Barcelona son brasileños, argentinos o uruguayos, los del Real Madrid son portugueses, franceses o mexicanos y así hasta el infinito–. De imponerse el criterio estrictamente deportivo, no hay en ello nada cuestionable. De imponerse criterios estrictamente regionales, limítrofes, nacionales, como en política, desaparecería el fútbol.

Pero subsiste en el trasfondo de nuestra admiración por la política y el deporte el anhelo por la verdad: que la libertad sea la esencia del quehacer público y los políticos hombres cultos, preparados, capaces de dirigir los negocios del Estado con decencia, honestidad y sabiduría. Platón proponía por ello dejarle el oficio a los filósofos. La realidad se ha encargado de desmentirlo privilegiando a los rufianes, a los hampones, a los farsantes, a los canallas. A los militares golpistas. Hoy, la política es uno de los ámbitos más invadidos y dominados por la canalla.

De allí nuestra frustración cuando la victoria se impone como propósito por sobre el combate, vencer por sobre el competir, y en el caso del box el cumplir con los requisitos gratos a los jueces suplanta la esencia misma del deporte: enfrentarse. Obviamente, tal cosa es posible solo cuando el deporte ha alcanzado el grado sumo de la socialización, borrando tras suyo sus orígenes, cuando suponía un enfrentamiento de vida o muerte. Cuando el vencedor sobrevivía. Y el vencido pasaba a mejor vida. Una posibilidad remota, aunque siempre presente, en el deporte de hoy. Más en aquellos en que la sangre es su objetivo, como en la tauromaquia, que en aquellos en que la sublimación ha logrado su propósito de la ritualización plena.

Pensaba en todo ello mientras veía la promocionada “pelea del siglo”. Confieso mi asombro ante el arte de Mayweather, para quien el box es, en esencia, el arte de cortejar la violencia y evadirla, como en una suerte de ballet clásico. No pelear con el adversario, sino evadirlo. No trenzarse en un duelo físico de aniquilamiento, sino, como en la esgrima, tocar al contrario para acumular puntos a favor y terminar por abrumarlo en su fantasmagoría de esquives, golpes y rehuidas.

Pacquiao me pareció, en el punto, condenado al fracaso. Si cabe la comparación, “toreado”. Rebajado a violencia ciega, tenaz, porfiada, voluntariosa pero incongruente. Descontrolada. Para vencer debía, necesariamente, noquear a Mayweather. Imponerse mediante un golpe brutal, único, certero o combinado hasta que pusiera fin a su maestría llevándolo a la lona. Reducido el combate a una esgrima tras puntos, estaba condenado. Como en efecto.

Pero tampoco se trataba de golpearlo y nockearlo. Se trataba, en primer lugar, de descifrar su estrategia y adelantarse al empleo de su táctica. Neutralizar su arte defensiva cerrándole los escapes y abriéndolo al castigo de su violencia dirigida. No sé apreciar, o por lo menos esta vez no pude, distinguir el arte de Pacquiao. Fuera de una tenacidad a toda prueba, de una resistencia admirable y de una constancia persecutoria arriesgando el todo por el todo, no vi en él más que esa tenacidad, esa resistencia, esa capacidad de asimilar golpes e intentar devolverlos sin tregua. Un incansable molinillo de golpes, a  veces sin tino ni concertación.

Fue un desencuentro. Dos planos irreconciliables que jamás se acordaron. Una metáfora de frustración y desencanto. Un combate del como si… Sobre todo para quienes recordamos esas peleas homéricas libradas por los grandes entre los grandes, como Muhammed Ali y Joe Frazier, Sugar Ray Leonard y Thomas Hearns, el mismo Tommy Hearns contra Marvin Hagler, Roberto “Mano’e Piedra” Durán contra Leonard. Combates sin descanso ni tregua, sin evasiones, sin alardes escapistas ni golpes a ciegas.

Desde luego, salvo por los temas accesorios que la rodearon –espectadores acaudalados, estrellas del cine y el espectáculo, derroche de sensacionalismo y unas bolsas cónsonas con la era de la riqueza y la corrupción planetarias– pasará a la historia como una estafa. En cierta medida, para quienes aman el boxeo, así sea el callejero, y siguen prisioneros de Borges y su admiración por los bravos, lo visto en la Gran Arena de Las Vegas no dejará ni una sonrisa para el recuerdo.