• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

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Antonio Sánchez García

España en la encrucijada

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El camino se habrá abierto al vampirismo populista, al caudillismo y a la autocracia. Fue lo que vi estampado en bronce el mediodía del 4 de febrero de 1992 cuando un viejo caudillo venezolano, consumido por el odio, el rencor, la soberbia y la ambición le retiró el respaldo al régimen democrático que él mismo había contribuido a construir, preparando el asalto al poder de la canalla fascista.

Dios proteja a los españoles.

 

Los pueblos, como las personas: no aprenden en carne ajena. Si así no fuera, hace ya más de 2.000 años hubiéramos dejado de vivir en “este valle de lágrimas”. A cada ser humano, como a cada generación, le corresponde su pesada cuota de duro aprendizaje. Siempre desde cero. De lo contrario, ¿cómo se entiende tanto tropiezo sobre la misma piedra? Ningún mito lo ha expresado de manera más cabal que el de Sísifo: la siempre inconclusa tarea de intentar alza la vieja y pesada piedra de nuestros errores, para verla rodar una y mil veces al pie de la montaña.

Confieso no sin cierta vergüenza haberme desayunado con el golpe de Estado aquella siniestra madrugada del 4 de febrero de hace veintidós años. Hasta segundos antes de la llamada que me despertara de un sueño profundo y reparador, plagado de inocencias, con la infausta noticia de que Rodríguez Torres, el mismo que viste y calza, estaba ametrallando La Casona con la intención de masacrar a la familia presidencial, hubiera puesto mis manos al fuego asegurando que Venezuela era, después de Alemania Federal o Suiza, el último de los países en que podría ocurrir un pinochetazo. Fue un mazazo que echó por tierra todas mis ilusiones de esperar el transcurso de mi adultez en la quietud y la calma de un hermoso país de ensueño. Supe de un solo golpe que el maestro de Antonio Gramsci, el filósofo italiano Antonio Labriola, lo había anticipado de una vez y para siempre: solo tú, estupidez, eres eterna.

Viví el admirable y fructífero esfuerzo de la sociedad española por zafarse del sino de la reja, la tortura y la metralla –como reza ese estremecedor poema de Rafael Alberti musicalizado por Soledad, mi esposa–, y creí que tras ese maravilloso ejemplo de entendimiento nacional entre izquierdas y derechas, franquismo, socialismo y comunismo incluidos, varias generaciones de españoles podrían nacer, crecer y morir sin los siniestros sobresaltos de la estupidez.

Casi cuarenta años cumplidos y he aquí la piedra, ya al borde de la cima, venirse guarda abajo con el clásico estruendo de los imbéciles. Algunos notables herederos del esfuerzo –ladrones, agalludos, insolentes, avaros, ambiciosos, deshonestos y ruines– y los nuevos vengadores –oportunistas, inmorales, arribistas, ávidos de poder y de gloria– agarrándose las carnes de la España eterna a dentelladas. De ese lado los Pujols de la España antifranquista, con su cortejo de populares y socialistas prevaricando de las instituciones del Estado, cebándose en el esquilme de tarjetas de crédito, gastos de representación y contratos que ascienden a millones y millones de euros, sin una pizca de moralidad pública. Y de este lado unos muchachitos inescrupulosos que llevan pegadas a los mocos las aspiraciones del poder a como dé lugar, cueste lo que cueste, prométase lo que se prometa, sin siquiera pensar en la ruina y la devastación que causarán a una nación herida por la disgregación, el fanatismo, las estúpidas utopías.

Dos fracasos me habían alertado por entonces acerca del temible, del aterrador daño que causan las utopías: la revolución estudiantil europea y la Unidad Popular chilena. De ambos fracasos había obtenido la convicción de que las revoluciones, o lo que a ellas se le pareciese, solo provocan desastres, frustraciones y sufrimientos. Creí, equivocadamente, que la templanza del Caribe bajo la sabia administración de una clase política sufrida y forjada en el destierro, sorprendentemente sabia y experimentada, había terminado por rendir sus frutos en una democracia honorablemente pasable, que en política, como en ninguna otra esfera de la vida, vale el refrán que dice que “lo mejor es enemigo de lo bueno”. La venezolana era una buena democracia, hasta que la irresponsabilidad de los inconscientes la desequilibró, sacándola de quicio para prepararla a recibir el virus de la utopía –si es que los rebuznos de su golpismo militar cívico pueden ser travestidos de utopía– para traerla a estos andurriales de la inmoralidad, el latrocinio, la sangrienta prostitución de su vida pública.

A pocos meses de haber asomado su cabeza caliente por entre los tumores cancerosos del PP, del PSOE y sus aledaños un partido nacido de las entrepiernas del castrochavismo, financiado por los ladrones venezolanos e inoculados con el ébola de la política caribeña, se convierte en la primera fuerza virtual de la sociedad política española. Se llama, sin ningún afán de originalidad, Podemos, nombre prestado por el oportunismo latinoamericano. Y de un sorprendente 10% bautismal con que fuera detectado hace pocos meses por encuestas de opinión ha brincado, como lo reporta El País dominical, a constituirse en la primera opción electoral de los españoles. Por sobre el gobernante PP y el opositor PSOE.

Nada se sabe de sus fraguadores ni qué programa político pretenden, salvo que algunos de ellos han sido asesores de Hugo Chávez y Nicolás Maduro, que los han respaldado financieramente, se sienten depositarios de las enseñanzas del Foro de Sao Paulo, admiran a los hermanos Castro y crecen al ritmo del humus del descontento de la sociedad civil española, profundamente irritada, y con razón, por la desvergüenza del aventurerismo de los viejos caciques, alimañas adosadas a las ubres del erario como sanguijuelas.

Salvo una reacción inesperada y asombrosa, la putrefacción que ha gangrenado al cuerpo administrativo de la política española seguirá su curso y los escándalos continuarán su siniestra dialéctica reproductora: solo el escándalo de hoy puede tapar el escándalo de ayer. Los partidos no sabrán ni podrán reaccionar, aumentando el caudal del desprestigio. Y lo que es verdaderamente grave y preocupante: del rechazo a los políticos corruptos se pasará al rechazo a la política y del rechazo a la política, al rechazo a los partidos del establishment y a la democracia representativa misma.

El camino se habrá abierto al vampirismo populista, al caudillismo y a la autocracia. Fue lo que vi estampado en bronce el mediodía del 4 de febrero de 1992 cuando un viejo caudillo venezolano, consumido por el odio, el rencor, la soberbia y la ambición le retiró el respaldo al régimen democrático que él mismo había contribuido a construir, preparando el asalto al poder de la canalla fascista.

Dios proteja a los españoles.