• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

Al instante

Frente a la crisis

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“Deja que los muertos entierren a sus muertos”

Lucas 9:60

 No llegaré a los extravagantes extremos a los que llegara Maripili Hernández cuando comparó a Hugo Chávez con Wolfgang Amadeus Mozart y a los líderes de la oposición venezolana con Antonio Salieri: metafóricamente, un genio solitario frente a una banda de  impostores. Bastaba oírlo hablar, recitar o entonar un pasaje llanero para constatar que traer al genio austriaco a los terrenos de Miraflores para dirimir diferencias, atributos y capacidades solo se le podía ocurrir a una admiradora incontinente, presa de una insatisfecha pasión.

Sin embargo, dejando al genio austriaco descansando en paz, la triste y desalmada ocurrencia de la apasionada admiradora tenía un momento de verdad: al margen de los devastadores efectos de su irrupción, un apocalíptico infortunio para Venezuela,  Hugo Chávez ha sido el político más exitoso y destacado de las últimas décadas. Los países tienen los políticos y militares que se merecen. Poco importa que haya brotado de los albañales cuarteleros, que haya sido un analfabeta estructural y un pobre fracasado sin un solo éxito en su carrera militar, que se haya constituido en el epítome de la zafiedad y la vulgaridad del más bajo pueblo venezolano: a pesar de esos pesares, murió sin que nadie pudiera disputarle su primacía en el reino de la política nacional. Por miserable que haya sido el nivel de esa política en los tiempos de su irrupción. Hizo con la clase política, que jamás osó enfrentársele  –salvo Jorge Olavarría, que le cantó en presencia sus terribles presagios y María Corina Machado, que cuenta en su haber con la honra de haberlo enfrentado cara a cara, ambos en la Asamblea Nacional–; con los generales de ayer y de hoy, que jamás tuvieron los aprestos como para derrocarlo y tratarlo como a un militar felón, que es lo que él y sus comandantes se merecían, salvo con un golpe de comiquita a la rastra de un gigantesco movimiento popular traicionado; y con la academia que se negó, hasta el día de hoy, a diagnosticar el grave mal del que padecía –una personalidad psicopática incapacitada para ejercer la máxima magistratura, que jamás debió permitírsele– lo que le vino en su real gana. Guardando las debidas y planetarias distancias, arrasó con el patio como Hitler con el suyo: barriendo el suelo con sus enemigos.  Hiena carroñera como él y todos los caudillos, olió las debilidades de sus enemigos y se aprovechó de ellas como un chacal. Y como él, murió en su ley, amado por los suyos que lo divinizaran a pesar de sus evidentes desastres, desatinos y barbaridades. Odiado por sus enemigos, que no supieron y ni siquiera se atrevieron a torcerle la mano.

 

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Dejémoslo en claro: no hay en mis palabras ni una gota de elogio o alabanza, que se me hizo diáfano lo criminal, siniestro y peligroso del personaje, la misma mañana de su debut televisivo. Espantado ante la complicidad del ambiente. Ni los alemanes, ni los cubanos ni los venezolanos pueden sentirse orgullosos de haber sido manipulados, chantajeados, engañados y sacrificados por sus caudillos brotados del corazón de sus tinieblas. Como dijera Brecht de Hitler, transmutado en su personaje Arturo Ui, su ascenso hubiera sido perfectamente evitable, si hubiese habido una pizca de racionalidad y coraje en quienes, con su cobardía y complicidad,  lo encumbraran directa o indirectamente al poder. Muy por el contrario: cargarán por el resto de sus días con la ignominia de haberse entregado con fervor, pasión y cobardía a seres siniestros, diabólicos, repugnantes. Y haberse echado en brazos de quienes los lanzaron al peor de sus abismos. De ahí la doble necedad de la febril admiradora en cuestión: igualar en talento, inteligencia y genialidad a Mozart con Chávez es como comparar a un cisne con un ornitorrinco.

Pero lo cierto es que para vergüenza de los políticos profesionales del patio, Chávez se los metió en el bolsillo, trapeó con ellos el suelo, los burló, los ninguneó, los arrinconó, los humilló y si no los encarceló a todos y los llevó al paredón fue porque no le dio su real gana.  Si al comienzo hubo dudas y sobró quien le viera el bojote, luego de la Constituyente tuvo al país tan en sus bolsillos –de jueces y juezas a generales, empresarios, banqueros, dueños de medios, académicos y arzobispos– que hubiera podido repetir al calco lo que hiciera cuarenta años antes su idolatrado maestro Fidel Castro con quienes se le plantaron al frente: fusilarlos, encarcelarlos, desterrarlos. Que si hubiera sido un Mozart, ante un país arrodillado, compone algo peor que la marcha fúnebre para las exequias de Venezuela. La obertura de la revolución venezolana, marxista leninista, sin más trámites. Por fortuna fue infinitamente menos que Salieri. Si le hubiera llegado a los talones a Mozart, hoy seríamos una dictadura socialista de tomo y lomo, sin un asomo opositor, no este esperpento miserable, hambreado y reducido a satrapía por el desprecio y el odio que nos tienen los Castro. Que lo invadieron y se lo apoderaron de gratis. Una triste y miserable revolución de tercera mano.

Pero vuelvo al contrapunto: tuvo que morirse por cuenta propia y la ayuda de los proxenetas cubanos para que la oposición levantara algo de cabeza. Y aún así: habiendo ganado la mayoría calificada de la Asamblea Nacional y teniendo el favor del pueblo, que en la cresta del sorprendente oleaje del 6 de diciembre no hubiera aguantado dos pedidas para llevar adelante una insurrección de verdad y no dejar títere con cabeza, esa oposición continúa sometida al liderazgo del chavismo que Chávez y los Castro nos dejaran en despreciable herencia. Políticamente, si a hablar claro vamos, el chavismo sin Chávez sigue marcando la pauta, si bien de retirada. Si hasta se permite arrimarse a Padrino López y bajar la testuz a ver si lo que va quedando de las FANB termina sacándole las patas del barro. Asunto espinoso que aún está por dilucidarse. ¿Cómo distinguir, si llevan el mismo uniforme, los mismos grados, las mismas charreteras y condecoraciones, a los inocentes de los pecadores? ¿A los que se hartaron de robar desde sus cargos públicos de quienes se han mantenido al margen del escandaloso saqueo cívico-militar? No vaya a suceder que los burladores terminen burlados.

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Podrán buscarse todas las justificaciones a nuestra estructural incapacidad política para deshacernos del esperpento chavista desde el mismo 4 de Febrero: que si los insólitos precios del petróleo, el clientelismo desatado y la mendicidad congénita propia del populismo venezolano, los servicios secretos cubanos, el narcotráfico y los generales corrompidos, el TSJ espurio y la institucionalidad pervertida, la Unasur, la Internacional Socialista, la OEA de José Miguel Insulza, Zapatero, Leonel y Torrijos, Obama y Jorge Bergoglio. La única y gran verdad es que tras la muerte de Chávez y la bancarrota del petro-Estado venezolano, el horno ya está para bollos. El problema es que en la polvareda no terminan de aparecer los horneros. Nos sucede, guardando las debidas distancias, lo que para Max Hastings, un gran historiador inglés especialista en la Primera Guerra Mundial, reconoce como la causa fundamental de esa espantosa tragedia: “En la historia las naciones se han enfrentado a crisis terribles con dirigentes muy pequeños.”[1]

Pues lo cierto es que la oposición, tras diecisiete años que pronto serán dieciocho, sigue entrampada en sus dudas, sus ambigüedades, sus diferencias, pero, por sobre todo, consumida por un miedo descomunal al poder. Un horror al ejercicio del poder que contrasta con el placer hitleriano de Chávez y los suyos, amamantados por Fidel Castro, por hacerse y regodearse con el poder y emplearlo a destajo en sus afanes de gloria, de riquezas, de crímenes y estupros a escalas siderales

Nos guste o nos disguste, tras siglos de civilización y cultura, la política sigue derivando hacia los terrenos de la fuerza bruta, el juego del todo por el todo, la guerra, que es su esencia. Sobre todo en épocas de crisis existenciales. Es dudoso que la oposición acumule más poder del que el castrocomunismo nacional ya ha perdido con sus monstruosos errores, y que parece pronto a huir en desbandada. El diálogo es la señal inequívoca de la desesperación del régimen: un intento por seguir usando la estrategia del guaraleo para confundirnos y llevarnos por el despeñadero. Sin embargo, los tiempos son otros y la crisis apremia con sus amenazas de muerte y devastación. El tiempo dejó de actuar en favor del chavismo. Juega en favor de la oposición. El auxilio que el castromadurismo, único y exclusivo responsable de esta tragedia, demanda de las Fuerzas Armadas constituye un arma de doble filo que podría costarle el pescuezo. Las únicas fuerzas armadas que estarían en capacidad de auxiliar a la sociedad civil para sacar al país del marasmo en que lo dejara el chavismo son las fuerzas que no se han dejado corromper por el castrocomunismo en desbandada. Y las medidas por tomar para salir de esta grave crisis de gobernabilidad y devastación física y moral  no son simples, sencillas y fáciles. Son extraordinariamente complejas, duras y difíciles: meter al hamponato chavista en vereda y asegurarle al pueblo seguridad, derecho a la vida, salud y medios de subsistencia.  Una faena descomunal que exigirá el auxilio de todos y una auténtica revolución de los espíritus.

Si tuvieran un adarme de racionalidad y sensatez, las fuerzas del PSUV se aferraban al referéndum revocatorio y facilitaban su mutis político en santa paz, facilitando el tránsito hacia la normalidad democrática, de modo de asegurarse un espacio en el futuro político del país. Es lo que ya demandan sus sectores más sensatos, que los hay. Mientras, Venezuela demanda un gobierno de salvación nacional. Sobran los ejemplos, algunos, como el de la transición española, inspirado y facilitado por nuestra propia experiencia histórica. La revolución está muerta. Llegó la hora de enterrarla y empezar un nuevo período de nuestra historia.

De lo contrario, podríamos terminar como han terminado otros pueblos: cuando les caen encima grandes crisis y no cuentan para afrontarlas más que con liderazgos pigmeos. Definitivamente: también a nosotros, los venezolanos, la crisis como que nos está quedando grande. Se nos recordará como aquellos que mataron al tigre y le tuvieron pavor al cuero. Si así, hasta a las grandes civilizaciones les llega su hora, ¿por qué no habría de llegarnos a nosotros?

[1] Max Hastings, 1914, el año de la catástrofe (Editorial Crítica, Barcelona