• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

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Fascismo y oposición

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La infinita ignorancia y la crasa estulticia de que suelen hacer gala los fascistas puede conducir al oxímoron de descubrir una entelequia que es, per se, una contradictio in adjecto: la oposición fascista. Obnubilado por su propia imagen y sumido en su propia excrecencia escatológica, un fascista que ejerce de tal desde que se levanta hasta que se acuesta no puede menos que ver la paja en el ojo ajeno, enceguecido por la viga que le atraviesa el suyo propio. Enredándolo en sus legañas. Para él, emborrachado en su vileza, fascista no es él, que lleva la esvástica grabada en su corazón y el odio en sus entrañas. Fascista es aquel al que acaba de golpear hasta llevarlo al borde de la muerte. Sin derecho a pataleo. Que ante la brutalidad fascista no valen argumentos. Como ante los orangutanes. No piensan, luego existen.

Fascismo es poder. Y en primerísimo lugar, poder de vida o muerte. Poder de atropello. Poder de imposición sustentado en las ganas o, para decirlo por la calle del medio: ejercicio de la violencia bruta, la persecución, el acatamiento y, si fuere necesario, el asesinato a mansalva con salvas de escopeta en el rostro –como lo viéramos en los terribles días de la ira de hace unos pocos meses– sin otro fundamento que el que surge del fondo del forro de las entresuelas de quienes poseen las armas, las instituciones, las leyes y el dinero. En otras palabras: el Estado. Frente a aquellos que han sido desvalijados de todo y no les queda más que la decencia y la hombría, la honra y la moral. Desperdicios, basura para el fascista cotidiano.

Acusar de fascista a un joven que fue arrebatado de en medio de la sociedad civil, la familia y su práctica política sin un solo argumento jurídico, no es un oxímoron: es el clásico exabrupto del fascista integral. Que suele manejar la lógica bestial tan propia del fascismo en todo tiempo y lugar, como lo destacara con su fina perspicacia la pensadora judía Hannah Arendt: culpar al inocente y exonerar de toda culpa al culpable. Sea porque luego de cometer el crimen necesita borrar las huellas, sea porque nada de lo que él haga –traficar narcóticos, armas, vidas humanas– es pecaminoso. El fascista carece del lóbulo cerebral en donde se asienta la moral. Así de sencillo. Es perfectamente amoral.

Carente de toda capacidad intelectual, huérfano de toda cultura, profundamente ignorante y estúpido –o estúpida, que también sobran–, ninguna palabra le parece a un estulto o estulta recién montada en el carromato del izquierdismo castrista o ya embrutecido o embrutecida por la babosería izquierdosa, la palabreja que más a cuento le viene para tapar su estulticia, su brutalidad, su ignorancia y su amoralidad, digamos: a un tontón dizque marxista de aquí o de allá, de Venezuela o del extranjero, que no sabe cómo defender su ruindad es apelar al calificativo: ¡fascista! Contra todo aquel demócrata que tiene el coraje de enfrentársele, sin arrodillársele ante sus inmundicias. Obviamente: no tiene la menor idea de lo que la palabreja expresa y significa. Si lo supiera, ya hubiera dejado de ser fascista. Que para ser un fascista cabal, se requiere ser un analfabeta integral.

Así son las cosas.

@sangarccs