• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

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El 23 de Enero: la salida

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Razones todas para el optimismo. Me encuentro casualmente con monseñor Ovidio Pérez Morales y, de paso, me sonríe emocionado: “Estamos muy optimistas. El amanecer ya se aproxima”. Es el latido del tiempo que nace. Es el parto del futuro. Que Dios, nuestro Señor, nos acompañe. 

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“Una invitación a disertar sobre el Pacto de Puntofijo me ha obligado a revisar los hechos que lo concitaran, sobre todo en la circunstancia histórica de vivir en condiciones, en muchos sentidos, inmensamente más graves y devastadoras para el país que las imperantes cuando la sociedad venezolana decidiera, en un momento de grave orfandad política, pero acompañada por la juventud laboral, universitaria y liceana, el liderazgo emergente en los partidos, particularmente en Acción Democrática, la Iglesia católica y militares patriotas empujar a la dictadura al destierro y erradicar muchas de sus taras y males mediante el soberbio expediente de la rebelión popular del 23 de Enero, el establecimiento de un gobierno de transición, la firma del Pacto de Puntofijo así como del acuerdo mínimo de gobierno y la construcción de la extraordinaria democracia social, política y económica que terminaría siendo llamada la democracia de Puntofijo. Un sistema de libertades y garantías constitucionales de 40 años: el período más pacífico, constitucionalista, próspero y progresista de nuestra historia republicana. Un período que debió haber contado con una populosa e invencible falange de defensores a ultranza, pero que por caprichos, rencores e inconsistencias de males endémicos y ancestrales terminaría sus días tirada a la basura y ultrajada por la escoria que ella misma, en sus descuidos, procreara.

“Lo insólito y sorprendente es que aún hoy, incluso en los sectores de la élite dirigente de la oposición, sobran quienes lejos de solidarizarse con nuestra democracia –la única real y verdadera de nuestra bicentenaria historia republicana– se suman al desprecio, hábilmente instrumentalizado por la barbarie militarista para quebrarle la columna vertebral al sistema y abrirle los portones al golpismo caudillesco de rancia y muy pestilente estirpe. Al leer el aparato bibliográfico que me acompaña –soy un auténtico coleccionista de los libros de nuestra historia– me impresiona la ingente obra realizada desde el primer día de gobierno puntofijista –vale decir: consensuado, respetuoso de las leyes y obediente de la separación de los poderes, la alternabilidad, el respeto a los DD HH y el desarrollo económico y social preferentemente dirigido a los sectores más necesitados de nuestra población– hasta el arribo de su sepulturero. Enrique Aristeguieta Gramcko, de cuya amistad me precio y acompañante en el foro que al respecto celebramos este mediodía en la Universidad Metropolitana, la enumera  a vuelo de pájaro: marea, es vertiginosa.

“La estulticia golpista y protogolpista ha querido difamarla aferrándose a las obras del dictador militar, aquel cuyo pescuezo retoñaría de muy mala manera cuarenta años más tarde: algunas importantes construcciones de gran formato,  unas ya planificadas durante el gobierno de Medina Angarita, otras bajo su esfuerzo desarrollista y llevadas a la práctica durante el gobierno de la dictadura. No le llegan al tobillo a las ingentes obras de ingeniería vial, puentes, carreteras, infraestructura, desarrollo habitacional, autopistas, represas, establecimientos educativos, hospitalarios, etc. Sin contar con la gigantesca obra puesta en acción que transformó la Venezuela rural en la pujante democracia social de nuestra modernidad: la electrificación del país, la nacionalización plena del petróleo, la creación de Pdvsa –no para importar pollos podridos y transferir gigantescos montos numerarios a los amigotes del presidente, golpistas de medio pelo  y tiranos cuasi centenarios sino para montar centros de desarrollo industrial, acerías, metalúrgicas–, el gigantesco desarrollo educacional –pasando de 3 a más de 100 establecimientos universitarios y becando a decenas de miles de jóvenes venezolanos para estudiar en la mejores universidades del mundo–, el despertar, en fin, social y cultural de nuestra democracia. Todo lo cual, con el barril de petróleo a mucho menos de 10 dólares. Exhibir la existencia del sistema sinfónico de orquestas infantiles como obra de Hugo Chávez es tan absurdo, irreverente y obsceno como lo sería considerar que el Metro de Caracas, la Cota Mil y la avenida Libertador fueron creadas bajo el empuje del teniente coronel o sus esbirros. Suyos serán y para el ominoso recuerdo de su infinita mediocridad los campamentos aladrillados debidos a arquitectos neofascistas del régimen que exhiben para inmensa vergüenza de los demócratas su desfachatada firma. Conventillos disfrazados de edificios de apartamentos que tendrán el mismo triste final que tuviera su promotor: la ruina.

“Este 23 de Enero debiera haber sido día de profunda reflexión. ¿Qué nos une y qué nos separa de la acción popular de la más extraordinaria fecha de nuestro calendario histórico? ¿Qué les ha sucedido entre tanto al cerebro y al corazón de la nación? ¿Vale comparar la MUD con la Junta Patriótica y a algunos de los presidenciables de la oposición con Rómulo Betancourt, Jóvito Villalba o Rafael Caldera? ¿Cuán bajo hemos descendido como nación desde entonces?

“La Iglesia ha recordado la efemérides con el mejor de los reconocimientos: un documento a la altura de la Carta Pastoral del arzobispo de Caracas, monseñor Rafael Arias Blanco. The rest is silence.”

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El texto antes citado fue publicado el 23 de enero del 2014. En su esencia –la defensa de la democracia de Puntofijo y las bases estructurales que pusiera en pie– sus consideraciones continúan tan vigentes como hace un año. Constituyen un balance irreprochable. Salvo en un punto: el régimen todavía imperante ha agravado entre tanto las circunstancias que provocaran la insurrección cívico-militar que derrocara al dictador y lo aventara para siempre del país. Con aterradores agravantes: nuestra economía no es la boyante empresa que pusiera en pie la dictadura desarrollista; la pobreza que entonces existía se ha convertido en miseria y depauperación; un abismo de incomprensiones, odios y rencores separa a nuestras clases sociales; el valor de la moneda ha sido ultrajado hasta extremos irrisorios, por no decir trágicos; la entidad de las Fuerzas Armadas ha sido arrastrada por el fango y el desprecio; el endeudamiento público es colosal y mientras el 23 de Enero supuso en lo económico una cierta continuidad con las bases estructurales sentadas por el desarrollismo, hoy las bases de un modelo seudosocialista catastrófico que nos ha hundido en el abismo deberán ser removidas de cuajo para intentar la reconstrucción de la nación. Con un lastre reconocido hace ya más de un siglo por nuestros pensadores: como todas las revoluciones del pasado, la chavista ha envilecido a millones y millones de compatriotas y generalizado la corrupción y la inmoralidad a extremos nunca antes conocidos. Venezuela es hoy una parodia de Sodoma y Gomorra.

Si la insurrección popular del 23 de Enero de 1958 dispuso de una sorprendente unanimidad social, cívico-militar, esperanzada y llena de futuro, hoy resulta inimaginable un consenso generalizado y nacional que logre la renuncia y el desalojo del régimen dictatorial sin atravesar por graves amenazas, disturbios y eventuales conmociones. El veneno marxista infiltrado en el cuerpo social por el castrocomunismo ha logrado que sus fuerzas, que entonces coadyuvaran con los restantes sectores democráticos a derrocar al dictador, hoy le sirvan de último sostén: son, como los colectivos y el PSUV, el parapeto civil que, unido a la presencia de altos mandos de las fuerzas armadas invasoras y sus tropas de ocupación, sostienen al gobierno más corrupto, incapaz, ineficiente y devastador que conozca la historia de la república. Es sobre esa macolla de generalato corrompido, tropa y generales cubanos, así como  trasnochados sobrevivientes del marxismo-leninismo que se alza el gobernante más despreciado de nuestra historia.

En pocas palabras: la Venezuela del general Marcos Pérez Jiménez, al margen de sus brutales violaciones de los derechos humanos y la naturaleza policial de su sistema de dominación, era un islote de felicidad, próspero y en pleno desarrollo en comparación con la Venezuela atropellada por el chavismo: devastada materialmente, enconada y pervertida socialmente, enquistada por el terrorismo islámico, la subversión castrista y el odio de clases. ¿Un 23 de Enero al día de hoy?

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Es el 23 de Enero de 1958, no obstante, el único antecedente legítimo que pueda servirnos de precedente histórico para una salida a la crisis existencial que nos aqueja al día de hoy, 57 años después. Que encuentra en los mismos sectores que entonces permitieron el alzamiento nacional un reencuentro de nuestro pueblo con su democracia: la juventud universitaria, la sociedad civil, los partidos, la Iglesia. Y last but not least: los sectores más conscientes, patrióticos y nacionalistas, el reservorio de nuestras fuerzas armadas. Convocados por un espíritu unitario al reconocimiento de la autoridad supraconstitucional de una Junta Patriótica –es la idea: el nombre poco importa–, como puente de transición hacia un proceso electoral y la elección universal de las nuevas autoridades.

Desde la escritura del texto con que encabezamos este artículo, se han cumplido tareas de magnitudes históricas, así, por omnipresentes, no lo podamos reconocer con claridad: se ha consolidado, en primer lugar, un nuevo liderazgo nacional, ampliamente reconocido por la sociedad democrática, como lo confirman todas las encuestas de opinión, en las figuras de María Corina Machado, Leopoldo López y Antonio Ledezma. Dando pruebas de una gran lucidez y madurez política, ese nuevo liderazgo ha buscado afanosa e incansablemente la unidad con los liderazgos consagrados y superando todos los escollos, prejuicios y malentendidos, hoy se fortalece la unidad entre el llamado Congreso Ciudadano y la Mesa de Unidad Democrática. Debemos resaltar al respecto los auspiciosos encuentros que han tenido lugar entre Henrique Capriles y los líderes del Congreso Ciudadano.

Y un último elemento de importancia capital: la sociedad democrática, reforzada por los amplios sectores desencantados de otro delirio de utopías trasnochadas que despierta del encantamiento a la pesadilla de una realidad espantosa, reconoce en la necesidad estratégica de un cambio profundo y verdadero la única vía para reencontrarnos con nosotros mismos. Subordinando toda acción táctica –calle y/o elecciones– al supremo fin estratégico: el desalojo del régimen y la limpieza a fondo de una realidad que la historia nos conmina a superar y dejar atrás.

Razones todas para el optimismo. Me encuentro de paso y casualmente con monseñor Ovidio Pérez Morales, me sonríe emocionado: “Estamos muy optimistas. El amanecer ya se aproxima”. Es el latido del tiempo que nace. Es el parto del futuro que ya comienza a anunciarse.

@sangarccs